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8 consejos que las mujeres aztecas recibían de su madre al crecer

3 de noviembre de 2017

Alejandro López

"Si tu marido te da algún pesar, no le manifiestes tu desazón, sino disimula por entonces y después dile mansamente lo que sientes..."



La educación de las mujeres mexicas estaba atravesada por un par de factores decisivos: al mismo tiempo que se hallaban relegadas de la vida pública (a excepción de las parteras) sus labores como madres y esposas recibían una serie de consejos desde el lado materno.


Una de las crónicas que mejor da cuenta del papel de la mujer hace cinco siglos es la de Francisco Javier Clavijero, sacerdote jesuita que se interesó por el pasado indígena y recopiló distintos textos de misioneros como Motolinía y Fray Bernardino de Sahagún sobre las costumbres de los pueblos originarios del Valle de México durante la Conquista.



La “Exhortación e instrucción a las hijas”, contenida en su Historia Antigua de México, da cuenta del orden social y la construcción del rol de cada género en el México prehispánico, donde cuestiones como el honor, la sabiduría, la honestidad y la obediencia a su esposo daban cuenta del sitio que ocupaban las mujeres en estas sociedades en las que eran apreciadas únicamente por su capacidad de esposas y madres, un papel tradicional que mantenía presente la jerarquía masculina y la reproducía como algo deseable:


«Hija mía le decía yo te parí con dolor, te crié a mis pechos, he procurado educarte con el mayor cuidado, y tu padre te ha pulido como una esmeralda para que parezcas a los ojos de los hombres como una joya engastada en virtudes. Trata de ser buena, porque si no ¿quien te querrá por mujer? Serás el desecho de todos. La vida es trabajosa y es menester consumir nuestra fuerza para alcanzar los bienes que los dioses nos envían; por tanto no seas perezosa y descuidada sino muy diligente en todo.
 
Sé limpia y trabaja en tener bien concertada la casa; sirve el agua de manos a tu marido y haz el pan para la familia. Por donde quiera que vayas ve con mucho recato y mesura, no apresurando el paso ni riéndote con los que encuentres, ni mirando de lado, ni fijando la vista en los que vinieron hacia ti, sino ve tu camino, especialmente si vas acompañada; de esta manera alcanzarás mucha estimación y buen nombre. A los que te saludaren o preguntasen algo, responde cortésmente, porque si callas te tendrán por necia».


 

«Sé muy diligente en hilar, tejer, coser y labrar, porque así serás amada y alcanzarás lo necesario para comer y vestir. No te des demasiado al sueño; huye de la sombra, la frescura y el descanso, porque el regalo enseña pereza y otros vicios. O estés en pie o sentada o andando, no pienses jamás en cosa mala, sino trata solamente de servir a los dioses y de ayudar a los que te engendraron. Si fueres llamada de tus padres, no esperes a que te llamen dos veces, sino acude luego a saber lo que mandan para no darles pesar por tu tardanza; oye bien lo que te mandan y no lo olvides sino ejecútalo diligentemente. No des malas respuestas ni muestres repugnancia, si no puedes hacer lo que se ordena excúsate con humildad. Si otra fuere llamada y no acudiere presta, acude tú, oye lo que se manda y hazlo bien, que así te harás estimar.
 
Nunca prometas hacer lo que no puedes: a nadie burles ni engañes, pues te están viendo los dioses. Vive en paz con todos y a todos ama honestamente y cuerdamente para de que todos seas amada. De los bienes que tuvieres no seas avarienta. No interpretes a mal lo que vieres dar a otras, ni lo envidies: porque los dioses cuyos son todos los bienes, los reparten como quieren. A nadie des motivo de enojo, porque si lo das a otro, tú también lo recibirás. No tengas trato poco honesto con los hombres ni sigas los deseos malos de tu corazón; porque nos afrentarás y ensuciarás tu alma como el agua con el cieno. No te acompañes con malas mujeres, las callejeras, las mentirosas y las perezosas, porque ciertamente te pervertirán con su ejemplo».


 

«Atiende a las cosas domésticas y no salgas fácilmente de tu casa ni andes vagando por las calles, el mercado o los caminos; porque en esos lugares encontrarás el daño y la perdición. Mira que el vicio mata como las hierbas venenosas y que una vez admitido es muy difícil dejarlo. Si yendo por la calle te encontrare algún joven atrevido y se riere contigo, no le correspondas, sino disimula y pasa adelante. Si te dijere alguna cosa no le contestes, ni atiendas a sus palabras, y si te siguiere no vuelvas a verle, porque no le enciendas más la pasión; si así lo hicieres él se cansará y te dejará en paz.

No entres sin justa causa en casa alguna, porque no te levanten alguna calumnia, y lo padezca tu honor; pero si entras en casa de tus parientes salúdalos y con respeto y no te estés mano sobre mano, sino toma luego el huso para hilar y ayúdales en lo que se ofreciere. Cuando te cases ten respeto a tu marido, obedécele con alegría y ejecuta con diligencia lo que te ordenare; no lo enojes ni le vuelvas el rostro, ni te le muestres desdeñosa o airada, sino recíbelo amorosamente en tu regazo, aunque viva, por ser pobre, a tus expensas».

 


A pesar del rol secundario y la disposición que debía mantener enteramente a la voluntad de su marido, existe una advertencia superior: conservar la tenencia de la tierra.


«Si tu marido te da algún pesar, no le manifiestes tu desazón al tiempo de ordenarte alguna cosa, sino disimula por entonces y después dile mansamente lo que sientes, para que con tu mansedumbre se ablande y excuse el mortificante. No te afrentes delante de otros porque tú también quedarás afrentada. Si alguno entrase en tu casa a visitar a tu marido, muéstrate agradecida a la visita y obséquialo en lo que pudieres. Si tu marido fuere necio, sé tú discreta; si yerra en la administración de la hacienda, adviértele los yerros para que los enmiende; pero si lo reconoces inepto para manejarla, encárgate de ella y procura adelantarla cuidando mucho de las tierras y de la paga de los que en ella trabajaren; mira no se pierda alguna cosa por tu descuido».

 

Finalmente, la exhortación culminaba con un aviso de autoridad. La madre que daba tales consejos hacía valer su condición, y al mismo tiempo que respaldaba en su experiencia los consejos, expresaba los mejores deseos para su hija:

 

«Sigue, hija mía, los consejos que te doy, soy ya grande y tengo bastante experiencia del mundo, soy madre tuya y como tal te he criado y deseo que vivas bien. Fija estos avisos en tus entrañas, que así vivirás alegre y satisfecha. Si por no abrazarlos llovieren sobre ti desgracias, tuya será la culpa y tuyo el daño. No más, hija mía, los dioses te guarden».


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TAGS: México Mujeres historia de méxico
REFERENCIAS: Memoria Política de México

Alejandro López


Editor de Historia y Ciencia

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