
La cafeína es la droga más popular del mundo gracias a la legislación sobre su consumo: contrario a lo que ocurre con otras sustancias derivadas de las plantas –conocidas como alcaloides–, la cafeína es bien recibida en cualquier horizonte cultural y las legislaciones nacionales de todo el globo no impiden su consumo. A tal grado, que no sólo está presente naturalmente en el café, cacao y otras plantas; su versión sintética es ampliamente utilizada en refrescos, bebidas energéticas y medicinas.
A pesar de que los primeros humanos y las culturas antiguas encontraban alivio al masticar algunas plantas y conocían empíricamente de sus efectos, no fue hasta principios del siglo XIX que se logró aislar químicamente esta sustancia.
Fue el mismo Goethe quien convenció a Friedlieb Ferdinand Runge, un incipiente científico alemán de estudiar a fondo los compuestos de los granos de café. El autor de Fausto (1829) encargó a Runge analizar los frutos del árbol del café para intentar desvelar sus propiedades, después de que Friedrich le mostrara sus hallazgos con la belladonna en los ojos de los gatos.
Hoy sabemos que en el cuerpo humano, una dosis pequeña de cafeína es suficiente para provocar una poderosa reacción en el sistema nervioso central que ahuyenta el sueño y aumenta el estado de alerta, funciona como diurético y eleva la presión arterial. También es común encontrar una versión sintética de la cafeína como acompañante de analgésicos potenciando su efecto; no obstante, Runge jamás recibió un céntimo por su aportación a la química y la vida diaria de millones de individuos.
