
Pintura por Ramón Peñaloza
Él y ella han pasado por muchas cosas juntos, los años están que los respaldan. Pronto cumplirán dieciocho años viviendo en su departamento y catorce de casados. Él es de una belleza un tanto brusca y ella demasiado guapa y elegante, lo era antes y también lo es ahora, por lo que podría decirse que Arturo y su esposa forman una muy buena pareja. Y si hubiese que buscarles algún defecto, sería que los dos se han quedado solos con el tiempo, debido a su relación tan estrecha, tan hermética que los fue encerrando en su mundo y fueron, poco a poco, perdiendo a sus amigos.
A él ya no le importa tanto porque tiene a sus compañeros de trabajo en la oficina; pero a ella, que vive de su pintura y de una tienda electrónica de libros, cada vez la atormenta más el desapego hacia los otros, entrando en grandes depresiones que, por lo general, desembocan en el deseo de acudir con un psicoanalista. Deseo que se olvida en unos días, cuando el tiempo ya ha acarreado con el mundo.
A ella le encantan las corbatas que su esposo usa, y a él simplemente le gusta ella. La rutina es simple y ligera porque saben darse ese espacio adecuado, encontrar ese equilibrio entre el respeto y el afecto, entre el apego y la abulia.
Los dos se han mudado lejos de sus padres y de sus familias; y eso es lo que a él, algunas veces, lo atormenta. Fuera de ello, él cree ferozmente que su matrimonio es casi perfecto, que sólo les falta tener hijos. Aunque bien sabe que ella nunca ha querido tener niños, pues su infancia fue terrible, desgastante, cargada de ultrajes y faltas de respeto, con el alcoholismo rotundo de su padre y la debida codependencia de su madre. Y él, aun así, ya la ha ido convencido sutilmente de que algún día podrían tomar en adopción a un niño.
–Podría ser… ¿Quién sabe? Algún día… Un niño que lo necesite –y así, diciendo esas palabras, acabó la primer conversación de ellos al respecto; sin detenerse a pensar si realmente ese niño imaginario necesita de su ayuda, o si es él el que necesita al niño para reafirmar su vida, satisfaciendo su deseo más escondido, la paternidad que nunca tuvo.
Con el paso del tiempo, aquellos dos han dejado de llamarse por teléfono y hasta de escribirse mensajes por sus celulares, porque la cotidianidad de uno está con el otro. Trabajando juntos se ven también fuera de la casa, y generalmente se acompañan en el metro o en el coche, donde atrapados en el tráfico no tienen más que hacerse compañía entre el asfalto caliente, los coches amotinados y las lucecillas ciudadanas.
También, acuden juntos a la alberca tres veces por semana donde hacen ejercicio. Y así, viven sus enamoradas vidas creyendo que nada más son ellos contra todo el resto.
