Pasé semanas enteras sentado frente al tribunal de tu ausencia. Con los ojos absortos en el vuelo de tus frases y palabras derramadas por la habitación. De pronto, uno de tus “seamos amigos” comenzó a arder. El fuego mordió las cortinas, los cuadros, devoró insaciable las fotografías en mi memoria que jamás tocaron nuestros dedos y me quedé a oscuras. El silencio es una linterna con el resplandor enmudecido…
Sucedida la catástrofe, el aturdimiento acudió puntual a mis labios. No pasa nada, me dije. Pero el sabor amargo de mis palabras contradecía cada sílaba, cada gota de aliento entre lo dicho y lo no contado. Me recosté en el sofá. Cerré los ojos y aguardé con impaciencia el estallido del mundo. Nada. La estridencia fue sólo el golpe de la puerta al cerrarse tras de ti.
Qué diablos.

(…) Tu retirada fue mi alivio; no lo supe entonces. Cuando una parte de ti ha salido por la puerta el dolor se enraíza, no cede. Los árboles y los edificios se derrumban dentro sin atadura que los detenga o contención que funcione. Tu ausencia se posó en mis párpados y me distrajo del mundo.
No salí a la calle ese día, ni al siguiente, ni el otro. Esperé a que el viento me devolviera las noches que había querido soñar a tu lado y no sucederían; me giré sobre la cama para escuchar la llegada de tu olvido sin prisa.
La fotógrafa rusa Nastya Kaletkina (1990) retrata la melancolía subestimada por la mayoría de la gente. Sentimientos ocultos en los escondrijos y rincones de las habitaciones que tantas historias han presenciado y se ven obligadas a guardar. Escenas donde la ruptura y el encuentro cohabitan en un gesto capturado por la lente de una mirada al acecho. Explosivos retazos de un ayer que no se repetirá mientras pisemos la tierra.

Kaletkina descubrió su amor por la fotografía de forma accidental. Un día enfocó su cámara analógica y lo que retrató la cautivó inmediatamente. Desde entonces se dedica a perseguir instantes, salidos de relatos interdimensionales.
Su habilidad técnica apuesta por hombres y mujeres sumidos en una reflexión que los confronta con el mismo infierno que los arrasa. Sin lugar para las treguas o la conmiseración de quien los mira.


Los retratos oscilan entre una gama de tonos cálidos y tibios. La luz no detalla los cuerpos de forma directa; los acentúa, los esculpe bajo la caricia de un silencio cómplice. Las expresiones no dan lugar al titubeo o a la escapatoria. El semblante es una acuarela variable que pasa de la sonrisa a la seriedad en una sola línea; las despedidas y los encuentros están hechos de todo lo que alguna vez quiso expresarse, pero no se escuchó.




Al despertar, lo comprendí todo. Alguien más lo dejó escrito en la sombra del último suspiro antes del amanecer:
“Vos lo dijiste,
nuestro amor
fue desde siempre un niño muerto.
Sólo de a ratos parecía
que iba a vivir,
que iba a vencernos,
pero los dos fuimos tan fuertes
que lo dejamos sin su sangre;
sin su futuro,
sin su cielo.
Un niño muerto,
sólo eso
maravilloso y condenado…”
Mario Benedetti



Un día se abrirá la puerta y el ensordecedor murmullo volverá al sitio de tu partida, lo sé. Pero será tarde. Ningún reloj nació para andar hacia atrás y ya mis oídos no recordarán tus palabras. Tus ojos serán un mirar distante y hasta el polvo de tu regreso me será indistinto. La soledad está poblada de cuervos enamorados pero no de ti.
Ya no de ti.

Serás una fobia pulverizada en la brisa. Nada.
Referencia:
Nastya Kaletkina

