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Jesse Owens y Luz Long, la historia de una amistad más allá del nazismo y del deporte

28 de noviembre de 2017

Griselda Sulbaran

Durante la competencia de salto largo, Long conversó con Owens, a la vista de Hitler, y lo felicitó abiertamente cuando resultó el vencedor

Ganar cuatro medallas de oro en una sola cita olímpica es, sin lugar a dudas, una proeza admirable. Hacerlo como una persona afrodescendiente en 1936, en Berlín, durante el apogeo del fascismo alemán y con Hitler en el poder, y presente en el recinto, junto a sus seguidoras y seguidores, es otra cosa. Esto fue lo que hizo Jesse Owens, el único negro admirado por los nazis.



A tres años de que se desatara la Segunda Guerra Mundial, la realización de un magno deportivo en Alemania no podía ser mejor noticia para Adolf Hitler, quien quería mostrarles a los demás países la capacidad de organización del Reich, su poderío económico y el supuesto bienestar social de su nación. Pero sobre todas las cosas quería demostrar su "teoría" sobre la "superioridad" de la raza aria pura.



Un pueblo subyugado a la ideología fascista y racista como el de la Alemania nazi, capaz de promulgar entre sus habitantes un manual para ser una esposa perfecta, se llevó una sorpresa con el atleta estadounidense Jesse Owens, nativo de Alabama. Frente a la mirada perpleja —y bastante incómoda— del Fuhrer, Owens arrasó en las categorías de 100 metros, 200 metros, 4x100 con relevo y salto largo, lo que le mereció el primer peldaño en el podio. La superioridad, le costó entender al dictador, era relativa y, en todo caso, nada tiene que ver con el color de piel, la raza o lo que sea. De alguna manera, Jesse Owens, con apenas 23 años para entonces y quien ya tenía más que suficiente con la segregación y el racismo que sufría en casa, les dio el privilegio a los nazis de apreciar su talento y habilidades. Uno de los más fascinados y dispuestos a reconocerlo fue el consentido y favorito de Alemania, el atleta Carl Ludwig "Luz" Long.



Contemporáneo con Owens, durante la competencia de salto largo, Long intercambió algunos comentarios amigables con el atleta estadounidense, a la vista de Hitler, y lo felicitó abiertamente cuando resultó evidentemente el vencedor. Más allá de lo que parecía ser una forma de diplomacia, la historia no terminó ahí, pues Long y Owens permanecieron en contacto durante años, lo que fue forjando una verdadera amistad.

Si alguien pone en duda la importancia de los deportes como formas de cultura colectiva, capaz de hermanar a personas equidistantes, tanto en lo cultural como en lo histórico, esta historia es particularmente pertinente. La correspondencia entre los dos atletas trascendió el conflicto entre sus naciones. Long, quien fue el último en escribirle a Owens, falleció poco después en combate, durante su servicio en el Norte de África. La carta, que se transcribe al final de este artículo y que puedes leer en inglés original acá, llegó a manos de Owen un año después de haber sido escrita. En ella queda claro uno de sus últimos deseos, que algunos años se cumpliría: que Owen conociera a su hijo Karl, de quien sería padrino en su boda.



A continuación la carta:

"Estoy aquí, Jesse, donde parece que hay sólo arena seca y sangre mojada. No temo mucho por mí, mi amigo Jesse, temo por mi mujer, quien está en casa, y mi hijo Karl, quien en realidad nunca ha conocido a su padre.

Mi corazón me dice, si puedo ser honesto contigo, que ésta es la última carta que escribiré. Si es así, te pido algo. Es algo muy importante para mí. Se trata de que vayas a Alemania cuando esta guerra acabe, algún día encuentres a mi Karl y le hables sobre su padre. Dile, Jesse, cómo eran los tiempos cuando no estábamos separados por la guerra. Me refiero a cómo puede ser las cosas entre los hombres en esta tierra.

Si haces esto por mí, esto que necesito que será hecho, haré algo por ti ahora. Te diré algo que quieres oír. Y es cierto.

Esa hora en Berlín cuando hablamos por primera vez, cuando tenías tu rodilla sobre el suelo, yo sabía que estabas rezando. Entonces no sé cómo lo sé. Ahora lo sé. Sé que nunca volveremos a vernos. Regreso a ti en esa hora en 1936 por un propósito más allá que las Olimpiadas de Berlín. Y tú, creo, leerás esta carta, aunque no debería ser posible que llegue hasta ti, por el propósito de nuestra amistad. Creo que llegará hasta ti porque ahora creo que Dios hará que así sea. Esto es lo que tengo para decirte, Jesse.

Creo que podría creer en Dios.

Y rezo para pedirle eso, aun cuando no debería ser posible que esto llegue hasta tus manos, estas palabras que escribo de igual forma serán leídas por ti.

Tu hermano,

Luz"

***

Desafortunadamente, el siglo XX estuvo marcado por genocidios que cambiaron a la humanidad. Debemos conocer y recordar cada uno de ellos, para tener siempre en mente que jamás será válido atentar en contra de la vida de millones sólo por ganar guerras inútiles y despiadadas.

TAGS: Segunda guerra mundial Historia mundial Nazismo
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Griselda Sulbaran


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