Con sólo oír la palabra “China”, la mayoría de las personas crea en su mente una barrera impenetrable que encuentra cada una de las características de un país tan lejano de Latinoamérica —geográfica y culturalmente— como ajenas, extrañas e indeseables. Se tiene conciencia de que en el otro extremo del mundo existe un enorme país, fruto de una tradición milenaria, donde la religión, la comida, la forma de vestir, los rasgos faciales e incluso el calendario son distintos de los conocidos. El pensamiento y la concepción del mundo se parten a la mitad cuando se trata de las comparaciones entre Oriente y Occidente.



En el imaginario colectivo, las mujeres en China aparecen con vestimentas típicas o hanfus, recorriendo un jardín entre bambúes y lagos artificiales. En realidad, la noción occidental de las mujeres chinas responde a una visión reducida y estereotipada, replicada como verdad en la sociedad actual, tan burda como pensar que todo México es un gran desierto lleno de cactus donde descansan los borrachos con sombrero y huaraches.
“Entonces surgió un espacio de aparición para que las mujeres chinas se deshicieran de ese peso histórico que obedecía a modelos de sumisión, esclavitud sexual y obediencia al sexo opuesto”.
La sociedad en China es parte de un fenómeno de homogeneización de la cultura global, que llegó de la mano de los recursos tecnológicos de conectividad como Internet, que sirvieron de puente para un intercambio artístico, comercial y cultural que modificó las estructuras tradicionales y milenarias de los países asiáticos. Entonces surgió un espacio de aparición para que las mujeres chinas se deshicieran de ese peso histórico que obedecía a modelos de sumisión, esclavitud sexual y obediencia al sexo opuesto.


La nueva generación de jóvenes en China demuestra que los estereotipos a los que eran reducidos un sinfín de pensamientos y emociones deben quedar en el pasado. La imagen de mujer que hacía de esclava sexual pierde toda dimensión en una sociedad que está abierta al cambio, con la promesa de encontrar igualdad entre géneros y preferencias sexuales, sin dejar de lado sus raíces, pero con la firme intención de mostrar al mundo que se trata de personas del sexo femenino dispuestas a mostrar sus habilidades, personalidad, gustos e incluso su cuerpo, sin necesidad de tabúes o reglas no escritas que les obliguen a comportarse de cierta manera en sociedad.
“El objetivo del trabajo artístico de Lou Yang es mostrar la nueva cara de las mujeres chinas: una generación sin miedo, olvidándose de los complejos que carga una sociedad altamente machista y posando para la cámara con toda naturalidad”.
Al igual que en Latinoamérica, en China existe una fuerte resistencia al reconocimiento de la equidad de género y las figuras machistas del pasado siguen dominando en la cotidianidad y son ejercidas en todos niveles, desde la casa, la escuela, el sitio de trabajo e incluso las mismas mujeres, que a veces se encargan de reproducir el esquema de superioridad por parte del hombre inconscientemente. El objetivo del trabajo artístico de Lou Yang es mostrar la nueva cara de las mujeres chinas: una generación sin miedo, olvidándose de los complejos que carga una sociedad altamente machista y posando para la cámara con toda naturalidad.



El machismo no reconoce entre países, épocas ni latitudes. Se trata de un fenómeno que a lo largo de la historia se ha presentado en la mayoría de las sociedades en las que la propiedad privada está especificada bajo contextos jurídicos, políticos y económicos. Un ejemplo es la concepción machista de la mujer que provocó la derrota del nazismo. Incluso algunos de los más grandes pensadores de la historia se caracterizaron por la idea de superioridad con respecto al género femenino. Si quieres conocer más, mira las 20 frases que revelan el extremo machismo de los grandes filósofos de la historia.

