La vida está llena de crisis, etapas en las que se pierde completamente el sentido del mañana, los planes a futuro o el significado de la vida tal vez. La primera gran crisis llega con la adolescencia, momento en el que se deja la infancia y la inocencia que se tenía con ella. Sin embargo, no hay suficientes responsabilidades como para ser considerado adulto, pero la mente empieza a madurar y cuestionar los límites que le fueron impuestos.
Hay preguntas para todo, respuestas en tono desafiante y una sensación de no pertenencia. Se quiere conquistar el mundo pero hay una gran incertidumbre que lo impide.

La parte estereotípica de la adolescencia es de exploración, autodescubrimiento pero lo más cercano a la realidad se trata de una etapa incómoda. A veces la definen como momentos de espera, espera entre clases, espera para una fiesta, espera para poder tomar alcohol en un bar, espera de una relación amorosa.

Cada generación de adolescentes se ha rebelado de diferente manera.
Parece que Petra Collins con su serie llamada “The Teenage Gaze”, capta a través del lente situaciones cotidianas y que emanan la condición de ser adolescente. Muestra que la rebelión de esta generación es un poco la apatía.
Están saturados de información, la tecnología los ha esclavizado y ha cambiado completamente el modo de relacionarse con la sociedad. Tal vez no sea apatía, tal vez su revolución se lleva a cabo a través de Internet.
Su idea se gestó cuando ella misma empezó a tomarse fotos, pero con el paso del tiempo se alejó del reflector y decidió captar la imagen de alguien más.
La gran facilidad que tiene Collins para capturar estos momentos y atrapar la esencia se debe a que ella pasó por esta etapa no hace mucho. La nativa de Canadá nació en 1992 y con la mirada fresca puede hacer estas fotografías.
Los diferentes escenarios que escoge la fotógrafa son donde se desarrolla mejor la vida adolescente: en la cama del cuarto, el baño, las fiestas, la escuela, hay fotos individuales y grupales.
Ella habla del baño como espacio de reflexión, de autodescubrimiento y de individualidad. Por esto se vuelve un lugar recurrente en su serie.

Cuando se trata de imágenes individuales retrata casi in fraganti a su sujeto, para captar la naturaleza de sus pensamientos y lo que transmite con su lenguaje corporal. Hay escenas tan íntimas que adentran al espectador al hábitat adolescente, como un explorador que descubre una cultura nueva e intrigante –a pesar de que la mayoría ya hayamos pasado por ese momento-.

La fotógrafa describe algunas de sus fotos como oscuras, las recrea en un espacio de confusión y angustia para demostrar una actitud frente la vida en un momento específico de la vida. La narrativa es escasa, a menos que se trate de las fotos grupales. Son personajes a los que espía en su modo más natural.

Las imágenes generan un choque porque en muy pocas fotos el sujeto mira al espectador, esto crea una distancia entre el que mira y el observado; no somos bienvenidos en ese mundo, podemos verlo pero no adentrarnos en él.
A pesar de ser una fase por la que todos pasamos, parece que una vez terminada nos olvidamos de cómo la vivimos. Esta serie fotográfica es un buen recordatorio de las vivencias de adolescente, las emociones y sentimientos que conlleva, los roles al socializar, el conocimiento propio; todo lo que forja el carácter para el futuro.

