Miles y miles de libros existen acerca de educación sexual y aunque muchos padres o grupos sociales lo tomen como un acto ofensivo, la realidad es que un niño no aprende lo que significa el sexo hasta que tiene edad para practicarlo y conoce cada una de las sensaciones que se involucran en el acto; desde hacerlo por amor hasta llevarlo a cabo por lujuria, jugar con la seducción e incluso, lamentablemente, hacerlo con violencia y contra la voluntad de otra persona.
Es innegable que el último aspecto llega a ser un cáncer social en México. De acuerdo con la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), el país ocupa el primer lugar –a nivel mundial– en abuso sexual, violencia física y homicidio en menores de 14 años. Es una cifra que refleja una cuestión primordial: nuestro país está rezagado en cuanto a educación sexual y los dibujos en los libros no reflejan el éxito que debe tener un niño a la hora de meterse a un universo sexual, sobre todo cuando en éste existen comunidades que son atacadas por la sociedad: los homosexuales, bisexuales, transexuales, transgénero, entre otros.
Estos problemas no son de ahora ni mucho menos una moda pasajera, se suscitan en México y en muchas partes del mundo, incluso en Estados Unidos. De hecho, la película “Dream Boy” o “El soñador” ilustra un contexto donde la infancia de un chico se ve perjudicada por los constantes roces y problemas con su padre, quien lo ha traumatizado al grado de que éste se sienta en un mundo distante y que está en su contra.

La película dirigida por James Bolton es un reflejo de la sociedad americana, la parte sureña. Recordemos que Estados Unidos no es exactamente el primer mundo en todos sus territorios, en muchos estados se puede ver un serio retraso de ideas y dogmas, zonas dominadas por la Iglesia protestante. Allá donde se decían era “el viejo oeste”. La Unión Americana tiene dos mundos, uno donde existen las grandes ciudades, es cosmopolita y el sueño de muchos y otro que está regido por un modelo económico rural, de campo –ganadería y agricultura–.
Bajo este escenario tiene que transitar Nathaniel –interpretado por Stephan Bender–. Se muda al pueblo de San Francisville en Louisiana con sus padres y muy pronto conoce a Roy –Maximilian Roeg–. Éste le presenta un mundo distinto al que está acostumbrado, pues él rara vez sale de su casa y de repente este nuevo compañero hace que se involucre con nuevas personas; sale a nadar, pasea, conoce historias del pueblo y se rodea de algo que siempre ha necesitado: amor.

Queda muy claro desde un inicio que las intenciones de Nathaniel tienen tintes seductores, aunque por la naturaleza de éste, la relación entre ellos comienza con un coqueteo infantil y hasta cierto punto temeroso y tímido, con miradas de amor y sentimientos confusos. La primera escena constata lo anterior: Nathaniel toma el autobús de la escuela y de alguna manera queda hipnotizado con el retrovisor del conductor, embaucado con la simpleza de una mirada suave y encantadora; Roy conduce y responde a las miradas de Nathaniel, juntos sonríen, como si ya supieran que en el futuro sus almas se encontrarán.
Conforme va avanzando el filme –que por cierto lleva un ritmo lento pero para nada aburrido– se van descubriendo los secretos que cada uno guarda. Por un lado, el protagonista proviene de una familia disfuncional, sus padres están al borde de la separación porque Harland –el papá de Nathaniel– irradia problemas, no controla su ira y pretende tener a su familia encerrada saliendo sólo para ir a la Iglesia y de regreso.
Todo se descontrola cuando Nathaniel decide ir a nadar con Roy y sus amigos. A su vuelta un enfurecido Harland lo interroga y le pregunta si se ha divertido, Nathaniel responde cubriéndose con una sábana hasta el cuello, los ojos bien cerrados e intentando ocultar que tiembla de miedo y pánico. A este grado del filme se pueden hacer dos teorías: su papá es un demente obsesivo que le gusta jugar con las emociones de su hijo o en el pasado ocurrió algo que pudiese causar el terror psicológico por el que atraviesa su hijo. Un escenario seguro es que de alguna u otra manera Nathaniel no ha podido desenvolver su identidad homosexual como él ansía y quiere.
Más allá del amor y el romance entre dos personas homosexuales, el trasfondo de la historia son los dogmas y contradicciones de la sociedad norteamericana hundida en la línea divisoria entre lo que ve el mundo –escenarios cosmopolitas, Hollywood y estrellas– y lo que acontece en los pueblos sureños –la presencia de la Iglesia y las historias humanas–.

El universo de “El soñador” es un juego entre la aceptación gay, el orgullo de serlo y el abuso sexual como delito secreto, tirado y encerrado en cifras como las de México. Desde Estados Unidos para nuestro país, la película de James Bolton nos enseña a amar y racionalizar los sentimientos de alguien que sólo busca aceptación y el amor incondicional de su amado. Una película más para entender el verdadero orgullo gay o aquellas películas que demuestran la frialdad y crudeza del ser humano.
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