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ESTILO DE VIDA

Terminé contigo porque no supiste ponerle límites a tu familia

Por: Alejandro Vizzuett23 de noviembre de 2022

Muchas relaciones en las que la familia de uno de los implicados se entromete están destinadas al fracaso; esta carta es un ejemplo de ello.

Desde chiquita me dijeron que las relaciones de pareja siempre tenían que ser de dos, y a mí se me hizo algo muy obvio porque… bueno, la propia palabra “pareja” te lo dice: un par; dos entes unidos en un equipo.

No fue sino hasta que crecí y me vi envuelta en una relación bastante tóxica que entendí mejor a qué se referían mis padres con “relación de dos”. Es más: ni siquiera lo comprendí en su totalidad hasta que las cosas llegaron a un punto de no retorno en el que yo ya no podía siquiera hallarme a mí misma entre tanto borlote.

Pero iré por partes, para no perderme: conocí a la persona de la que hablo en la prepa, y se trató de mi primera relación amorosa estable que pasó la prueba de los tres meses. De hecho, duramos alrededor de dos años y meses, aunque puedo asegurar desde ya que sólo el inicio de esa relación fue hermosa.

Él se hizo pasar por un tipazo: una persona súper atenta que se preocupaba por hacer que las cosas fueran agradables para ambos; que siempre estaba pendiente de lo que yo tenía que decir y que sabía dar su punto de vista con tacto e inteligencia. Pero claro que desde el principio ya dejaba ver unas enormes red flags que yo en su momento no supe captar y que, ahora que me pongo a recordar mejor, sí fueron muy evidentes.

Las más preocupantes siempre tenían que ver con su familia: no podía dejar pasar un par de timbrazos cada vez que su mamá le marcaba porque se ponía ansioso y se le notaba muy preocupado; a mí me hacía sentir bonito al principio que tuviera esas atenciones con ella, porque yo creí que significaba que le importaba su bienestar y que supiera que él estaba bien.

El problema era que me acostumbré tanto a ello que incluso en situaciones donde no tendría por qué sacar el celular, como una cena romántica o en el cine, siempre buscaba atender a los mensajes y llamadas de su madre para evitar conflictos. Él me pedía disculpas siempre que eso pasaba, y yo lo excusaba diciéndome que simplemente tenía una relación muy cercana con su mamá.

Aunque no sólo con ella, por lo que pude notar después: a su hermana menor, por ejemplo, la trataba como a la niña de sus ojos, y le cumplía cuanto capricho se le ocurriera. Incluso en nuestras citas me llevaba a ciertas tiendas para llevarle algún detalle como un dulce o un peluche que, supuestamente, él me decía que ella le encargaba que le comprara y que luego descubrí que no era así.

Yo nunca he sido realmente fijada en esos temas porque no me considero una persona materialista, pero los detalles que luego él tenía conmigo dejaron de ser más constantes con el paso de las semanas, y los que tenía con ella nunca pararon.

Y luego estaba la relación extraña con su padre, a quien tenía en una especie de pedestal mental, como un modelo a seguir del que no quería despegarse, y a quien tenía miedo de decepcionar con cada una de sus decisiones. El trabajo del señor nunca me quedó realmente claro, pero yo sabía que había tomado una Ingeniería por carrera y que por eso mi novio se perfilaba para estudiar lo mismo.

Creo que el hecho de que haya normalizado tan rápido las cosas se dio porque los conocí demasiado pronto: apenas habían pasado dos meses y ya estábamos sentados los 5 juntos en la mesa de la casa de él, compartiendo anécdotas y aparentando que éramos una gran familia feliz. A mí me habían agradado desde el principio, y yo creí que a ellos también hasta que me fui dando cuenta de algunas cosas con el paso del tiempo.

Por ejemplo: a la señora nunca le gustó mi estilo de vestir, y lo hacía ver muy constantemente en cada ocasión que nos encontrábamos con comentarios pasivo agresivos tipo: “Te ves muy bien, hija, aunque ese color no te resalta mucho. Podrías usar una blusita tal o un vestido tal y seguro quedarías mejor”. De hecho, varias veces su hijo me llegó a regalar ropa y me pedía que la usara cuando íbamos a comer con mis ex suegros justificándose con que quería que me viera más bonita de lo que ya estaba; y claro que esa ropa siempre tenía el visto bueno de su mamá.

