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Max y Leonora: dos surrealistas, un amor de manicomio

Arte Max y Leonora: dos surrealistas, un amor de manicomio


¿En qué momento se puede estar al borde de ese territorio desierto que llaman locura? 
Bruja, pintora y escritora, mujer rebelde y surrealista por vocación, Leonora Carrington se enamoró de Max Ernst por una pasión común: la pintura. El surrealismo, además de una corriente, fue una forma de vida, una visión del mundo en la que se funde fantasía y realidad en límites difusos. Max Ernst y Leonora Carrington se amaron en ese encuentro y fueron no sólo amantes, sino víctimas de un mundo que a mitad del siglo XX se vio empujado a un mundo violento, bajo ese régimen del terror que fue el fascismo.

Max Ernst, representante del surrealismo, de quien Leonora Carrington se enamoró locamente, marcó una etapa de la vida de la pintora que es hasta hoy poco conocida: su encierro en un manicomio. La captura del pintor y su aprisionamiento en un campo de concentración en Les Milles, Francia, durante el ascenso del fascismo, situación que llevó a un gran shock emocional a Leonora que, conjugado con su sensibilidad política, desencadenó en su encierro. Era la segunda vez que se lo llevaban, pero esta vez ella percibía una amenaza más grande no sólo en su persona y en Max, sino en Europa, no se equivocaba. Dice al respecto Elena Poniatowska que “Si la tacharon de loca era porque fue una clarividente y se dio cuenta del peligro antes que nadie”.

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Poco se habla de esta faceta de la vida de Leonora que marcó su vida e involucró una postura de denuncia hacia el fascismo y acciones en solidaridad a los judíos. Fue una luchadora en contra de la injusticia, y puso de por medio su propia vida e incluso su salud mental. Cuando observó el avance de los nazis en Polonia, Bélgica y Francia, entró en desesperación y no pudo contenerse de manifestarse. 

No sólo pidió una cita con Franco para advertirle que no debía aliarse con Hitler, sino que salió a las calles a repartir volantes y a denunciar a Hitler, junto con Mussolini y Franco; preocupada por la situación de Max y de miles de judíos detenidos en los campos de concentración y exterminio. Ella anticipó esta lucha en la cual Europa se desangraba aplastada por la maquinaria fascista, y también, su propia vida que se veía desgarrada.

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Leonora conectó ese mundo exterior de amenaza y guerra, inmersa en el shock que le provocó un desequilibrio emocional, se encuentró desorientada y comenzó a buscar desesperadamente cómo rescatar a Max y frenar la inminente guerra. Acudió a sus ideas místicas, mezclando sus percepciones y mundo interior con el mundo violento al que se enfrentaba, motivo por que fue acusada de locura. Ese estado que constituye una experiencia indecible para quienes lo han vivido e indescifrable para quienes no han estado en ese territorio, que sólo podrán entender quienes como ella hayan atravesado por aquellos mares de la fantasía y sueño.

Sus padres, bajo el rumor de su situación, la encerraron en un manicomio en Santander, donde sufrió las peores vejaciones: violencia, medicación excesiva, golpes. Su crimen había sido oponerse al fascismo y su preocupación por terminar con la guerra; previo a la ocupación nazi ya era parte del Kunstler Bund, movimiento subterráneo de intelectuales antifascistas, lo cual les había ganado a ella y a Max la vigilancia del régimen.

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Leonora usó la escritura para relatar ese pasaje por el mundo de la locura, relató su encierro en un escrito: “Memorias de abajo”. Escrito durante cinco días y producto de su colapso nervioso, fruto del mundo hostil al que se vio enfrentada. ¿Qué mundos visitó Leonora en ese lapso en que se le acusó de loca? ¿Qué vio en esa crisis que la arrastró a ver dioses y demonios, al descender al mundo de la alucinación del que pocos regresan? ”Memorias de abajo” es un diario de un viaje al inframundo: la difusa frontera que separa fantasía de realidad.

Leonora habló para conservar la lucidez y mientras se debatía entre un mundo exterior de guerra y otro interior de soledad, el mundo real parece desdibujarse y su situación nerviosa es cada vez más grave. En sueños cree haber encontrado la fórmula para frenar el avance del fascismo, su angustia creció y se reflejó en su propio cuerpo la miseria de la guerra.  

