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Mujeres en la cocina, hombres en la oficina: cómo han cambiado los roles de género a través de la historia

14 de agosto de 2018

Janeth Vásquez Vargas

El entendimiento de los roles de género ha cambiado a través de los años, pero ahora más que nunca comprender que el género es un acto de democracia, justicia y libertad es primordial para una sociedad justa.



El género es considerado una categoría de reciente creación, a diferencia de las categorías de clase social o etnia, que han sido instrumentos analíticos desde hace mucho tiempo, y su uso no está generalizado. En los últimos 25 años muchas y muy diversas tendencias dentro de las investigaciones académicas han coincidido en un mismo fin para producir una comprensión más compleja del género como fenómeno cultural. Actualmente, se puede ver que los límites sociales establecidos por modelos basados en el género varían tanto histórica como culturalmente. Los antecedentes del género se encuentran en Simone de Beauvoir, quien en su obra El segundo sexo desarrolla una aguda formulación sobre el género en la que plantea que las características humanas consideradas como “femeninas” son adquiridas por las mujeres mediante un complejo proceso individual y social, en lugar de derivarse naturalmente de su sexo. Así, al afirmar en 1949: “una no nace, sino que se hace mujer” (Raya, 2005), de Beauvior hizo la primera declaración célebre sobre el género. Su reflexión abrió un campo nuevo para la interpretación del problema de la igualdad entre los sexos y enmarcó el campo de la investigación académica feminista posterior.

 

La comprensión del concepto género se ha vuelto imprescindible, no sólo porque se propone explorar uno de los problemas intelectuales y humanos más intrigantes —que es conocer cuál es la verdadera diferencia entre los cuerpos sexuados y los seres socialmente construidos—, sino porque está en el centro de uno de los debates políticos más trascendentes, que es el papel de las mujeres en la sociedad. Utilizar la categoría género para referirse a los procesos de diferenciación, dominación y subordinación entre los hombres y las mujeres obliga a remitirse a la fuerza de lo social, y abre la posibilidad de la transformación de costumbres e ideas. Es importante comprender que los comportamientos sociales no dependen únicamente de los hechos biológicos, aunque tampoco se explican totalmente por el aspecto social. En esta perspectiva coexisten distintos enfoques dentro de un intento común por interpretar el género como un sistema de relaciones culturales entre los sexos.

 




Bourdieu, uno de los más destacados representantes de la sociología contemporánea, trató de mostrar que el género es una especie de filtro cultural con el que interpretamos el mundo, y también una especie de armadura con la que obligamos a nuestra vida a mantenerse dentro de unos límites establecidos. Instituyó además que de la lógica de género se desprende la actual normatividad, tanto jurídica como simbólica, sobre el uso sexual y reproductivo del cuerpo; y debido a que esta lógica se toma por natural, genera represión y opresión. De las costumbres del pasado se deriva una lógica del género de la cual se desprenden la represiva economía sexual y la política sexista y homófoba, que no se toman en cuenta en la mayoría de los planteamientos políticos democráticos. De esto radica el desafío de reconocer formas de explotación e injusticia, de las que el actual discurso político no hace mención; se requiere, además, entender cómo incide la lógica del género en las estructuras políticas e institucionales que posibilitan y rigen las prácticas, discursos y representaciones sociales. 


Otra autora que representa una de las posiciones más importantes en el debate intelectual sobre el género es Judith Butler, quien aborda desde su formación filosófica el problema de cómo el cuerpo —considerado por ella como la condición de acceso al mundo—, es llevado más allá de sí mismo por el género. Su punto de vista reivindica la reflexión de Beauvoir como una radicalización del pensamiento existencialista, ya que lleva hasta sus últimas consecuencias la argumentación beauveriana de que existimos como cuerpo, pero que llegamos a ser género. En sus escritos denuncia el problema de la restricción de libertad que implica la actual normatividad de género. Para esta autora, “existir” en el propio cuerpo se convierte en una forma personal de asumir, acatar e interpretar las normas de género recibidas; y concluye que no se trata de trascender el género, sino de proliferarlo, lo que quiere decir que hay que multiplicar los géneros para que el modelo vigente del patriarcado deje su supremacía. Es importante comprender cómo el patriarcado ha construido una otredad femenina ubicada en un lugar de inferioridad, por lo que el recurrir al estudio de la cultura es pertinente ya que desde el feminismo se plantea que la principal barrera para lograr la igualdad de género sigue siendo la cultural.