La relación con mi cuñada nunca fue la mejor, porque siempre buscaba acaparar la atención de mi novio mientras estaba presente, y él nunca le pedía que nos diera nuestro espacio durante nuestras visitas a sus papás sino todo lo contrario: me pedía a mí que jugáramos con ella, que la lleváramos por un helado o a la tienda, que platicara más con ella y que buscara “agradarle”, de una u otra manera.

Y cada vez que su papá andaba cerca, yo a él lo notaba muy tenso: como que se erguía mucho y buscaba mostrarse impecable y pulcro, algo que hoy día se me hace ya demasiado extraño pero que en esos días, en que yo sólo tenía entre 16 y 17 años, tomaba como algo normal porque a mí también me habían enseñado a respetar a mis mayores y sus opiniones, aunque nunca a ese mismo grado.

Poco a poco él me fue metiendo en su enferma relación familiar, y cada vez era más constante que pasaramos el tiempo en casa de él que en una cita para los dos, y yo ya no dejaba de sentirme incómoda. Pero no quería dejarlo porque, en los pocos momentos en que estábamos juntos, seguía comportándose muy lindo y atento, y buscaba tanto mi aprobación que me hacía sentir querida y validada.

Hasta que llegó un día en que él me organizó una fiesta por mi cumpleaños 18 con mis suegros, a la cual sólo llegaron amigos de él y familia de sus papás y me di cuenta de que esa gente… realmente no era mi gente. Recuerdo que me fui a ocultar al baño durante un rato porque no conocía a nadie más entre tantas personas y me sentía incómoda, pero cuando llegué lo encontré hablando con su mamá.

Me escondí detrás de un muro para espiar la conversación porque, para ese momento, yo ya sentía que las cosas estaban demasiado raras y que ninguno de ellos era honesto conmigo. Y lo comprobé en ese momento cuando escuché a su mamá decirle que creía que me veía realmente horrible con el vestido que yo había elegido para mí; que era una malagradecida porque no socializaba con nadie a pesar de que habían hecho todo ese esfuerzo por mí, y que él tenía que hablar conmigo para evitar que sus amigos y conocidos los hicieran la comidilla del momento por tener una nuera tan grosera y poca cosa.

Él nunca me defendió ante las cosas que su madre dijo de mí sino al contrario: estuvo tan de acuerdo con todo e incluso dijo que sí creía que me veía fatal en mi vestido y accesorios, asegurándole que me había pedido que usara otro conjunto que su mamá había elegido para mí y que era “más propio para la ocasión”. Yo sentí cómo dentro de mí algo se rompía.

Recuerdo que le marqué a mi mamá para que pasara por mí, y que me aguanté el llanto hasta que ella llegó y nos alejamos de esa casa de locos. Yo me sentía confundida porque ese al que había escuchado no se parecía en nada al chico que yo había llegado a amar, que era muy dulce y amable siempre y cuando no estuviera su familia enfrente. Y ahí comprendí todo: que él había permitido que su familia lo controlara hasta tal punto que ya no podía ponerles límites, y que ni siquiera pensaba que los necesitaran.

Corté con él por mensaje y le pedí que no me buscara nunca más. Bloqueé a su familia de mis contactos y esperé a que nunca me buscaran (algo que, por supuesto, no hicieron). Mi mayor consuelo era que ya habíamos salido de la prepa y cada uno iríamos a escuelas diferentes, por lo que no tendríamos que volver a vernos, aunque él sí me buscó: a través de amigos en común, de perfiles falsos de redes sociales y mensajes de números que yo no tenía en el teléfono.

En el último que me mandó le confesé todo: que lo había escuchado hablando mal de mí, lo enfermo que fue para mí darme cuenta de la manipulación de su familia y lo horrible que todos ellos me hacían sentir simplemente por ser yo misma. Le juré que si me seguía buscando, yo llevaría las pruebas ante un juez para emitir una orden de restricción en su contra porque yo ya no quería saber nada de él ni de su tóxica familia.

Tuve que ir a terapia para tratar este tema antes de animarme a contarlo porque no fue nada fácil para mí desapegarme por completo de la manipulación a la que había sido objeto, aunque ahora, varios años después de todo, me atrevo a contar mi verdad en espera de que ayude a alguien a romper con una relación tóxica porque no hay nada más valioso que el amor propio y la fidelidad que podemos tenernos a nosotros mismos.


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