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Horror entre las sábanas: La historia de una noche de m%erda

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A veces quisiera simular que soy fría, distante y desinteresada; pero la verdad, soy una romántica empedernida que sueña constantemente con uno de esos encuentros que se han colado en series, novelas y películas.

¿Ya saben? Dos extraños que se miran fijamente desde un extremo de una habitación al otro, se acercan porque no pueden luchar contra ese magnetismo entre ellos y terminan profundamente enamorados, casándose y viviendo felices para siempre.

Y bueno, aunque soy una romántica, sé que esto no es cierto y años de estar soltera en la Ciudad de México me han demostrado una y otra vez que este tipo de historias son la excepción, no la regla.

Los malos momentos, las citas incómodas y las conexiones a medias, en cambio, son mucho más frecuentes de lo que decimos.

Dicho esto, les cuento mi historia.

Hambre de la mala

Era un viernes, casi como cualquier otro. Fui a un concierto con mis amigas y al salir, bastante ambientadas, seguimos la fiesta en un conocido antro con vibra tropical de la Roma Norte.

Verdaderamente traíamos ambientazo —risa y risa, shot tras shot y mucho baile— y al cabo de unas horas, despertaron en mí las ganas de no irme a dormir sola. El hambre de la mala, le llaman por ahí.

Agarré la mano de dos de mis amigas y nos fuimos a dar la infame putivuelta por el antro, nos quedamos bailando cerca del DJ y ahí fue cuando lo vi: Un güey altote, extranjero, de esos invasores que están subiendo las rentas de la ciudad, que no dejaba de verme y le susurraba a su amigo mientras se reía.

Yo, envalentonada por el vodka tamarindo, me acerqué y lo saqué a bailar… hasta le dije al amigo que mis amigas lo cuidarían (no pasó, a ninguna le gustó).

Después de uno que otro tropiezo, nos fuimos a sentar en un rincón oscurito y nos besamos -apasionadamente, con esa calentura que una delulu girl siente que puede convertir en otra cosa.

Como una hora después de estar en el atascón adolescente, decidí llevarme al susodicho a mi departamento. Seguimos echando los besos un buen rato y cuando el tono subió de nivel, nos dimos cuenta que no teníamos condones y yo, borracha pero buena muchacha, le dije que sin globito no había fiesta, que tendríamos que encontrar otro momento para vernos e intentar de nuevo.

Ese sábado amanecimos abrazados, de lo más tierno y se fue temprano, yo tenía una comida familiar y no podía no llegar. Me prometió que me buscaría y yo estaba emocionada de volverlo a ver.

Pasé todo el sábado y gran parte del domingo en las nubes, pensando en todo lo que habíamos platicado, en lo interesante que él me parecía y en todas las cosas bonitas que me había dicho.

Me escribió el domingo poco después de la comida, para ver si sí quería verlo esa noche.

Por supuesto que quería verlo, acordamos una hora y corrí a acomodar mi casa: Barrí, trapee, doblé la ropa y hasta prendí un par de velas para dar esa sensación de departamento de adulta™️ y poder conocerlo en otro espacio.

Como ya te dije que esta historia es la regla y no la excepción, las red flags aparecieron de inmediato.

Me escribió para preguntarme si podíamos ver el básquetbol un rato, muy extraño pero accedí… total, no podía ser peor que el fútbol mexicano.

Cuando llegó, me preguntó si podía quedarse a dormir, lo cual no me sorprendió y en mi cabeza de romántica pensé que quería pasar más tiempo conmigo.

Sin embargo, el güey se fue directo a mi cuarto casi sin hablar y sólo quería abrazarme sin hacer ruido. Ahí estuvimos echados unos veinte minutos, yo incomodísima y él nada más apretándome.

Para romper ese momento, le ofrecí una cerveza y una vez que tomó un poco empezó a parecerse más al ser que había conocido el viernes por la noche.

Pusimos el basquet un rato, pero él prefirió quitarlo y empezamos a hablar: Que si de la elección en México, que si el conflicto en Palestina, que si tener mascotas era difícil o no y finalmente de nuestros trabajos.

En retrospectiva esta fue la red flag más grande de todas, pues se quejó amargamente de tener una jefa mujer. Yo lo ignoré, pensando con cualquier parte de mi cuerpo menos mi cabeza.

Por fin empezó el atasque y procedimos a tener el sexo más mediocre que uno se podría imaginar. Terminamos y mientras estábamos abrazados me preguntó si al día siguiente podía tomar algunas llamadas del trabajo, que eran muy temprano. Yo accedí.

Más tarde, en la madrugada, eran como las tres cuando escuché extraños ruidos que venían desde el baño, medio me asomé y me di cuenta que era este vato vomitando. Desde ese momento y hasta como las seis no paró de ir al baño.

Yo no sabía qué hacer.

No solo porque este desconocido no se dejaba ayudar sino porque también podía escuchar como no se lavaba ni las manos.

Dieron las siete de la mañana, importante considerar que ya era lunes, me levanté a sacar a mi perra al baño y cuando volví, él ya estaba trabajando.

Yo seguí con mi rutina de todos los lunes, pero con una profunda sensación de incomodidad. Este personaje no me hablaba, pero estaba ahí en mi cuarto, ocupando mi espacio.

Dieron las 10 y entré a mi primera videollamada del día, junta con mi jefa (que también es mi amiga) y a quien le conté lo que estaba pasando. De inmediato me señaló lo extraño que era que siguiera ahí a esa hora y sobre todo, sin hablarme. Ella quería llegar a mi casa casi que con policías a sacarlo. Estaba segura de que el vato había cancelado su hotel y estaba aprovechándose de mi generosidad.

Dieron las 12 no pude más. Le mandé un mensaje para decirle que “siempre si iba a tener que ir a la oficina” y de inmediato entró a mi estudio, con mochila en mano, a decirme que mejor se iba. Y así, por fin se retiró.

Me sentí tan desilusionada, tan molesta y alterada de haber permitido que invadieran mi espacio, pero no era nada con lo que estaba por venir.

Primero que nada, encontré latas de cerveza a medio tomar en toda la recámara, bebidas que no pidió y que claramente bebió toda la mañana después de ese concierto que dio en mi baño de arcadas, pedos y diarrea.

Tiré todo.

Busqué mis velas de bruja y las prendí. Para terminar este ritual de limpieza de energía decidí lavar mis sábanas y cambiar mi colcha, me negaba a dormir sintiendo que eso no era mi espacio y oh sorpresa…

Cuando levanté la colcha de su lado, unas manchas de caca me esperaban. Sí, así como lo leen: Manchas de caca, de esas que deja la gente cuando va al baño y no se limpia bien.

Lavé todo en el ciclo antialergias de la lavadora. Esa noche ni mi perrita quiso dormir de ese lado.

Desde luego no volví a saber de él, y tampoco quiero.

Escribiendo esto incluso revivo el coraje que sentí de abrir las puertas de mi casa a un aprovechado, culero, que ni la decencia de limpiarse bien la cola tiene.

Me tomó un par de semanas quitarme el mal sabor de boca y regresar a ser la persona romántica, delulu y esperanzada que soy. Creo que si podré encontrar el amor, pero solo porfis, que se limpie bien.


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