Volvió cuando yo ya me quería demasiado y ya no extrañaba sus besos

Volvió cuando yo ya me quería demasiado y ya no extrañaba sus besos

Volvió cuando yo ya me quería demasiado y ya no extrañaba sus besos

Creí que no volvería a saber de él, que sus ojos no volverían a mirarme y que su camino no se cruzaría con el mío nunca más. Me había dejado tan destrozada que juré no volvería a escuchar ni pronunciar su nombre. Me lastimó, me rompió completita en mil pedazos, me dolió la cabeza, el pecho, alma y corazón. Costó mucho volver a ver hacia al frente. Meses de trabajo duro con mi propia mente para curarme. Hubo coraje, lágrimas, puños cerrados y pesadillas por las noches hasta que mi vida comenzó a calmarse y me miré nuevamente al espejo con una sonrisa. Entonces regresaste. Sí, volvió. Justo cuando había sanado, cuando mi vida tenía estabilidad y mi cabeza estaba convencida de no dejar que el corazón ganara esta vez. Volvió justo cuando yo ya me quería demasiado y ya no extrañaba sus besos.

Se te hizo tarde. Así, tan simple y directo. ¿Te esperé? claro que sin pensarlo lo hice. Me repetía que te odiaba desde que te fuiste pero en realidad lo hacía para callar esa voz que gritaba cuánto te extrañaba. 

Cada que veía un auto como el tuyo me provocaba un dolorcito en el estómago pensando que eras tú. Cada que visitaba los lugares que frecuentábamos deseaba – sin decirlo – que estuvieras por ahí y nos cruzáramos ‘inesperadamente’. Cada que sonaba mi celular moría por ver tu nombre en la notificación. Pero me cansé de esperar. 

Busqué ayuda porque con lo destrozada que me dejaste yo no era capaz de sanar solita. Todos me decían que ya te olvidara, como si fuera tan fácil, como si hubiera un botón de reinicio y se acabó. Lloraba por las noches, te recordaba a cada instante y buscaba tus redes sociales intentando descifrar si me habías sacado de tu vida. La psicóloga me salvó la vida. No sabes cuánto costó. Grité como jamás había gritado, apreté almohadas para sacar mis fuerzas y escribí cartas y cartas deseando entender el final. 

Pasó mucho tiempo. Un largo y difícil tiempo. Me ayudó que me ignoraras. Poco a poco dejé de leer tu nombre, escuchar nuestras vivencias y visitar con intensión los lugares que explorábamos los fines de semana. 

Limpié mis lágrimas, me ayudaron a unir cada pedacito de mi alma y un día me miré al espejo. Intenté ese maquillaje que vi en internet y sonreí. Me veía bonita, me sentía bonita. Había una fuerza en esa mirada, mi mirada, que hace mucho no aparecía. Volví a comer el helado de nuez que tanto me gusta, me puse la falda de florecitas que según yo me queda perfecta y me pinté los labios de rojo porque me hacen sentir muy atractiva.

Mis amigos me invitaban a salir y se daban cuenta de mi progreso. Estaba bien. Estaba sana. Estaba recuperada de tu adiós.

Y entonces sucedió lo que ya no quería que pasara: volviste. Así, sin aviso, sin compasión y sin freno. Volví a ver tus hermosos ojos, tu sonrisa que me traía loca y tus manos que me encantaban. Pero no, ya no sentí nada.

Volviste con el alma arrepentida pidiendo mi regreso, pero ¿sabes qué? ya era muy tarde. Mi corazón ya no te pertenecía, ya me pertenecía a mí. Ya no era la misma chica que rompiste tan fácil y sin compasión. No estaba dispuesta a dejarme caer de nuevo para volver a tus brazos que tanto me hirieron. Ya no te extrañaba, las lágrimas ya no salían y no esperaba ver tu nombre en mi celular. Te fuiste, me abandonaste, y aunque tardó, también hice que te fueras de mi cabeza y alma. Ahora solo quedas en mis recuerdos, unos lindos recuerdos, sí, pero ¿regresar? no más. Volvió, justo cuando su tiempo había pasado, cuando era demasiado tarde, regresó cuando yo ya me quería demasiado y sus besos ya no me hacían falta.

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