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Astronomía maya: el mensaje de las estrellas y el misterio de la vida

6 de abril de 2018

Rodrigo Ayala Cárdenas

Esta cultura fue una gran observadora de los cielos y las estrellas, desarrollando la astronomía a tal grado que fueron capaces de elaborar dos calendarios principales.



Asentada en lo que es hoy el sureste mexicano y gran parte de América Central, los pueblos mayas erigieron uno de los imperios más extensos e importantes del Mundo Antiguo. Además de la azteca, ésta fue la cultura más importante en la historia del México prehispánico. Sus pirámides —en especial la dedicada a Kukulcán— y su sistema de escritura jeroglífico son particularidades que distinguen especialmente a esta civilización.



Sin embargo, los mayas desarrollaron un área o disciplina que también formó parte esencial de su quehacer diario y que hoy sigue siendo motivo de admiración y, sobre todo, de estudio por parte de especialistas. Esta cultura fue una gran observadora de los cielos y las estrellas, desarrollando la astronomía a tal grado que fueron capaces de elaborar dos calendarios principales: el ceremonial (Tzolk’in), de 260 días, 13 números y 20 nombres de días, y el calendario ambiguo (Haab), de 365 días, 18 meses de 20 días, con un mes de 5 días al final del año.



En general, una gran parte de las civilizaciones de Mesoamérica tuvieron en la astronomía un recurso fundamental para definir los periodos de sus festividades religiosas y también el tiempo preciso de iniciar el proceso de siembra y cosecha, pero los mayas fueron quienes desarrollaron esta ciencia hasta un grado superlativo. Los sacerdotes tenían mayores conocimientos respecto al movimiento de los astros, pero la población entera sabía que las estrellas eran ejes vitales para regir gran parte de sus vidas.



El conocimiento que llegaron a tener los astrónomos mayas era más que suficiente para predecir eclipses, seguir los movimientos de planetas como Venus o hacer un trazado exacto de la Vía Láctea —la cual era considerada sagrada, la llamaban Wakah Chan—. Para esta civilización, la estructura del cosmos se dividía en tres niveles principales con cuatro esquinas que representaban los puntos cardinales.



En el primer nivel se hallaban el cielo o bóveda celeste regida por los Bacabs y donde ocurrían los principales movimientos de los astros, el más importante de ellos, el sol. Después se ubicaba el plano terrenal donde los hombres hacían su vida común regida por las deidades. En la capa inferior se situaba el temido Inframundo —o Xibalbá—, sitio al que el sol acudía todas las noches para sostener una batalla contra seres espectrales. Una vez que los derrotaba, volvía al siguiente día al amanecer para reinar sobre la Tierra.



En la ya referida escritura jeroglífica, los mayas dejaron evidencia de estos relatos y de su predilección por el estudio de los astros. Uno de los fenómenos que más fascinan a estudiosos y entusiastas de esta cultura es lo ocurrido en la pirámide de Kukulkán ubicada en Chichén Itzá. Durante los equinoccios y solsticios de cada año, una sombra ondulada se dibuja sobre la estructura que desciende hasta la cabeza de serpiente que adorna el pie de la estructura. Dicha sombra da la apariencia del cuerpo de una víbora. 



Lo anterior no es causalidad, se trata del resultado de una construcción realizada con ese propósito y basada en la atenta observación astronómica de quienes concibieron este templo. Matemáticas, religión y arquitectura combinadas para ofrecer un fenómeno que tenía como propósito simular el descenso de la Serpiente Emplumada al pleno terrenal.


Aparte del sol, la luna también formó parte importante de las observaciones astronómicas del pueblo maya. Se creía que su presencia tenía una importancia monumental en la vida terrestre. A la luna creciente se le daban los atributos de una mujer joven y bella, mientras que la luna menguante se representaba como una mujer anciana que reinaba sobre los nacimientos. Por su parte, la Serpiente Emplumada —es decir, Kukulkán— estaba representada con el planeta Venus. Le llamaban Xux Ek, la “Gran estrella”, y sabían a la perfección que se trataba del mismo objeto que aparecía en el cielo tanto de día como de noche.



Chichén Itzá poseía un observatorio que servía al mismo tiempo como un templo de adoración a Venus. Es sorprendente cómo su estructura resulta tan parecida a los modernos centros astronómicos, lo que nos habla de la gran visión y los avances que los mayas tenían en el estudio de los astros. En el Templo de las Inscripciones de Bonampak se han descubierto jeroglíficos que indican que la aparición y desaparición de Venus estaba relacionadas con el inicio y el final de misiones bélicas, lo cual indica la importancia que este cuerpo celeste tenía en la vida de los mayas.



Eran capaces de predecir eclipses y de efectuar calendarios tan avanzados —incluso más— como los que se usan en la actualidad. Pero en el siglo IX de pronto, y de manera inexplicable, los mayas abandonaron sus ciudades más importantes, como Tikal y Palenque para siempre.


A pesar de todo, la gran civilización que adoró a los astros no pudo predecir su rápida caída y extinción.


TAGS: Historia mundial historia de méxico Mayan Culture
REFERENCIAS: National Geographic Explorable

Rodrigo Ayala Cárdenas


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