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Home Entretenimiento Música

Oliver Tree: cómo una visión de su propio funeral lo salvó de las drogas

Y el sueño al final se hizo realidad y sí, nos rompe el corazón

Fernando Eslava by Fernando Eslava
junio 15, 2026
in Música
Silueta de oliver tree frente a una ventana oscura, imagen editorial que acompaña la historia de su visión del funeral y redención artística.

Antes de los videos virales, antes de ‘Life Goes On’, antes de convertirse en la figura excéntrica que capturó la atención de internet, Oliver Tree fue alguien muy diferente: un joven atrapado en un espiral de adicciones y crimen, sin brújula clara hacia dónde ir. Lo que lo sacó de ese abismo no fue una intervención forzada, ni un programa de rehabilitación convencional, ni siquiera una decisión racional tomada en un momento de lucidez. Fue algo mucho más extraño y visceral: una experiencia alucinógena tan nítida, tan real en su percepción, que lo obligó a replantearse todo lo que creía sobre su propio futuro.

En una entrevista rescatada en redes y referenciada en plataformas como Dose of Society, Oliver Tree reveló un detalle que pocas celebridades comparten con esa franqueza: durante un viaje de LSD en el punto más oscuro de su adolescencia, tuvo una visión que describió como más real que cualquier experiencia vivida en estado sobrio. Se vio a sí mismo dentro de un ataúd, en su propio funeral. No como una metáfora poética, ni como un mal viaje típico de quien experimenta con psicodélicos. Fue una escena completa, tangible, que lo perseguiría durante años.

El espiral: pérdida, drogas y crimen

Para entender cómo Oliver Tree llegó a ese punto, hay que retroceder a una pérdida que nunca procesó adecuadamente: la muerte de su primo a causa de una enfermedad. Ese golpe emocional fue el detonante de un descenso progresivo que escaló rápidamente. Primero fue el consumo de sustancias como forma de adormecer el dolor. Luego, la venta. Finalmente, su vida cotidiana giró completamente alrededor del mundo del crimen y las drogas.

No era la narrativa de un adolescente rebelde buscando atención o construyendo una imagen de dureza para la cámara. Era un joven real hundiéndose, sin red de contención clara, sin un horizonte que le permitiera imaginarse a sí mismo en cinco años. La adicción y la delincuencia se habían convertido en su rutina, en su normalidad.

La relación entre experiencias psicodélicas y transformaciones personales profundas ha sido documentada ampliamente en la literatura científica y en testimonios de artistas. Desde los estudios de Timothy Leary hasta los trabajos contemporáneos sobre terapia asistida con psicodélicos, existe un cuerpo creciente de evidencia que sugiere que estas sustancias pueden catalizar cambios radicales en la percepción y el comportamiento. Pero pocas historias públicas llegan con la carga emocional y la especificidad que Oliver Tree compartió sobre su experiencia.

La visión del ataúd: un ultimátum del subconsciente

Durante ese viaje de LSD, en el momento en que Oliver Tree describe como el más oscuro de su etapa de consumo, algo sucedió. Su mente, quizás saturada de dolor no procesado, quizás buscando una salida desesperada, le mostró algo que no podía ignorar: su propio cuerpo en un ataúd. Su funeral. La conclusión lógica de la trayectoria que estaba siguiendo.

Lo crucial es cómo Oliver Tree interpretó esa visión cuando volvió a la sobriedad. No la descartó como un mal viaje, no la racionalizó como un simple efecto secundario del LSD. La procesó como una advertencia con fecha de vencimiento. Como un ultimátum del universo, de su subconsciente, o de ambos: o cambiaba radicalmente, o esa escena se volvería real.

Esa interpretación fue el punto de quiebre. Oliver Tree cortó con las drogas de manera abrupta. Cortó con el crimen. Y comenzó a escribir canciones de forma compulsiva, casi obsesiva, como si la música fuera la única válvula de escape disponible para procesar todo lo que llevaba adentro.

De la oscuridad a la música: la construcción de un artista

Lo que sucedió después fue una transformación acelerada. Oliver Tree buscaba cualquier escenario donde pudiera presentarse, sin importar el tamaño del público o la remuneración. Pequeños bares, cafeterías, plataformas emergentes. La música se convirtió en su religión, en la única herramienta que tenía para sanar y para conectar con otros que también estaban transitando la oscuridad.

Esa necesidad urgente de crear, de compartir, de transformar el dolor en sonido, se convertiría en la base de su estética como artista. El exceso visual, el dolor contenido en cada presentación, la vulnerabilidad cruda que caracterizó sus videos posteriores: nada de eso era performance pura. Era autobiografía disfrazada, un diálogo constante entre el Oliver Tree que casi muere en un ataúd y el que logró escapar a través de la música.

La visión del funeral no solo lo salvó de las drogas. Le dio propósito. Le permitió entender que su dolor tenía valor, que podía convertirse en algo que resonara con otros. Y en los años posteriores, cuando su carrera comenzó a despegar con canciones como ‘Life Goes On’ y su estética visual cada vez más elaborada, esa raíz seguía siendo la misma: un joven que vio su propia muerte y decidió vivir de una manera completamente diferente.

La vigencia de una historia de redención

Hoy, años después de que Oliver Tree compartiera esa historia, su relevancia no ha disminuido. En un contexto donde la salud mental de los jóvenes es un tema de crisis global, donde la adicción sigue siendo un problema sin soluciones simples, historias como la suya ofrecen algo raro: un testimonio honesto de cómo se ve el fondo y cómo se ve la salida.

No es una historia de redención fácil ni de transformación instantánea. Es la historia de alguien que necesitó una experiencia extrema, casi sobrenatural en su claridad, para replantearse todo. Y que luego tuvo la disciplina, la creatividad y la resistencia para construir algo nuevo sobre las ruinas de lo que había sido.


Fernando Eslava

Fernando Eslava

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