Fotografías para entender la pobreza que viven los niños de Honduras

Miércoles, 21 de marzo de 2018 11:57

|Diego Cera

«No hay nada mas bello que lo que nunca he tenido; nada mas amado que lo que perdí. Perdóname si hoy busco en la arena esa luna llena que araba el mar». —Joan Manuel Serrat



Incluso en el peor de los encierros, los esclavos africanos que llegaron desde África a América pudieron encontrar la libertad en sus voces y en el sonar de sus cadenas. El nacimiento del blues fue sin duda alguna una de las muestras más claras de que, a pesar de la tiranía y los malos tratos de sus captores, lo último que perdían era la posibilidad de sentirse libres en cualquier momento del día. Aunque ellos habrían preferido salir corriendo de ahí y regresar al precioso lugar de donde fueron cruelmente arrebatados, saber que existía algo que todavía les permitía cantar era un verdadero alivio.


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Algo similar pasa en nuestros días. No necesitamos estar en el siglo XVII para sentirnos presos en medio de las grandes ciudades, agobiados por no poder ver el cielo o respirar un poco de aire puro. Nuestro hastío hacia todo esto que nos rodea y se impone a nuestra mirada como el tirano amo al que todos estamos atados, que atesoramos incluso el instante en que podemos quedarnos sentados sobre la roca más austera del camino. Podremos tener carencias de todo tipo, emocionales, culturales o económicas; sin embargo, la libertad no es algo negociable y se queda con nosotros como esa recompensa que viene después de todo sufrimiento.


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Liberarse es volver a respirar tranquilo, pero ¿qué es lo que pasa cuando decir 'volver' no tiene sentido? Cuando alguien nace adentro de una jaula, ¿qué significa la palabra 'libertad' para él? Si su cielo es cuadrado y flanqueado por cuatro infelices muros color gris, es posible que ésta sea una palabra vacía sin ningún tipo de carga o significado. Es posible que en sus ojos sólo haya lugar para las rejas y el oscuro ambiente de una prisión como la Penitenciaria Nacional Femenina de Adaptación Social, en Honduras, donde todos los días, alrededor de 50 niños juegan y sueñan con el mundo afuera de esa cárcel donde sus madres han sido condenadas.


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Libres de toda culpa y condena, ellos también son presos. La mayoría de las mujeres que viven en la penitenciaría están ahí por estar relacionadas con miembros de la pandilla de los M18, reconocidos en toda América Latina como los enemigos número uno de la Mara Salvatrucha. En sus ojos no sólo existe la añoranza, también la culpa de haber llevado a sus hijos a convertirse en poco más que un número, celda y catre ocupado.


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Algunos de estos niños pueden jactarse de haber corrido alguna vez en un campo lleno de pasto o de haber visto el cielo extenderse hasta el horizonte sin que una cerca de alambre de púas obstruyera su mirada y les ensuciara una puesta de sol. Por otro lado, quienes nacen ahí dentro poco pueden decir, no sólo por su corta edad —para cuando estas fotos fueron tomadas, el niño más pequeños tenía 5 días de haber llegado al mundo—, sino porque cualquier cosa que quieran decir para defender su derecho a ser libres será, más que un sueño, un reclamo sin ningún tipo de sustento.


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Ellos no tienen tiempo ni pueden permitirse hablar acerca de realidades distorsionadas o una infancia perdida, la prisión es lo único que conocen, nacieron en ella y aun así tienen fe, ¿en qué? Es difícil saberlo, sin embargo, en sus ojos permanece oculto ese gesto de quien espera tiempos mejores; sólo entonces entendemos que nada está perdido y que su libertad existe quizás en cosas que no entendemos aún.


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Las fotografías fueron tomadas de The Guardian.


Diego Cera

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