Desnudos de David Lynch que sólo una mente perturbada podrá disfrutar

Sábado, 6 de enero de 2018 13:40

|Rodrigo Ayala Cárdenas
desnudos de david lynch

En esa zona borrosa y poco nítida emergen los cuerpos desnudos de mujeres desde las sombras para llenar la imaginación de los seres de ésta y otra dimensión de un rabioso y erótico frenesí.



A David Lynch le gusta el misterio y aparte de sus películas ininteligibles, perturbadoras, extrañas, pertenecientes a otra dimensión, pero fascinantes desde todos los ángulos, el otro gran enigma de la humanidad se aloja en los detalles del cuerpo femenino: «Me gusta fotografiar mujeres desnudas. La variedad infinita del cuerpo humano es fascinante: es increíble y mágico ver cuán diferentes son las mujeres», afirma un perturbado Lynch que se ha dedicado a trastocar la mente de los espectadores con sus cintas surrealistas.


La normalidad sólo sirve para este director de cine y fotógrafo como punto de partida para explorar la parte desenfocada de la realidad, esa zona intermedia donde todo se rompe y la locura aflora para infectar al mundo de las situaciones y los personajes más extraños que se puedan imaginar. En esa zona borrosa y poco nítida emergen los cuerpos desnudos de mujeres desde las sombras para llenar la imaginación de los seres de ésta y otra dimensión de un rabioso y erótico frenesí. 


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Todo lo que captura Lynch por medio de su cámara fotográfica y cinematográfica es caleidoscópico, caótico pero armoniosamente ordenado, ricamente embellecido por un relato mudo donde las mujeres se erigen como las diosas de ese otro universo que el artista se encarga de revivir o inventar a su entera satisfacción. Revisando su carrera como director de cine, ellas tienen un lugar privilegiado en el imaginario del director, creador de cintas como Blue Velvet, Lost Highway, Eraserhead o Mulholland Drive. En todas ellas las mujeres son los grandes enigmas, portadoras de sensualidad pero también de una provocativa locura.


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Los que sientan devoción por la estética de los filmes de detectives o film noir, hallarán una relación muy cercana entre éstos y las fotografías de Lynch. En ambos emerge el espíritu del misterio, una absoluta sensualidad velada por el enigma, una atmósfera donde se respira la certeza de que algo ha ocurrido o está por ocurrir, todo ello impregnado por la belleza de los cuerpos de mujeres por los que David Lynch muestra una devoción bellamente perturbadora.


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Como buen cineasta, Lynch es un voyerista que se acerca hasta lo imposible a los detalles narrativos de los cuerpos blancos, perfectamente esculpidos y maquillados de sus modelos. A través de su lente podemos rozar su piel, observar sus uñas pintadas, ver los detalles de unos labios turgentes, escuchar el roce de sus pestañas al parpadear y percibir la fragancia de los cabellos sedosos. Ellas nos cautivan como si fueran hechiceras de un mundo nebuloso donde flota el aroma a cigarro y el peligro acecha en los rincones.


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Lynch, explorador incansable de lo que se encuentra del otro lado del muro de la realidad y lo cognoscible, se inició como fotógrafo en su natal Nueva Inglaterra capturando escenas de la naturaleza para después sentir fascinación por la vida de los indígenas guatemaltecos durante su estadía de un año en el país centroamericano. A su regreso a los Estados Unidos a mediados de los 90, su creatividad se centró en documentar la vida de los obreros, la pobreza, la drogadicción y las miserias de la clase trabajadora.


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Sin embargo, su máxima obra, tanto en estética como en significado, son sus elegantes desnudos femeninos que reflejan toda la fuerza natural del mal llamado "sexo débil", porque si hay algo que dota de fuerza y singularidad el complejo universo lyncheano es la psique de ellas, las diosas de la oscuridad y la metafísica del horror, que con sus gestos de sensualidad, su vaporosa presencia y sus cuerpos celestiales provocan la fatal rendición de las mentes más perturbadas.


Rodrigo Ayala Cárdenas

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