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CINE

Macario: La película de López Tarso que es un clásico de Día de Muertos

La cinta dirigida por Roberto Gavaldón es la prueba de que el realismo mágico mexicano puede ser universal.

Hay muchas razones para amar ‘Macario’ de Roberto Gavaldón. La entrañable historia, su excelsa fotografía, las soberbias actuaciones de Ignacio López Tarso, Pina Pellicer y Enrique Lucero, además de la considerable cantidad de elogios y galardones que ha recibido desde su estreno en 1960. Fue la primera película mexicana en ser nominada a Mejor Película Extranjera en los Premios Óscar. No obstante, el punto más importante de todos es que ‘Macario’ ayudó a crear la idea de un México estrechamente relacionado con la muerte, en una época en la que el mundo estaba enfocado en modernizarse a como diera lugar.

Si eres mexicano o te interesa la cultura mexicana, habrás visto alguna vez (sobre todo en fechas cercanas al 1 y 2 de noviembre, fechas en las que celebramos a nuestros muertos) ‘Macario’. Cuenta la historia de un hombre indígena humilde y pobre llamado Macario (Ignacio López Tarso), quien vende leña para mantener a su esposa e hijos y que sueña con un día poder comer un banquete entero él solo. Su deseo se ve concedido por su esposa (Pina Pellicer), quien consigue un guajolote entero para cocinarlo y regalárselo en secreto. De esa manera podrá comerlo en solitario, en el monte, lejos de sus hijos que siempre tienen hambre.

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En su camino rumbo al banquete personal encuentra a tres personajes: Dios, el Diablo y la Muerte. A los dos primeros les niega bocado, pero a la Muerte le convida por ser pareja con todos. En recompensa, la Muerte le regala un elixir con el que podrá curar a los enfermos (bajo ciertas reglas) y, a partir de este punto, contemplamos la fortuna, el ascenso y caída del nuevo “gran doctor”, Macario.

Macario está basado en el cuento homónimo de B. Traven, que a su vez es una adaptación de ‘La muerte madrina’ de los Hermanos Grimm. A pesar de que la historia de Traven ocurre en la Nueva España del siglo XVIII, la verdadera mexicanización del Ahijado de la Muerte ocurre de la mano de Emilio Carballido y Roberto Gavaldón, guionistas de la película.

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En la novela, B. Traven imagina a la muerte como un personaje proveniente de la alta sociedad, vestido de telas finas; mientras que en la versión cinematográfica La Muerte (Enrique Lucero) es un campesino, igual a Macario, famélico de humilde. Cuando la película fue presentada en el Festival de Cannes ninguno de los espectadores entendió a los personajes del Diablo y la Muerte, pues no estaban relacionados con las leyendas del Charro Negro y, evidentemente, estaban esperando que la muerte fuera un esqueleto con una hoz en la mano. Se dicen que cuando se les explicó la relación de estos personajes, los espectadores quedaron, ahora sí, maravillados.

En la novela también se hace una leve referencia al Día de Muertos; pero en la película se sitúa la historia en esa época. Aunque la ambientación y la fotografía ayudan a que la pelicula se sienta como un eterno Día de Muertos, es en el diálogo del vendedor de velas con Macario en donde mejor se puede entender el pensamiento mexicano con respecto a dejar de estar vivos.

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“Hay que tener más consideraciones con los muertos, porque pasamos mucho más tiempo muertos que vivos. Total, en esta vida todos nacemos para morirnos y, ¿qué ganamos aquí? Algunos gustos y a veces ni eso. Mucho trabajo. Muchas penas. Cuando nacemos ya traemos escondida la muerte en el hígado o en el estómago o acá, en el corazón que algún día va a pararse. También puede estar fuera, sentada en algún árbol que todavía no crece pero que te va a caer encima cuando seas viejo”.

‘Macario’ fue nominada a mejor película extranjera en la 33 entrega de los Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos. Compitió junto a La Vérité (Francia), Kapò (Italia), Deveti krug (Yugoslavia) y Jungfrukällan (El manantial de la doncella) de Ingmar Bergman, que al final se llevó el Oscar a Suecia.

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Compitió en el Festival de Cannes por la Palma de Oro y el inmortal Gabriel Figueroa ganó el premio a Mejor Fotografía. El impecable trabajo de Figueroa le concedió a Macario ser laureada en Valladolid, Boston, India, Italia, Vancouver y Edimburgo. El fotógrafo también fue el responsable de que Ignacio López Tarso fuera Macario. El director de fotografía fue a visitar al joven actor a su camerino en el teatro donde interpretaba Cyrano de Bergerac para proponerle el papel.

En una entrevista de 2020, así recordó López Tarso la forma en la que obtuvo el papel:

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“Fue de carambola, porque la película era para Pedro Armendáriz, ya se preparaban para filmar la película cuando a Pedro le llegó un contrato formidable para hacer una película en Italia. Con un gran director, no recuerdo quién, con un repartazo, con dos o tres grandes actrices italianas, un sueldazo y Pedro se fue. Entonces Gabriel Figueroa un día me dijo ‘¿Qué te parece que aprovechemos la oportunidad para ti? ¿Te sientes capaz de hacer ‘Macario? Y dije ‘Sí, ¡cómo no! ¡cómo no! Yo conozco la historia, el personaje y lo haré encantando de la vida, entonces me llevó, hablamos con el licenciado Orive Alva, nos pusimos de acuerdo y me quedé con la película”.

Roberto Gavaldón, a quien apodaban “El Ogro” por su carácter, quería que las escenas se sintieran lo más reales posibles en la pantalla, así que sometió a sus actores a intensas pruebas durante el rodaje desde el primer momento, como cuando hizo que López Tarzo cargara más de 10 kilos de leña en la espalda.

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“Comienzo a caminar, la cámara a rodar, empiezo a caminar, caminar, caminar y subir, y de pronto grita Gavaldón ’¡Corte!’ y yo dije: ‘¿Por qué?’. Y viene el director y dice ‘A ver utilero, ¿qué madera pusiste aquí en la carga que trae Macario, en la espalda?’, y él respondió: ‘Pues madera de panza para que no le pese. ‘Necesito ver el esfuerzo enorme que hace el que verdaderamente lleva una carga de leña por estas calles empinadas, necesito ver en las piernas el esfuerzo, en el cuello porque es con mecapal, con esa cosa que te ponen en la frente, donde va todo el peso de la carga que se va a la espalda y en el cuello, pues se ve naturalmente, y se ven las piernas y el estómago, como están haciendo el gran esfuerzo”, contó López Tarso.

En la escena de la cueva de la muerte, en lugar de utilizar algún truco cinematográfico para mostrar la inmensidad de vidas humanas que la habitan, Gavaldon y Figueroa llenaron la Grutas de Cacahuamilpa con cientos de velas encendidas. El ambiente fantasmagórico que se ve en esas escenas es producto de la luz natural y la topografía de las grutas. Quien haya visitado ese lugar se podrá imaginar la titánica labor que requeriría filmar esas escenas, lo mismo en las Lagunas de Zempoala, Morelos y en las ciudades de Puebla y Taxco, donde se filmó el resto de ‘Macario’.

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La cinta fue elegida como una de las 100 mejores películas mexicanas de la historia, pero su importancia va más allá de ese elogio: es la prueba de que el realismo mágico mexicano puede ser universal, que no hay impedimentos técnicos cuando se trata de concretar la visión artística y que el Día de Muertos es la verdadera fiesta patria de México.

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