
Bajo estos mismos preceptos se configuran los bufones de las cortes hacia finales de la Edad Media y durante la posterior dinastía Tudor en el siglo XVI. Aquel que ejercía este oficio se vio obligado a desarrollar todo tipo de talentos: Debían cantar, contar chistes, tocar instrumentos, bailar, hacer algún tipo de acrobacia, hacer malabares u otro tipo de juegos. De no tener un amplio repertorio, sus posibilidades de adquirir popularidad –y por lo tanto mejores pagos– disminuían.
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Sin embargo, esto no siempre fue la regla. En un principio, los bufones de la corte sólo se presentaban ocasionalmente, mientras que el resto del tiempo llevaban a cabo otro tipo de funciones en el hogar de sus señores. Del mismo modo, existían aquellos que eran tratados como atracciones o fenómenos, particularmente debido a deformaciones o alguna enfermedad. Este tipo de bufones no recibía otro pago que no fuera en especie de vivienda y comida.
Pero aquellos que sí eran contratados por los nobles por lo general solían ser hombres educados, cuestión necesaria para mostrarse hábiles y astutos a la hora de realizar bromas sobre los propios aristócratas de la corte. Sin embargo, existía una contraparte cuya imagen se popularizó, la de los bufones “locos” —fools en inglés— en mallas y un sombrero de tres picos en telas coloridas que llamaban la atención y solían ser identificados como amateurs, aunque esto no impidió que su figura se afianzara y quedara perpetuamente ligada al papel de la nobleza y la corte.
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En ocasiones, éstos también eran los encargados de figurar como mensajeros, ya fuera en el campo de batalla o entregando malas noticias a los aristócratas y reyes que otros no se atrevían a dar por miedo a las represalias. En un extracto del libro Fools are Everywhere. The Court Jester Around the World de Beatrice K. Otto se explica cómo eran vistos los bufones:
«En un sentido, el bufón está del lado del regente. La relación generalmente era muy próxima y amigable e, invariablemente, el bufón era una presencia querida en lugar de tolerada. […] podían ser mordaces en sus ataques, pero generalmente había un grado de bondad y comprensión en sus palabras. Si convencían al rey de no cortar la cabeza de un inocente, no sólo era para salvarlo de la ira del rey, sino también para salvarlo [al rey] de sí mismo; sólo ellos [los bufones] pueden ser los que le dirán que sufre de halitosis moral.
Se percibe que el bufón está del lado de la gente, el pequeño hombre peleando contra la opresión de los poderosos. Al engañar sabiamente […], el bufón generalmente se ganaba el favor de la gente[…]».
Por otro lado, los bufones no son figuras exclusivas de la aristocracia europea: el fenómeno se ha repetido en todo el mundo, incluso en latitudes tan lejanas como China, India, Persia, en algunos países africanos y entre tribus norteamericanas. En todos estos lugares la figura fue esencialmente la misma; se trataba de un hombre con múltiples talentos que podía brindar entretenimiento, ya fuera al servicio de un rey o de una tribu entera. Es esa misma figura la que ha mutado e inspirado otro tipo de actos circenses y destinados a la diversión que perduran hasta nuestros días.
En portada: Jan Metjko, Stańczyk, 1862.
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