10 pinturas con las que te sentirás más solo que nunca

10 pinturas con las que te sentirás más solo que nunca

Por: Alejandro I. López -

El miedo del hombre a la soledad se encuentra instalado en lo más profundo de sus instintos primarios. Estas obras reviven el terror constante de lo vacío.

Este artículo fue publicado originalmente por Alejandro I. López en 15 de septiembre de 2016 y ha sido actualizado y aumentado por Cultura Colectiva. 

El miedo del hombre a la soledad se encuentra instalado en lo más profundo de sus instintos primarios. La colectividad funciona como un excelente retrato de lo humano y lo social, en contraposición con lo solitario. En el siglo XX, la humanidad asistió a un periodo que inauguró formas impensadas de desolación. El avance tecnológico revolucionó las armas del primer conflicto a gran escala, la guerra mundial que estalló en 1914. La violencia recrudeció gracias al progreso técnico y los métodos de batalla superaron las proporciones humanas, tanto para hacer daño como para resistir ataques enemigos. 

El fantasma de la muerte recorrió Europa ante un escenario de devastación sin precedentes. Más de 20 millones de personas perdieron la vida en la Gran Guerra y la ansiada paz se convirtió en un estado pasivo e inerte de soledad y decadencia. La Gran Depresión ahondó aun más en los males del mundo y dos décadas después, la Segunda Guerra Mundial significó la concreción del escenario más desolador para todos quienes crecieron en el siglo XX.

¿Cuáles son las obras que ahondan en la soledad, la desesperanza, la desolación y el miedo más humano? Descúbrelo a través de estas pinturas:

Caspar David Friedrich, El caminante sobre el mar de nubes, 1818

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La soledad que pasa por la contemplación puede ser tan devastadora como recreativa. En el caso de la obra más conocida de Friedrich, el caminante que se encuentra a la orilla de un risco en una postura desafiante, dominando el paisaje que se pierde entre accidentes que marcan el horizonte, es parte del romanticismo que busca en la naturaleza y su reflejo en la conciencia, la proyección de los sentimientos del ser humano.

Edward Hopper, Autómata, 1927

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El artista estadounidense dedicó su vida a la pintura de escenas clásicas del modo de vida norteamericano, enfocado en los espacios de soledad y vacío que se configuran en multitudinarias urbes de asfalto y acero. Una mujer en un local bebe su taza de café con la mirada perdida. La oscuridad de la noche no permite ver a través de los vidrios y la artificialidad del sitio contrasta con el frutero que funciona como punto de fuga. Más que un espacio físico, la soledad se traslada a un estado mental que puede permanecer aún en compañía.

Marc Chagall, Soledad, 1933

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El mismo año en que el Partido Nacionalsocialista ascendió al poder, Chagall plasmó una obra desoladora por donde se vea: el hombre, que yace sentado en el suelo con un pergamino doblado (presumiblemente la Tora), mira hacia la nada sin voluntad, con el terrible peso de su existencia sobre sus hombros y los problemas que ésta acarrea. Una vaca y un violín acompañan la imagen que para entonces ya ha perdido la inocencia. El cielo se cubre poco a poco de nubes de tormenta y un ángel busca salida entre el caos que está por venir. 

Pablo Picasso, El guitarrista ciego, 1903

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La muerte de su colega y amigo Carlos Casagema, marcó al pintor malagueño a inicios del siglo XX, donde se volcó en la monocromática azul con tonos nostálgicos y halos de melancolía. Un viejo en la calle toca la guitarra, su única compañera ante la profunda soledad que también significa pérdida, representada por la ausencia de la vista: el hombre está ciego.  

Vincent van Gogh, Autorretrato con la oreja cortada, 1889

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El invierno en que Gauguin y van Gogh marcharon a Arles en busca de la campiña francesa como inspiración para su obra pictórica, marcó de por vida el carácter funesto de la obra del holandés. Después de la disputa y todos los mitos que rodean la pérdida del lóbulo izquierdo de su oreja, el artista volvió a París y en soledad pintó esta obra fría, expresada en el humo de la pipa, su gabardina y gorro. Además, el temple de su mirada muestra a un hombre acostumbrado a la vida solitaria y los reveses del amor.

Edgar Degas, Bebedores de absenta, 1876

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Dos figuras tristes, con el rostro desencajado y un ambiente decadente que se percibe en cada rincón del Café de la Nouvelle Athenes enmarcan la escena que Degas pintó en contraposición con la bohemia de París. El cuadro parte del centro hacia la derecha, mientras el vacío del lado opuesto desequilibra a los personajes que embriagados, con la mirada perdida, son la cara más visible de la división social y la soledad.

Georg Schrimpf, Martha, 1927

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La mujer de esta obra se encuentra en un interior oscuro, sentada frente a un escritorio donde lee una carta que, a primera vista, está vacía. Al mismo tiempo, el paisaje rural que asoma por la ventana da cuenta de una espera tan larga como ansiosa, que puede no concretarse y la hace buscar en cualquier sitio un resquicio de esperanza de la vuelta de la persona deseada, aunque el tiempo pase inexorable y la posibilidad se diluya a cada momento.

Constance Marie Charpentier, Melancolía, 1801 

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A veces confundida con las obras de su maestro y olvidada por la historia del arte, Charpentier fue una de las pintoras más hábiles de su época, ella solía retratar a niños y mujeres, así como esta obra en el que la mujer sentada sobre el pasto y en una postura encorvada evoca el sentimiento que intitula la obra. 

Leonardo Da Vinci, San Jerónimo, 1480 

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El gran maestro del arte renacentista también tiene una mención honorífica con el cuadro de San Jerónimo, el santo penitente que se encuentra al centro del cuadro en una postura que exuda dramatismo y que contrasta con el fondo oscuro de las piedras a su espalda. Esta escena corresponde al momento en el que este santo marchó hacia el desierto para vivir la vida en total soledad; una tarea que encontró que le era prácticamente imposible. 

Salvador Dalí, Muchacha en la ventana, 1925

muchacha en la ventana daliEl surrealista español plasmó a esta mujer –su hermana, Ana María– recargada sobre una ventana mirando al horizonte. Así como ocurre con El caminante… de Friedrich, la composición de la obra transmite la sensación de la soledad de alguien que en añoranza o espera mira a través de su ventana al mundo exterior. 

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Referencias: