
En la Antigua Grecia Dionisio era el dios del vino, el placer, la fiesta, la locura, la fertilidad, el teatro y la desmesura. Fue representado como un hombre mayor de gran barba o como un joven de pelo largo. Se le solía ver con un bastón con punta de piña, una taza para beber, una corona de hiedra, con una pantera o un racimo de uvas. Regularmente se le acompañaba de sátiros y ménades (sus propias ninfas). Después, en Roma se le conoció como Baco.
El mito de Dionisio
Dionisio era hijo de Zeus y la princesa de Tebas, Sémele, una mujer mortal. Hera, la esposa de Zeus, se vistió de anciana y engañó a Sémele durante su embarazo; hizo que Sémele dudara de la divinidad de Zeus y le pidió que se presentara ante ella en toda su gloria. Zeus le rogó que no le pidiera eso, sin embargo se vio obligado a cumplir por juramento, Sémele fue carbonizada por el calor de los rayos del dios. Zeus recuperó al feto del cuerpo de Sémele y lo introdujo en su propio muslo, donde llevó a cabo la gestación pendiente. Hasta que Dionisio nació en el monte Pramnos de la isla Icaria. Su nacimiento de Zeus le confirió la inmortalidad.
Dionisio y el vino
Las ninfas y Sileno, un anciano amable que a menudo estaba borracho pero que tenía el don de profecía, criaron al bebé. Dionisio creció como un joven hermoso, alegre y vivaracho. Fue él quien descubrió el cultivo de la vid y la fermentación de la uva para hacer vino. Más tarde viajó por todas partes enseñando los secretos del arte del vino.
Durante sus viajes, Dionisio tuvo grandes aventuras. La más famosa sucedió cuando unos piratas lo secuestraron, pensando que era un príncipe y querían pedir un rescate. Cuando los piratas intentaron atar a Dionisio, ninguna de sus cuerdas quedó anudada. Dionisio luego se convirtió en un león e imitó el sonido de muchas flautas, lo que enloqueció a sus captores. Presa del pánico, se arrojaron al mar y Dionisio los convirtió en delfines. Según esta leyenda, estos animales son en realidad piratas arrepentidos, por esto ayudan a los náufragos.
El dios Dionisio
Dionisio vagó por el mundo difundiendo su culto. Lo acompañaban las Ménades, mujeres salvajes, amantes del vino y sus efectos, con los hombros cubiertos con una piel de leopardo, portando varas con puntas de piñas. Mientras que otros dioses tenían templos en los que ser adorados, los seguidores de Dionisio lo adoraban en el bosque. Allí, podrían entrar en un estado de éxtasis y locura, destrozando y comiendo crudo cualquier animal que pudieran encontrar.
Dionisio se convirtió en uno de los dioses más importantes y se le asoció con varios conceptos; uno fue el renacimiento después de la muerte; otro concepto era que bajo la influencia del vino, al beberlo, los humanos se sentían poseídos por un poder mayor. A diferencia de otros dioses, Dionisio no era simplemente una deidad al que adorar, sino que también estaba presente entre sus seguidores; en esos momentos, un hombre poseía poderes sobrenaturales y podía hacer cosas que de otra manera no podría hacer.
El festival de Dionisio se celebraba en la primavera cuando las vides comenzaban a producir hojas. Se convirtió en uno de los eventos más importantes del año y su principal actividad era el teatro. La mayoría de las grandes obras de teatro griegas se escribieron para representarse en la fiesta de Dionisio.
Más que un amante de las fiestas y el vino Dionisio era un referente a la fertilidad y a la fuerza.
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