La actual Miss Universo, Fátima Bosch, además de llenarnos de orgullo por ser mexicana, también nos hizo sentir así después de compartir una de las partes más profundas y personales de ella: su neurodivergencia. Y es que últimamente se habla mucho de la salud mental y cómo a veces sin darnos cuenta tenemos condiciones que explican nuestro comportamiento humano, pero Fátima logró conectar con todxs nosotrxs.
Después de todo el hate que recibió tras su coronación, Fátima decidió abrirse desde un lugar muy vulnerable, y es que mientras muchos se enfocaron en criticarla, ella prefirió contar una parte íntima de su historia que pocas personas conocen y que le ha marcado la vida desde su infancia. Con eso, Fátima Bosch demostró que más allá de la corona y el brillo del escenario, hay realidades personales que merecen ser escuchadas.
La historia de neurodivergencia de Fátima Bosch
Para entender lo que compartió, primero hay que hablar de qué significa ser neurodivergente. Este término se usa para describir a las personas cuyos cerebros funcionan de forma distinta al patrón que se considera “neurotípico”. No es algo malo, tampoco es una enfermedad, simplemente son maneras diferentes de procesar la información, aprender, comunicarte, sentir y percibir el mundo.
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La neurodivergencia existe desde el nacimiento y puede manifestarse de mil formas, como dificultades para leer, distraerse con facilidad, pensar más rápido que los demás, tener demasiada energía, percibir estímulos distinto o necesitar ciertos apoyos para aprender. Es parte de la diversidad humana, así como lo son los colores de piel, las personalidades o los estilos de vida.
En el caso de Fátima Bosch, ella explicó que vive con TDAH y dislexia desde niña. Fue diagnosticada después de enfrentar retos escolares y emocionales, y crecer sintiendo que su mente iba en otra dirección. El TDAH la hacía tener problemas para mantener la atención, concentrarse en las clases y controlar impulsos, mientras que la dislexia le dificultaba leer y escribir al ritmo de los demás.
Esto la llevó a sentirse incomprendida y a cargar con estigmas que muchas veces se disfrazaban de burlas, etiquetas y juicios. Durante años sintió la presión de “corregirse”, hasta que entendió que no había nada que corregir: su cerebro simplemente funciona distinto. Con el tiempo aprendió a transformar esas diferencias en creatividad, intuición y sensibilidad, y a reconocer que su forma de pensar no es un límite, sino una cualidad que la hace única.
Por eso el testimonio de Fátima Bosch es tan poderoso. Que una mujer como ella, en uno de los escenarios más vistos del mundo, diga en voz alta que es neurodivergente, abre una conversación necesaria sobre representación, empatía y diversidad.

