¿Haber aceptado su enfermedad mental pudo salvarle la vida a Ian Curtis?

¿Haber aceptado su enfermedad mental pudo salvarle la vida a Ian Curtis?

¿Haber aceptado su enfermedad mental pudo salvarle la vida a Ian Curtis?

“Embriagado de amor” pierde su esencia cliché cuando notamos la realidad metafórica con la que está construida. Cuando bebemos alcohol nos sentimos desinhibidos, libres y cegados en parte a cierto sentido de la realidad. Si lo aplicamos al sentimiento pasional del amor, emboba completamente y nos hace apegarnos a una persona, incluso, cuando el daño generado dentro de la relación afecta a ambas partes.

Una de las personas que lo entiende a la perfección es Deborah Curtis, viuda del icónico vocalista de Joy Division. Ella tuvo que soportar el suicidio de su esposo poco antes de que él comenzara su gira por Estados Unidos. Las complejas capas de la relación entre los dos personajes podrían explicar más de por qué la historia está escrita de esa forma.

Distintos músicos y allegados a Ian han comentado su punto de vista, pero generalmente se mantuvo aparte la opinión de su esposa y una vez que reveló su versión, todo comenzó a cobrar mayor sentido. La percepción que tenían los allegados de Ian sobre Deborah era bastante negativa, ya que Ian constantemente la hacía ver como una mujer controladora y manipuladora cuando la realidad era lo contrario, él era quien mantenía el “poder” en la relación, especialmente porque la joven estaba “embriagada de amor”. Previo reconocimiento de Joy Division, Ian ya era visto como alguien “cool” que no seguía las reglas e inevitablemente se enamoró perdidamente de él incluso poniendo su vida antes de la suya.

La mejor representación de la relación a la fecha es “Control”, cinta de Anton Corbijn –quien había fotografiado a Joy Division previamente– que está basada en un libro escrito por Deborah Curtis, donde habló de su vida junto al músico hasta el último día de su vida. La cinta expandió en el tema de la depresión de Ian y sus ataques epilépticos sin olvidar hacer hincapié en que ignoró por completo su enfermedad y posiblemente eso lo llevó a su suicidio. Ian amaba a su esposa y aunque tuviera discusiones y amenazaran con separarse, un divorcio no era motivo suficiente para colgarse en la sala de su hogar, algo más atormentaba su mente.

Ahora es bien sabido que Ian sufría de depresión y aunque eso desembocó en distintos comportamientos que afectaban sus relaciones interpersonales, se negó a aceptar ayuda. La preocupación de Deborah lo frustraba tanto que las discusiones se convertían eran inevitables y la ansiedad empeoraba sus ataques de epilepsia. Deborah –aunque desesperada por la incertidumbre de su futuro– se mantuvo a su lado. Había dejado la escuela, distintas amistades y algunas oportunidades por él y porque tenía en la mente la idea de que él necesitaba estar bien para asegurarles un buen futuro para su hija Natalie.

Curtis tenía 23 años ese 18 de mayo de 1980. El post punk apenas comenzaba. Su relación era buena, ya que la banda no era muy reconocida, pero la mente de Ian ya estaba bastante perturbada. Su insatisfacción como artista, con el sonido de Joy Division, con sus ataques epilépticos, por ser incapaz de relacionarse apropiadamente con alguien que –creía– amaba y su soledad personal causada por la depresión provocaron un punto de quiebre que buscó liberar al quitarse la vida frente al televisor. 

Deborah afirma que ya no siente culpa aunque alguna vez sufrió bastante por ello. Ella sabía que él esperaba ser entendido y ella no podía porque él mismo se negaba a relacionarse con ella y poner de su parte. La soledad de Ian le impedían ver más allá de sí mismo y del daño que le causó a su esposa. La mujer tuvo que enfrentarse a distintos factores y ser señalada como culpable a pesar de que la decisión de Ian fue única y nada se pudo hacer al respecto y eso es lo que más lamenta. Su hija Deborah vive una vida normal–a diferencia de la hija de Kurt Cobain– y eso le añade más tranquilidad a su conciencia.

Los medicamentos que tomaba para calmar sus ataques epilépticos empeoraban su estado psicológico y su personalidad, que al inicio ya tenía muestras de manipulación, cambiaba constantemente y quien más sufría del daño fue Deborah. Su libro narra sus dolencias y la reticencia de Ian de tratar tanto su estado físico como el mental. Nadie sabe precisamente qué pasaba al momento que Ian ponía la cuerda alrededor de su cuello, pero probablemente había culpa. El daño hacia su esposa, su hija y sus allegados podía empeorar e iba más allá de calmar su propio dolor.

Si tan sólo Ian Curtis hubiese aceptado sus enfermedades probablemente hubiera encontrado la forma de salir adelante. La gira por Estados Unidos de Joy Division prometía ser un punto que les daría reconocimiento mundial. El éxito llegó pero no por las razones correctas. Ian se unió a un podio de figuras icónicas por haberse suicidado e incluso eso le hubiese disgustado. Joy Division dejó una marca a cuestas del estado mental de su frontman pero quizás aún más en la mujer que vio todo y ahora no puede escuchar completamente sus canciones porque la regresan a un pasado en el que Ian era su única razón para vivir y cuando eso muere, es casi imposible encontrar de nuevo el camino.

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Fuente: The Guardian.

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