El pleito legal entre los grandes estudios de Hollywood y una pequeña empresa de inteligencia artificial ha desatado una conversación incómoda pero necesaria: ¿es posible eliminar la piratería en la era de la IA generativa? ¿O ya es demasiado tarde para frenar la dependencia tecnológica que normalizamos sin siquiera pensar en sus consecuencias?
Disney y Universal vs. la piratería y Midjourney
El 11 de junio de 2025, Disney y Comcast (propietario de Universal Pictures) interpusieron una demanda federal en Los Ángeles contra Midjourney, una startup de inteligencia artificial generativa acusada de usar sus obras protegidas para entrenar modelos sin ningún tipo de permiso. La demanda —de 110 páginas— acusa a la compañía de ser un “parásito del copyright” y un “pozo sin fondo de plagio”, por permitir que sus usuarios generen imágenes hiperrealistas de personajes como Elsa, Iron Man o los Minions con solo escribir un prompt.

Fundada en 2021 por David Holz, Midjourney opera con apenas 11 empleados a tiempo completo, pero ya genera ingresos millonarios y tiene una base de más de 21 millones de usuarios. Según los estudios, esta tecnología se entrena con material extraído de internet —incluyendo bibliotecas completas de películas, imágenes y personajes— sin ninguna autorización. Aunque Midjourney ha dicho antes que sería imposible pedir permiso por cada imagen usada en su sistema, para Disney y Universal ese argumento no basta. Exigen que el modelo se detenga y que se compense económicamente el uso indebido de su propiedad intelectual.

No es la primera, pero sí la más fuerte
En 2024, un grupo de artistas visuales también demandó a Midjourney y a otras empresas de IA, alegando que sus obras habían sido utilizadas para entrenar estos sistemas sin consentimiento. Casos similares han sido impulsados por editoriales, agencias de noticias y bancos de imágenes. Pero la llegada de los grandes estudios al ring legal marca un nuevo momento: la batalla por el uso ético de la IA ya no es solo un reclamo de artistas independientes, sino una guerra entre titanes.
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Disney y Universal no están cuestionando solo la legalidad de los datos con los que se entrenan estas herramientas, sino su modelo de negocio entero. Y lo que está en juego es el futuro de cómo se crea —y se consume— el contenido cultural.
¿La IA es el problema… o solo el síntoma?
El caso ha puesto sobre la mesa una pregunta más profunda: ¿de verdad creemos que la piratería se puede erradicar? O más aún: ¿tenemos alguna posibilidad real de frenar la IA generativa sin replantearnos toda nuestra relación con la tecnología?

Porque sí, Midjourney usó imágenes sin permiso. Pero también lo hace quien edita un fanvideo con escenas de películas, quien sube un fragmento de una serie sin licencia, quien comparte en redes un audio con voces generadas. La frontera entre homenaje, remix, robo y “uso justo” es cada vez más borrosa.
Y no es solo una cuestión de legalidad, sino de normalización. Hemos aprendido a convivir con la piratería digital porque durante años fue vista como la única forma de acceso. Ahora la IA se vuelve parte del mismo ecosistema: alimenta, transforma y replica contenido sin permiso, pero con eficiencia, velocidad y —sobre todo— aceptación cultural.

Entonces, ¿la IA está pirateando o solo automatizando lo que muchos ya hacen a mano?
El corazón del debate: ¿prohibir o regular?
El Congreso de Estados Unidos ya está discutiendo legislación para regular el uso de IA, y este caso podría marcar un precedente importante. Pero la pregunta clave sigue en el aire: ¿tiene sentido prohibir el uso de obras protegidas si ya están disponibles en internet? ¿Es viable exigir consentimiento cuando el volumen de datos es tan grande que ningún sistema puede administrarlo manualmente?
¿Es más útil castigar retroactivamente a empresas como Midjourney o desarrollar marcos legales que reconozcan nuevos modelos de licencia?

Disney, por ejemplo, argumenta que no se puede permitir que una IA se lucre con obras que le tomaron décadas construir, sin aportar nada al proceso creativo original. Pero Midjourney, por su parte, afirma que su IA solo “aprende” como lo haría un humano viendo muchas películas: no copia, transforma.
Y ese argumento, aunque suene cuestionable, ha sido validado en otros sectores. Algunos tribunales ya han aceptado que el “entrenamiento” con contenido disponible en línea puede encajar en la doctrina del “fair use” si se transforma lo suficiente. Así que el dilema no es solo legal: es ético, cultural y urgente.
¿Qué está en juego?
Este no es solo un pleito corporativo. Es una advertencia sobre cómo la tecnología está modificando las reglas del juego sin que tengamos claro quién debe escribir las nuevas. Si los tribunales fallan a favor de Midjourney, otras empresas podrían sentirse legitimadas para entrenar sus modelos con cualquier tipo de contenido. Si fallan a favor de los estudios, podríamos ver una oleada de demandas que pongan en jaque a todo el ecosistema de IA creativa.
Y mientras eso pasa, millones de personas siguen usando estos sistemas sin cuestionar qué alimenta sus resultados. Tal vez sea momento de dejar de ver la IA como magia y empezar a entenderla como una maquinaria poderosa, que necesita límites, regulación y sobre todo, responsabilidad.
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