Esta es una carta para ti, para mí, para quienes hoy sentimos que el mundo se está rompiendo frente a nuestros ojos.
En estos días, la realidad se ha sentido más dura que nunca: apenas hace unos días estábamos de luto por lo sucedido en Iztapalapa, intentando comprender tanta pérdida y dolor, y hoy lidiamos con la noticia de lo que pasó en el CCH Sur. Como si eso no fuera suficiente, nos llegan historias de guerras, genocidios, injusticias, y hasta tragedias cercanas, como la de un menor que perdió la vida “jugando” a la ruleta rusa. Todo esto se siente abrumador, como si cada nueva noticia nos quitara un pedacito de fe en la humanidad.
Y mientras el mundo arde, también cargamos con nuestras propias ansiedades, frustraciones y dolores personales. A veces parece imposible respirar. Se siente tentador cerrar los ojos, dejar de leer, desconectarse de todo para no seguir sumando tristeza al corazón. Y está bien hacerlo. Está bien no querer saberlo todo. Está bien tomarse un respiro, porque incluso el silencio puede ser un acto de cuidado propio.
Pero esta carta no se trata de ignorar la realidad. Se trata de recordarnos que, aunque no podemos controlar lo que sucede allá afuera, sí podemos elegir qué hacer con lo que vemos y sentimos. Podemos decidir si la rabia nos paraliza o nos mueve a actuar, si la tristeza nos aísla o nos acerca a los demás. Y eso, aunque parezca pequeño, es poderoso.
A veces el mundo se siente como un lugar oscuro y sin salida. Pero esta carta quiere recordarte que aún existe tanta luz. Hay personas que ayudan sin cámaras de por medio, vecinos que se organizan para salvar vidas, gente que comparte un pan, una sonrisa, un abrazo. Hay noticias buenas que no salen en primera plana, pero que siguen sucediendo todos los días. Solo hace falta voltear a ver al de al lado para darnos cuenta de que la bondad nunca se ha ido, solo se queda en silencio.
Esta carta es, sobre todo, un recordatorio de que tus sentimientos son válidos. El miedo, la tristeza, la impotencia… todo eso que cargas tiene un lugar aquí. Pero también lo tiene la esperanza. Porque aunque a veces parezca que el mundo se está cayendo a pedazos, hay personas —como tú, como yo— dispuestas a reconstruirlo, pedazo a pedazo, gesto a gesto, hasta volver a creer en la humanidad.

