Un artista vive tanto y cuanto puede según su antojo creador. Casi como si fuera una perfecta maldición, la producción de algunos autores se ciñe a su estilo de vida que, evidentemente, no es una situación pasiva; todo lo contrario, el artista vive y crea con intensidad para que el paso del tiempo le haga por lo menos un poco de justicia y lo sitúe en una posición más o menos agraciada dentro de un panteón conformado por genios de distintas disciplinas.


En ese sentido, la obra de muchos artistas —si no es que de todos— se presenta ante la mirada de críticos y espectadores como una especie de bitácora de vida, en donde una mirada minuciosa de estas pinturas devela todo lo que el artista experimentó en el momento de su creación. Salvador Dalí, Pablo Picasso y Francisco de Goya son ejemplos de lo que la sensibilidad exaltada por un contexto determinado puede hacer por el arte; en particular, los dos últimos no dudaron en hacer alegorías hacia las consecuencias de la Guerra Civil Española y los horrores provocados por la Guerra de Independencia respectivamente.


Por otro lado, Dalí experimentó con su propia sensibilidad; retrató las imágenes de sus pensamientos, conduciendo a su obra hacia una expresión pictórica de lo onírico, reforzado con símbolos la muleta con la que el pintor retrata ese apego hacia la realidad de la que ni siquiera en sus sueños puede librarse. En México estas obras también han hecho acto de presencia, para ser específicos, en el trabajo de Wolfgang Paalen.

«Habitada por los contrarios —y, al fin, desgarrada por ellos—, la pintura de Paalen es una sucesión de batallas espirituales».
— Octavio Paz

La atracción que el pintor mostró también hacia la poesía hizo que Paalen pintase metáforas, no sólo de su propio sentir sino de una sensibilidad colectiva, misma que define al hombre como un conjunto de galaxias condensadas en un cuerpo que va en diferentes direcciones. Errantes tratando de recopilar la información necesaria que les conduzca hacia una comprensión global del ser humano, misma que Octavio Paz creyó imposible de concebir tomando como referencia un solo punto.


Según el premio Nobel de Literatura, la obra de Paalen se divide en diferentes facetas, cada una perteneciente a un momento muy específico de su vida. La observación de este trabajo, según la mirada paziana debe llevarse paso a paso hasta llegar a la etapa final de la vida y obra de Paalen, a la que el escritor se refiere como “tempestad florida”.

«Última fase: tempestad florida. Salida del Sol antes el eclipse definitivo».
— Octavio Paz

Paleen encerró en sus pinturas a todos sus fantasmas, mismos a los que tenía que enfrentarse cada que se paraba frente a un lienzo en blanco, éste se convertía, tras una serie de pinceladas, en la más hermosa de las pesadillas. En efecto, una tempestad que llevaba consigo la belleza, misma que en 1959 lo condujo al suicidio como última expresión de intensidad y es que, visto desde un punto estético, si su existencia había estado llena de contrastes era justo esperar que su muerte no fuese la excepción; un proceso alejado de la pasividad que implica la muerte natural de una mente que vivió y sintió a tope.