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Su psiquiatra le pidió que dibujara su viaje por el mundo de la locura, ella no pudo; sin embargo, escribió, sus memorias. Infestada de somníferos y tranquilizantes, apenas logró estar consciente para escribir, pero lo logró y relató la violencia con la que fue tratada:

“En Covadonga, me arrancaron brutalmente las ropas y me ataron con correas, desnuda, a la cama. […] No sé cuánto tiempo permanecí atada y desnuda. Yací varios días y noches sobre mis propios excrementos, orina y sudor, torturada por los mosquitos, cuyas picaduras me pusieron un cuerpo horrible: creí que eran los espíritus de todos los españoles aplastados, que me echaban en cara mi internamiento, mi falta de inteligencia y mi sumisión”.

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Asolada por la culpa y la desesperación por no poder salvar su propia situación personal y la de España, alucinó y deliró inducida por el Cardiazol, medicina que le provocó un acelere mental. Sus deseos de huir crecieron, pero su voluntad fue violentada por el encierro, pese a todo dijo: “Estoy creciendo. Estoy creciendo… y tengo miedo; porque nada escapará a la destrucción”.

 El surrealismo de Leonora es ese mundo de los sueños que ella transitó, a ratos lugares mágicos, pero también reflejo del tormento por el que se movió. 

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Leonora estaba en el pabellón de los locos peligrosos, sin embargo quería ser trasladada al pabellón de “Abajo” donde hallaba menos restricciones e identificaba con su retorno al mundo real.

En su búsqueda por resolver la situación de la liberación de Max, se había condenado al encierro ella misma. Su culpa y desesperación por solucionar los problemas del mundo violento que la consumía, amenazaba con aniquilarla o dejarla vagando en el limbo: “Pensé que era mi reino; que su tierra roja era la sangre seca de la Guerra Civil. Me asfixiaban los muertos, su densa presencia en ese paisaje lacerado”.

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México: la patria que adoptó

Su mejor apuesta fue irse a España, posteriormente, casada con Renato Leduc y gracias a los vínculos con otros surrealistas, partieron hacia México en 1942 junto con la oleada de refugiados españoles.

Gran amiga de Buñuel y Remedios Varo, en México encontró refugio para seguir pintando y escribiendo. No sólo pintó, escribió: “El séptimo caballo”, “La dama oval”, “La trompetilla acústica”, “La casa del miedo”. Su estancia en México fue silenciosa, vivía para pintar y escribir, en un recogimiento solitario y voluntario.

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Sus pinturas reflejan mundos en los que ella habitó y son proyecciones oníricas. En sus relatos y pinturas retomó representaciones simbólicas de seres que conjugan tradiciones diversas, como la celta, o incluso las historias de la magia mexicana: los chaneques, así como los mitos e historias indígenas. Desde niña amaba a los animales, su forma de huir del mundo era encerrarse en el zoológico después del colegio y entablar un diálogo silencioso con ellos. Ahí comenzó un recorrido por un mundo interior de sueños y magia. 

Su bestiario proyecta una imaginación desenfrenada, un espíritu rebelde contra los cánones sociales. En sus autorretratos se pinta con una actitud fuerte, dominante y casi masculina; muestra de ello es la pintura “La posada del caballo del alba”, donde la artista se muestra en un autorretrato con actitud desafiante señalando a una hiena, sobre su cabeza flota un caballo de juguete y, a su vez, a través de la ventana un caballo galopa libre, todas son la representación de ella misma en sus aspiraciones y formas.

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El territorio psíquico incluye a los caballos, estos animales fuertes y míticos en los que la personalidad de la artista se ve reflejada; a la par de retratar en diversas formas a Ernst, a veces con formas de animal. Otro elemento de relevancia es el huevo, símbolo del renacer que tanto buscó en su propia vida, es lo femenino, lo germinal, el centro del universo; una de sus constantes dentro de ese mundo de duendes, brujas y seres mitológicos. 

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En Leonora lo real y lo onírico se confunden, no como artimaña estética, sino como expresión de un mundo interno en el que siempre se debatió su vida. Fundó un universo mágico y místico que nos legó como un territorio para habitar, junto con su empeño por una búsqueda que casi la hundió en el mundo de la locura: salvar al mundo de la violencia y el fascismo.



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