Tengo 22 años. La misma edad que tenía Ana Carolina cuando desapareció. La misma edad que tienen miles de mujeres que, como yo, cargan con el miedo de que un día su nombre se convierta en tendencia porque alguien les arrebató la vida.
No la conocí, pero podría haber sido yo, podría haber sido mi hermana, mi amiga, mi madre, mi compañera de escuela y lo que más me duele no es solo su ausencia, sino la forma en que la gente se ha dedicado a habla sobre ella.
Lee también: Pensé que ser madre me haría sentir plena, pero no fue así: Carta sincera a las mujeres sobre la maternidad
En lugar de preguntarse quién le hizo daño, la gente ha preferido señalarla con comentarios que intentan dirigir el foco de la conversación en torno a cualquier mala decisión que hubiera tomado antes, como si eso justificara lo que le pasó, como si fuera más fácil buscar su culpabilidad que enfrentar la dolorosa verdad de que en este mundo, las mujeres desaparecen, las matan, y la culpa (casi) nunca recae en quienes deberían cargarla.
Pero no. No merecemos esto. Ninguna mujer debería cargar con la culpa de lo que le hicieron. Ninguna mujer debería ser cuestionada mientras el verdadero culpable camina libre, sin que nadie lo mire dos veces. Ninguna mujer debería temer que, si algo le pasa, su nombre se convierta en un debate en redes sociales que busque revisar su vida o escudriñarla para buscar la manera de convertirla en responsable de lo que le pasó.
Y en otros temas… ¿Te pasa que no sabes qué ver? Suscríbete aquí a NQV (Nada Que Ver) y descubre las mejores recomendaciones para todas tus plataformas de streaming favoritas por solo $20 pesos al mes.