Virginia Woolf decía en 1929: “Durante todos estos siglos, las mujeres han sido espejos dotados del mágico y delicioso poder de reflejar una silueta del hombre de tamaño doble del natural. Sea cual fuere su uso en las sociedades civilizadas, los espejos son imprescindibles para toda acción violenta o heroica. Por eso, tanto Napoleón como Mussolini insisten tan marcadamente en la inferioridad de las mujeres, ya que si ellas no fueran inferiores, ellos cesarían de agrandarse. Así queda en parte explicado que a menudo las mujeres sean imprescindibles a los hombres. Y también así se entiende mejor por qué a los hombres les intranquilizan tanto las críticas de las mujeres; por qué las mujeres no les pueden decir este libro es malo, este cuadro es flojo o lo que sea sin causar mucho más dolor y provocar mucha más cólera de los que causaría y provocaría un hombre que hiciera la misma crítica” (Cano, 2016).


La dimensión del patriarcado es incuestionable y los mo­vimientos feministas aparecen como protagonistas en el cuestionamiento de esto, pero siempre desde los márgenes. Se puede pensar por ejemplo el contenido negativo que tiene el término “feminista”. Muchas mujeres que trabajan y militan por la igualdad inter-géneros le huyen e intentan no identificarse con él por el estigma que pesa sobre el mismo. Cuando se indaga acerca del significado del feminismo, son pocas las voces que lo identifican con un movimiento social y político que aboga por la igualdad inter-géneros; circula la idea de que el feminis­mo es un movimiento contra el varón, que postula la superioridad femenina y que pretende excluir al colectivo de varones de todos los lugares que tradicionalmente han ocupado. Es decir, muchas personas entienden feminismo como hembrismo, como un machismo al revés. El patriarcado se ha encargado de que las mujeres —y los varones— le huyan a la identificación como feministas y ha convertido el término en algo dudoso. Los distintos feminismos revelan que el antónimo de igualdad es desigualdad, y no diferencia. Se aboga por la construcción de un espacio en donde ser diferente no signifique ser inferior, y en donde se reivindique la diferencia como valiosa.

 




En muchos períodos históricos, las percepciones populares respecto al temperamento del hombre y de la mujer han cambiado significativamente, y estos cambios han sido acompañados por la reformulación de las fronteras sociales. Un ejemplo de esto tuvo lugar durante la urbanización e industrialización de Occidente: el hogar y el centro de trabajo quedaron físicamente separados al igual que la función de la mujer de clase media. En Norteamérica, otra modificación de fronteras ocurrió como resultado de los avances en relación con la educación superior para las mujeres, y la resultante aceptación de un trabajo remunerado fuera del hogar para aquellas de clase media; se crearon nuevas fronteras para separar las nuevas profesiones para mujeres relacionadas con la prestación de servicios tales como la enseñanza, la enfermería y el trabajo social, de aquellas profesiones de mayor prestigio destinadas a los hombres tales como la ingeniería, el derecho y la investigación científica.

 

Ante el conflicto que plantean las normas culturales del género, la filosofía, mediante la ética, ofrece medios para clarificar y ordenar los principios normativos humanos. Así la aspiración de justicia se manifiesta como la búsqueda de equidad. Por eso comprender qué es el género tiene implicaciones profundamente democráticas, pues a partir de dicha comprensión se podrán construir reglas de convivencia más equitativas, donde la diferencia sexual sea reconocida y no utilizada para establecer desigualdad.





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Entender el feminismo no es tarea fácil, sin embargo autoras como Simone de Beauvoir han logrado poner en palabras uno de los debates más complejos de nuestra historia. Si te interesa conocer más sobre la lucha feminista, estos son los tres libros imperdibles para conocer los principios fundamentales del feminismo.


TAGS: Feminismo cultura crowdsourcing
REFERENCIAS: Cano J., (2016). La «otredad» femenina: construcción cultural patriarcal y resistencias feministas. Raya, J. (2005). Simone De Beauvoir, su aportación a la discusión sobre el género. Della, A. (2015). Género, Identidad y Performatividad en Judith Butler.

Janeth Vásquez Vargas


Colaborador

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