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¿Cómo eran los partos en la Antigüedad?

23 de marzo de 2018

Rodrigo Ayala Cárdenas

Muchas civilizaciones han tenido enfoques distintos sobre cómo preparar el acto en el que una vida viene al mundo para iniciar su existencia.



En la Antigüedad, si una mujer de la tribu de los sioux norteamericanos gritaba al dar a luz se consideraba una deshonra y era expulsada de la comunidad. En cambio, si soportaba el dolor, su hijo sería reconocido como un ser valiente por el resto de su vida. Así es como se vivían los partos en las lejanas praderas de los Estados Unidos, un sitio fascinante donde abundaban mágicas creencias y la medicina se combinaba con el chamanismo.



Desde los tiempos pretéritos, los misterios de la maternidad han tenido tintes sagrados: como poseedoras del don de dar la vida y traer al mundo un nuevo ser, las mujeres han sido vistas como algo digno de veneración. Por lo tanto, muchas civilizaciones han tenido enfoques distintos sobre cómo preparar el acto en el que una vida viene al mundo para iniciar su existencia.



En muchas culturas, las parteras –mujeres que asistían a las embarazadas en el proceso de dar a luz– jugaron un papel relevante en el misterio del nacimiento. Como prueba de ello, los mexicas las tenían en gran estima social: se les llamaba tlamatlquiticitl y tenían conocimientos en herbolaria, metafísica y religión, materias que ponían en práctica cuando un niño estaba a punto de nacer o incluso meses antes.



Las tlamatlquiticitl aconsejaban a la futura madre meses antes del alumbramiento acerca de hábitos alimenticios para que su bebé fuera sano y fuerte. Asimismo, le indicaban que el embarazo debía darse en condiciones de absoluta tranquilidad para asegurar un parto lejos de todo peligro. Las mujeres mexicas daban a luz de cuclillas en medio de un temazcal, mientras las parteras las sostenían de los talones como punto de apoyo. Tras el nacimiento del bebé, estas mujeres bien estimadas se quedaban con la nueva madre hasta por cinco días para cuidar de ellas.



Entre los egipcios, el parto también tenía diversos rituales: las mujeres se aislaban en una especie de cobertizo hecho de caña en el patio o en el techo de sus viviendas. Se sentaban en un taburete de madera con un agujero en medio por donde pasaba el niño a este mundo. El dolor se mitigaba por medio de cerveza que la partera les ofrecía durante el proceso. Cuando el niño salía, la placenta era retirada y enterrada en la casa de la familia o arrojada a las aguas del Nilo. Algunas fuentes dicen que la madre comía una parte de la placenta por recomendación de la partera.



En la cultura griega, el parto también era atendido por mujeres expertas: las maiai, iatromaiai y omfalotomi –cuyo significado es ‘cortadoras de ombligo’– eran las que se encargaban de recibir al niño recién nacido y ofrecer todos los cuidados a la mujer que acababa de convertirse en madre.


En la Edad Media, las parteras –también conocidas como comadronas o matronas– fueron esenciales a la hora de ayudar a una mujer a dar a luz a uno o más hijos. En Les anciennes hystoires rommaines –un manuscrito parisino del último cuarto del siglo XIV– se habla del nacimiento del futuro emperador romano Julio César, quien vino al mundo por medio de una cesárea practicada por una comadrona asistida por una aprendiz.



Durante este periodo de la historia, los partos eran sumamente complicados; basta recordar que la medicina no era una materia desarrollada debido a que la Iglesia impedía el estudio de los cadáveres y otras prácticas que permitieran incrementar el conocimiento del cuerpo humano. Por ello es que las mujeres sufrían en demasía al entrar en labor de parto.


El papel de las comadronas era fundamental para evitar la muerte de la mujer y su bebé. Usaban elementos como violetas, manzanilla, ajonjolí, aceite de almendras dulces y grasa de gallina para asear el cuarto donde se llevaría a cabo el alumbramiento o para mitigar los dolores de las mujeres. Era común ver a un gran número de asistentes en los aposentos de la futura madre asistiéndola en todo momento. Además estaban obligadas a hacer una buena labor, pues del nacimiento del bebé dependía en gran medida el futuro de las alianzas entre reinos y la herencia de un trono.



Sin embargo, resulta curioso saber que medio millón de años antes, específicamente en la época del homo heidelbergensis, las mujeres sufrían mucho menos los dolores del parto, pues su pelvis era más grande en comparación a los cuerpos femeninos de la actualidad, lo que permitía el deslizamiento del feto de manera rápida. Esto fue comentado por Ana Mateos Cachorro, directora de la línea de investigación del grupo de paleofisiología y sociobiología de homínidos del Centro Nacional de Investigación de Evolución Humana en Atapuerca, España.



Hoy las facilidades para que una mujer conciba a su hijo son muchas. La medicina ha alcanzado un notable grado de evolución que hace la tarea mucho más sencilla, sin comprometer la salud de la madre y su bebé. El milagro de la concepción sigue siendo una de las maravillas más grandes de la naturaleza. Hacerlo de la manera adecuada es una de las vías más importantes para la conservación de la especie humana.


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TAGS: Historia mundial Datos curiosos Mujeres
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Rodrigo Ayala Cárdenas


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