
A lo largo de la historia de México, los temblores siempre han sacudido varias regiones del país, esto se debe a que se encuentra en una zona de subducción, es decir, una parte de la tierra en la que una placa de la corteza terrestre se desplaza lentamente debajo de otra. Sin embargo la medición científica y oficial es relativamente reciente, ya que internacionalmente la escala sismológica de Richter se implementó en el año de 1978.
En la época de la Colonia, cuando la iglesia católica dictaba las leyes que regían a la población, absolutamente todos los fenómenos naturales eran explicados como castigos divinos, generalmente relacionados con los pecados de la humanidad. Cuando se presentaba algún movimiento fuerte en alguna población, el campanero de la iglesia inmediatamente hacía sonar las campanas y los pobladores religiosos comenzaban a rezar, entonces se comenzó a determinar la magnitud y duración de los temblores y terremotos según el número de padrenuestros, las avemarías o credos que habían rezado mientras volvía la calma. También había una gran parte de la población que desconocía los rezos, pero que de igual manera usaba como referente sus actividades cotidianas para “medir” la duración de estos movimientos sísmicos. Por ejemplo, un temblor podía durar lo mismo que se cocía un huevo o hervía una taza de agua.
Fue hasta el año de 1910, cuando se instauró oficialmente el Servicio Sismológico Nacional, con estaciones en los sitios con mayor incidencia de temblores como; Distrito Federal, (ahora Ciudad de México), Oaxaca, Mérida, Chihuahua, Veracruz, Guadalajara, Monterrey y Zacatecas. Estas estaciones eran mucho más modernas y apegadas a estudios completamente científicos que se sustentaban con matemática, física, y geología, dejando de lado los rezos y oraciones católicas.
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