Probablemente conoces una mujer de ojos enigmáticos y una mirada monstruosa. Basta con que pose su mirada en ti, para que las palabras salgan volando como un puñado de palomas asustadas por los niños. De pronto, te convertiste en piedra y acabas de revelar el secreto político más importante todos. Las mujeres Medusa un día conquistarán el mundo.
En la mitología griega, la Medusa era un monstruo femenino con un encanto y una maldición que convertía en piedra a todos aquellos que la miraran fijamente a los ojos. Era una de las tres hermanas gorgonas y de acuerdo con la doctora en arte, Jane Ellen Harrison, su existencia era el producto de un terror acumulado por los hombres a la oscuridad de la Tierra.
Una mujer medusa, eso era Hilda Krüger, actriz que fracasó frente a las cámaras de televisión pero se convirtió en una pieza fundamental del escalofriante juego de Adolf Hitler durante el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial. La figura el máximo representante del Tercer Reich se convirtió en su ídolo, obsesión y más grande
abismo.
Hilda abandonó a su esposo judío y con un fervor alarmante para muchos, se volcó de inmediato a la causa nazi. Su compromiso fue tan rotundo, que llegó a establecer relación con las esferas más altas de los ámbitos económicos y políticos de México y Estados Unidos. Desembarcó desde Alemania con una sola misión: convertirse en la espía predilecta de Hitler.De acuerdo con las palabras del biógrafo de Krüger, Juan Alberto Cedillo, el encanto de Hilda no pertenecía a la voluptuosidad o atractivo físico de otras mujeres. Su simpatía provenía de una sonrisa a flor de labio y un par de ojos azules tan oscuros como el universo mismo antes de la explosión primigenia.
Hilda llegó a Los Ángeles cuando se despidió de Alemania. Allí destacó entre el resto de bellezas rubias y se hizo de los favores del milenario petrolero Jean Paul Getty. Una vez dentro de las reuniones más exclusivas de esos círculos de poder, Krüger se dedicó a filtrar toda la información que presenciaba al servicio de inteligencia.
En 1938, la ojiazul se trasladó a la capital mexicana por primera vez. El objetivo de su misión consistía en asegurar la mayor cantidad de petróleo para respaldar el despliegue militar que Hitler tenía pensando para invadir la Unión Soviética, bajo el nombre clave de “Operación Barbarroja”. Sin embargo, existía un pequeño inconveniente, Lázaro Cárdenas había decretado la nacionalización del combustible mexicano y tenía una relación distante con los Estados Unidos.
Krüger entró a los círculos mexicanos más exclusivos gracias a su relación con el millonario Getty. Su labor comenzó desde el primer momento. Al respecto, Cedillo ha señalado que la inteligencia de la alemana siempre jugó a su favor: “Fue una agente vocacional y nazi, pero se sabía mover en los círculos intelectuales y escribió tres libros sobre mujeres: La Malinche, Sor Juana y Elisa Lynch”.La primera victoria de la alemana en el territorio nacional fue el romance que entabló con Ramón Beteta, quien se había desempeñado como el subsecretario del Exterior y con relación sólida en el banco central. De su brazo, Krügel conoció las calles de la Ciudad de México y aprendió todo cuanto pudo de un México contemporáneo tan convulso como contradictorio durante la década de 1940.
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Después de conocer la historia de la alemana infiltrada en México, seguramente te deleitarás con el relato de “Hitler y sus fuerzas especiales” o bien, ¿conoces al hombre que robó más piezas de arte que Hitler?
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Referencia:
EL PAÍS

