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Home Historia

Marruecos les cerró el paso a pedradas al intentar volver

Irinea Funes by Irinea Funes
agosto 4, 2026
in Historia
Marruecos les cerró el paso a pedradas al intentar volver

Cruzar el estrecho de Gibraltar sin papeles ya es, de por sí, uno de los actos de desesperación más extremos que puede cometer una persona. Hacerlo para terminar durmiendo en la calle, sin red, sin destino claro, y luego intentar volver a casa solo para encontrar a tu propio ejército bloqueándote el paso a pedradas: esa es la imagen que resume la crisis migratoria más grave que han vivido España y Marruecos en años recientes.

Lo que pasó en Ceuta en pocos días

En cuestión de días, alrededor de 60,000 personas llegaron al enclave español de Ceuta, un territorio que geográficamente pertenece a Europa pero que comparte frontera terrestre directa con el norte de África. La mayoría cruzó por el mar o directamente por la valla, en lo que las autoridades españolas describieron como una llegada masiva sin precedentes recientes. Entre quienes cruzaron había adultos, jóvenes y menores no acompañados.

Pero el enclave no tenía capacidad para absorber esa cantidad de personas. Sin albergues suficientes, sin comida garantizada y sin una perspectiva real de regularización inmediata, decenas de miles decidieron regresar. Se calcula que cerca de 37,500 personas dieron la vuelta y caminaron de regreso hacia el paso fronterizo de Castillejos, también conocido como Fnideq, del lado marroquí.

Lo que encontraron al llegar no fue una frontera abierta ni una recepción humanitaria. Encontraron vehículos calcinados, escombros bloqueando las carreteras y, según videos que circularon ampliamente, elementos de las Fuerzas Armadas Reales de Marruecos lanzándoles piedras para impedir su entrada al país.

El doble abandono: ni Europa los quiere ni su país los recibe

Hay algo particularmente brutal en esta imagen que va más allá del drama migratorio convencional. La narrativa habitual sobre la migración irregular coloca al migrante frente a una sola frontera hostil: la del país al que intenta llegar. Lo que esta crisis expone es un doble abandono institucional: el país de destino que no puede o no quiere integrar, y el país de origen que castiga el regreso.

Para quienes cruzaron y decidieron volver, el acto de regresar debería haber sido, en teoría, el más seguro de todos. No estaban pidiendo asilo en ningún lugar. No estaban violando ninguna ley al querer entrar a su propio país. Y sin embargo, fueron recibidos con la misma hostilidad que enfrentaron al cruzar.

Esto no es un accidente. Es el resultado de una política deliberada. Marruecos ha utilizado históricamente el flujo migratorio como instrumento de presión diplomática frente a España y la Unión Europea, abriendo o cerrando el grifo según el estado de las relaciones bilaterales. Que sus propios ciudadanos queden atrapados en ese juego geopolítico dice mucho sobre cómo los estados tratan a las personas más vulnerables cuando las necesidades diplomáticas están en juego.

Los cuerpos en el mar y la crisis que no termina

Detrás de los números hay otra dimensión que no puede quedar sepultada en la estadística: al menos 43 cuerpos fueron recuperados del mar durante esta crisis. Personas que no llegaron. Que intentaron el cruce y no sobrevivieron para ver ni Ceuta ni Castillejos.

El Mediterráneo occidental y el estrecho de Gibraltar llevan décadas siendo una de las rutas migratorias más letales del mundo. Cada crisis de este tipo reactiva el debate sobre si las políticas de externalización de fronteras —es decir, pagar a países terceros para que contengan la migración antes de que llegue a Europa— son efectivas o simplemente desplazan el peligro y la muerte a otro punto del mapa.

Lo que esta crisis deja ver con claridad es que ninguna de las dos orillas está respondiendo con humanidad. España activó su respuesta institucional y devolvió a miles de personas, incluidos menores, en operaciones que fueron cuestionadas por organizaciones de derechos humanos. Marruecos, por su parte, bloqueó físicamente el regreso de sus propios nacionales.

Una imagen que no se olvida fácilmente

Hay momentos en las crisis humanitarias que se vuelven símbolo. La imagen de soldados lanzando piedras a personas que solo quieren entrar a su propio país tiene ese peso. No porque sea única en la historia —los estados han reprimido a sus propios migrantes retornados en contextos muy distintos— sino porque ocurre en 2025, con cámaras, con videos, con testigos, y aun así el mecanismo diplomático sigue girando como si nada.

La pregunta que queda abierta no es técnica ni migratoria. Es más simple y más difícil al mismo tiempo: ¿en qué momento una persona deja de tener un país que la reconozca como suya? Y si la respuesta es «cuando le conviene a la diplomacia», entonces el problema es mucho más profundo que cualquier crisis de frontera.

Tags: España

Irinea Funes

Irinea Funes

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