Una cree que ya lo ha visto todo, pero a veces la vida tiene un sentido del humor tan ácido que una pensaría que la está escribiendo una guionista desempleada de HBO. ¿O cómo explicar que terminé siendo amiga de la ex de mi ex? Sí: de esa ex. La que vino después de mí. Con la que decían que seguro me había engañado porque este hombre cambia más de novia que de calzones, se los digo yo que se los lavaba.
Como verán, a él ya no lo soporto. Ni tantito. Pero en ella encontré algo que jamás encontré con él: inspiración, apoyo, comprensión y una amiga de verdad. Ironías de la vida: él fue puro caos, y entre las dos constuirmos un refugio.
Por ahí dicen que somos unas dolidas resentidas. Y mira, tal vez lo fuimos en algún momento. Pero también aprendimos algo importante: la que se lo queda es la que pierde. Nosotras, afortunadamente, ya no estamos ahí.
Él, por otro lado, sigue rodando por la vida como quien va dejando incendios pequeños en cada casa donde renta cuarto. Ahora dicen que está otra vez emparejado y que probablemente será papá pronto. Qué te digo… hay bebés que nacen con estrella, y otros con situaciones legales pendientes.
No le deseo mal a la nueva, de verdad que no. Pero si en algún momento empieza a googlear “¿por qué mi novio es así?”, aquí estamos nosotras para recibirla con café, carpeta de pruebas y el clásico: “amiga, siéntate”.
El origen del caos
Yo lo conocí en el trabajo. Detalle que ya debería haber sido la primera bandera roja. Según él, con su ex “ya estaban terminando”; versión que, con el tiempo, descubrí que podría estar archivada en la misma carpeta donde guarda “mis ex todas están locas”.
Tuvimos una relación larga y en apariencia estable, pero ya sabemos que longevidad no es sinónimo de calidad. Hay relaciones que duran mucho simplemente porque la persona sana tarda en darse cuenta de que está siendo drenada como vampiro energético.
El final fue clásico: él, pobrecito; yo, culpable de absolutamente todo. Un día descubrí que ya tenía nuevo libreto: yo era la celosa, la controladora, la manipuladora, la que no lo dejaba ser “él”. No sé qué versión de él era esa, porque nunca la conocí.
Perdí amigos. Quedé como la villana en su familia. Y pasé por esa etapa horrenda donde te preguntas si de verdad eres el problema. Spoiler: no lo era.
Entra la Señorita M (y la estafa emocional/financiera)
Después llegó ella: Señorita M. La nueva. La que él usó de parche emocional para heridas que él mismo se abrió. Duraron nada. Y la dejó no solo triste sino endeudada, porque además —sorpresa que ya no sorprende— resultó tener habilidades avanzadas para la estafa.
No puedo decir más por temas legales, pero créanme: lo nuestro fue casi un curso de introducción y me salió barato en comparación con lo que mi pobre amix, la Señorita M, ha tenido que pasar.
La amistad inesperada
Lo que sí puedo contar es que, tiempo después, Señorita M y yo empezamos a seguirnos en redes. Primero por curiosidad, luego por empatía, luego por risa involuntaria… y de pronto ya estábamos compartiendo experiencias, patrones y red flags calcadas.
Ahí entendimos todo: no éramos enemigas; éramos sobrevivientes de la misma catástrofe.
De enemigos en común salen grandes amistades, pero de exes compartidos salen verdaderas alianzas estratégicas.
Nos dicen que somos víctimas, dolidas, ardidas. No lo somos. Somos dos mujeres que cometieron el mismo error y ahora tomaron el mismo camino: lejos de él. Esa, honestamente, es la parte más sanadora que me ha pasado.
Al final, él perdió dos parejas y nosotras ganamos una amistad sólida, divertida y blindada contra manipuladores de medio pelo. Así que sí: la historia es rara, inesperada y un poco caótica.
Pero si algo aprendí es esto es que a veces la vida te quita un hombre… para devolverte a una mujer que vale diez veces más. Y ese intercambio, la verdad, fue una ganga.
