Comenzando por aquellos que, apenas consumada la Independencia soñaban con la reconquista española, a lo largo de la historia de México han existido muchos personajes deseosos de encumbrar en el poder a personas nacidas en tierras distintas a la nuestra. El caso más emblemático es el de aquellos que, como José María Gutiérrez de Estrada y José Hidalgo, fueron a rogarle a Napoleón III que interviniera en nuestro país para colocar un príncipe europeo en el trono y así acabar con todos los males que aquejaban a la Nación. El resultado, lo sabemos muy bien, fue el fallido Imperio Mexicano de Maximiliano y Carlota.
Menos conocidas son las pretensiones de algunos liberales por entregarles la soberanía nacional a autoridades extranjeras.
Miguel Lerdo de Tejada nació en el puerto de Veracruz el 6 de julio de 1812. Uno de sus hermanos, Sebastián, presidente de México entre 1872 y 1876. Era un liberal “puro”, como entonces se llamaba a los elementos más radicales de esta facción política.
A él se debe la redacción de la “Ley de desamortización de corporaciones civiles y eclesiásticas”, mejor conocida como Ley Lerdo (1856), la cual obligaba a la Iglesia a vender las casas y terrenos que no estuvieran ocupadas. Fue candidato a la presidencia en 1857 y 1861, la primera la perdió ante Ignacio Comonfort, la segunda, ante la muerte, que lo sorprendió pocos días antes de celebrarse la elección.
Lerdo fue ministro de hacienda en el gobierno de Benito Juárez, pero se distanció del oaxaqueño cuando éste le propuso suspender los pagos de la deuda externa (suceso que más tarde aprovecharían los franceses para invadir el país).
Hasta ahí parece un hombre admirable, protagonista de muchos de los cambios que sacudieron a México durante el agitado siglo XIX; sin embargo, varios años antes, en 1848, cuando ya había caído la Ciudad de México en manos de los estadounidenses, después de una cruenta e injusta guerra de dos años, él y otros liberales “puros” que pertenecían al ayuntamiento de la ciudad, le ofrecieron, en el Desierto de los Leones, un brindis al general en jefe del ejército invasor, Winfield Scott, y le pidieron que no detuviera la guerra, que siguiera las acciones militares hasta que todo México fuera anexionado a los Estados Unidos, o que si así lo deseaba, se autonombrara dictador del país.
Nicholas P. Trist, comisionado en jefe estadounidense encargado de negociar el tratado por el cual nuestro país perdería la más de la mitad de su territorio, comunicó al Departamento de Estado en Washington, que en México “no había un partido de la guerra a todo trance sino un partido netamente anexionista que estaba decidido a obtener la incorporación a los Estados Unidos a cualquier precio…”
Pobres hombres, monarquistas y liberales “puros”, con ideales de país distintos, pero ambos tan acomplejados, tan deslumbrados por todo aquello que viniera de otras latitudes, que se sentían incapaces ellos mismos de conformar un gobierno que rigiera con paz y justicia su propia nación.
Dicen que la historia la cuenta quien la gana, y para que ampliemos un poco más nuestro criterio te compartimos La biografía de Benito Juárez que nadie nos contó en la escuela.

