Salí con mi profesor de la universidad, y años después me di cuenta que fui manipulada

Salí con mi profesor de la universidad

Salí con mi profesor de la universidad

¿Alguna vez les ha gustado mucho un profesor? De esos que hablan y hablan y podrías escuchar por más tiempo del que dura la clase, que te envuelven con sus experiencias, los grados universitarios que tienen y en mi caso, la novela que tenía publicada “La orfandad de la muerte”, una mezcla de su historia personal, ficción y su aventura Europea: Xana, Alicia, Danae… Ni siquiera recuerdo el nombre, pero sí esos meses de mi vida se pudieran resumir en un libro, sería ese, su libro irónicamente.

Tenía 20 años cuando estaba en cierta universidad de la Ciudad de México, estudiaba Ciencias de la Comunicación y estaba emocionadísima, estudiaba una carrera que no era la que mi papá quería y que me llevaría a donde estoy ahora: Editora en Jefe de mi medio favorito, pero esa ilusa de 20 años ni siquiera se lo imaginaría, en ese entonces yo andaba bien metida en brillar en todo y convertirme en escritora, por ello no era de extrañarse que mi clase favorita fuese “Creación literaria e historia de la literatura”, desde el nombre para mi ya era la materia ganadora del semestre, ya quería saber quien la iba a dar y si valdría la pena, ahí fue donde lo vi llegar.

Entró al salón e iba muy bien arreglado con un tweed azul y su portafolio, todo impecable, se presentó y como buen escritor ególatra nos contó quien era y lo que había hecho, en un principio se me hacía insoportable, pagado de sí mismo, el típico “yo-yo”. Hasta el último dejó el plan de estudios y nuestros nombres, no esperaba mucho realmente hasta que tuvimos las primeras clases en serio, desde el principio nos incitó a escribir y leer, debatíamos en clase las lecturas que nos dejaba y dábamos nuestras interpretaciones. Yo era la típica ñoña que participaba demás y siempre tenía dudas, supongo que eso fue lo que llamó su atención, eso y que siempre he tenido la maña de vestirme bien y combinar todo, no podía ir a clases con un medio chongo y pants, así que poco a poco empezó la tensión entre nosotros, le gustaban mis escritos, me sugería cosas, le mandaba otras cosas que escribía fuera de clases y me preguntaba más por mi, además de recibirme cada mañana con un beso y un abrazo.

No puedo decir que fui ingenua, que pensaba que todo era mera amabilidad, porque sabía que no era así, me gustaba la idea de gustarle, de que con 20 años llamara la atención de alguien considerablemente más grande que yo, con dos maestrías, un doctorado en puerta y una novela publicada, me gustaba pensar que podía tener el control de la situación y sobre todo saber que podía soltarlo como una moneda al borde un edificio alto, sí, eso era lo que pensaba, pero de nuevo, tenía 20 años.

Empezamos a salir inocentemente a un café cerca de la universidad (así es, esta historia es un cliché), desayunábamos, leía mis escritos y me decía “lo madura y aterrizada que era para mi edad”, yo estaba encandilada y poco a poco estas salidas se convertían en recurrentes, teníamos nuestros días establecidos y yo los esperaba ansiosa, nos veíamos afuera y de ahí nos íbamos. El riesgo me emocionaba, ya que las consecuencias que podíamos haber enfrentado si nuestras salidas eran descubiertas, era mucho; hasta que un día regresando en su coche, me dijo de la nada y en silencio “Me gustas mucho”, me quedé helada y le respondí que él a mi también, está de más decir que nos besamos, de esos besos apasionados que tenían mucho tiempo esperando, como si te acecharan desde una vuelta de esquina, claro que eso llevó a otro punto importante que hasta ese entonces desconocía: era casado. Por supuesto que me explicó que su relación era abierta y era así desde que se fue a estudiar su maestría España, la distancia y el tiempo era mucho, por lo que decidieron que lo mejor era que fuese así y el acuerdo “se mantuvo” a pesar de su regreso, yo no me compré realmente esa versión, siempre había una alerta en mi cabeza que me decía que eso no era cierto, si no solo una forma de justificarse, pero prefería omitirla, de nuevo, yo tenía el control. Aún tengo un libro que me regaló de Manuel Gutiérrez Nájera, uno de mis autores favoritos del cual no podía encontrar los cuentos en ningún lado y él consiguió una edición antiquísima pasta dura de una antología en una librería de viejo, no sé cuanto le costó, pero se acordó de mi y la compró para demostrarme cuanto le importaba y lo poco que salía de su cabeza, de ahí salió una de nuestras citas favoritas: “¡Las jóvenes y los hombres han cambiado mucho! Hoy ya no es un lobo quien se engulle a la chicuela: la chicuela es quien se engulle al lobo.” Siempre me cuestionó si realmente era así y yo sin excepción contestaba: “Nájera lo dice, no lo contradigo.”

Nuestro contacto ya no se limitaba solamente a vernos, nos mandábamos mensajes constantemente que empezaron a subir de tono y una cosa estuvo a punto de llevar a la otra, teníamos un día y lugar establecido, sin embargo, mientras más se acercaba me preguntaba sí era lo correcto, por supuesto que me encantaba la idea de cumplir la fantasía de “el maestro”, pero ¿valía realmente la pena? Empecé a cuestionarme sobre su esposa y lo que involucrarnos de aquella forma implicaba, ¿Cómo lo iba a volver a ver de nuevo en clases? ¿Qué iba a pasar con nosotros? ¿Porqué tenía tantas preocupaciones si era algo casual? Ahí fue cuando me di cuenta que realmente nunca había tenido el control, que solo era lo que él quería que sintiera, me quería hacer sentir poderosa para poderme llevar a algún hotel en donde me convertiría en un personaje más de alguna de sus historias, una suerte de Alicia traviesa, como él me decía, la Alicia malportada y caprichosa que lo quería y no iba a parar hasta conseguirlo, fue cuando me hizo sentido que siempre dudara de la chicuela del libro de Nájera, yo solo era una Caperucita que cayó en el juego del lobo feroz quien estaba decidido a convertirme en su cena.

Cancelé alegando que había surgido un inconveniente, no tenía idea de como enfrentarlo y decirle lo que pensaba, sin embargo, nos volvimos a ver, una última vez antes de que cambiara de universidad. Nos vimos en un café del Centro, fue breve, platicamos un poco y nos dimos un último beso que sabía a despedida, me sentía derrotada y tiré mi moneda por el edificio, corté contacto con él y lo bloqueé de redes, no quería caer de nuevo en el juego que él movía a su antojo. Ahora solo sé de él por conocidos, y nuestra breve y apasionada historia quedó en el recuerdo, un recuerdo que me avergonzaba por las circunstancias y que hoy, 9 años después, entiendo, no debía hacerlo, sólo era muy joven e ingenua, al final, el lobo fue quien casi engulló a Caperucita.

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