«La peor infidelidad es a uno mismo y a sus principios». Juan Gabriel
La conmoción de su muerte es equivalente al interés mediático, ¿se exalta a una imagen o a un artista que permanece en lo etéreo?, ¿a ambos? —vaya, 200 años y las sinfonías de Beethoven siguen vivas a pesar de que a su entierro sólo asistieron unas cuantas personas—. Nadie puede negar que el cantautor era un genio en tanto que se formó de manera autodidacta; logró sintetizar todo un imaginario colectivo en sus canciones más populares, pasando desde el pop hasta “las rancheras”. Juan Gabriel arrastró a través de los años un estilo musical y una idea romántica que hoy sigue perteneciendo a tres generaciones (y las que vienen).
No busco verdades o razones espirituales en este artículo, sino una breve descripción de los límites creados que se transmutan en prejuicios, acompañantes desde hace varios años, de Alberto Aguilera Valadez, mejor conocido como Juan Gabriel:
I – Sobre el arte popular: el ego “culto” y divinizado
«Si el futbol es popular, es porque la estupidez es popular», enmarca Jorge Luis Borges en una frase demoledora, quedando perfecta para iniciar este párrafo pero, ¿a qué nos referirnos al enunciar el adjetivo “popular”?
Al darse la noticia oficial de su muerte, las principales cadenas de televisión emitieron cápsulas especiales recordando al “Divo de Juárez” con una preparación intrépida, escuchando entrevistas tanto con sus familiares como con personas del medio artístico: Alejandro Fernández, Daniela Romo, Roberto Cantoral, Juanes y Ricardo Montaner han sido algunas voces que se hicieron escuchar en televisoras y que se hicieron presentes desde sus cuentas de Twitter. El mundo entero y la farándula se han detenido para dar el último adiós.
«—¿Y a mí qué?, era una figura de las masas y su música no era tan buena,» dicen algunos; «No deberían darle tanta importancia a su muerte. Hace poco murieron Luis Villoro e Ignacio Padilla y nadie hizo tanto desmadre,» replican otros. ¿Y qué, a uno por gustarle Juan Gabriel —y su música de vulgo— o sentir conmoción por su fallecimiento no puede expresarlo?
Lo popular no tiene problema alguno en sus cauces, pues refiere a lo inmanente de la voz de los distintos grupos humanos. El conflicto de lo popular es la pérdida de dicha inmanencia, o que una voz ajena hable por la vox populli(1). Tengamos o no en nuestro televisor un especial de semanas y semana sobre la vida de Juan Gabriel, la gente seguirá escuchándolo y apreciándolo, incluso “más allá de las puertas del cielo”. No hablo de un lenguaje figurado, sino de algo tan claro como las palabras caminantes de Juan Gabriel en un polémico video en el que ‘veta’ a la producción de una gran televisora de su carrera artística por actitudes como la arrogancia, ingratitud y autoritarismo. Son estas caretas las que secuestran la inmanencia de la que hablaba.
II – “Soy divo, ¿y qué?”
En un artículo del escritor Víctor Altamirano(2), se toma la figura de “Juanga” como la revolucionaria transfiguración del charro macho al charro ‘divo’ y, claro, esta inocencia es temible. En la reciente serie biográfica Hasta que te conocí (que proféticamente culminó el día de su muerte), se ha ilustrado de la forma más explícita el mundo sensible de este compositor proletario. Su infancia es una síntesis entre los conceptos de sensation (las vivas sensaciones y percepciones estéticas) y reflection (representación de la memoria y de la fantasía acorde al primero concepto) en el pensamiento empírico de Locke. Es esa etapa de desdicha y refugios –más la restitución constante de algunos caminos existenciales como los maltratos y prejuicios de su familia—, la que le daría la autorreferencia de un ser en “la marginalidad del amor”. Aquí no hay más que un nihilismo de espíritu reemplazado por una lírica romántica, precisa y vaciladora.
¿Qué experiencias pudo tener al estar preso en Lecumberri y dedicarse constantemente a escribir canciones y poemas?, ¿por qué no se unió a los demás reos para hacer pesas o aprender un oficio “de hombres”? Es la fisura entre el machismo rígido y conservador, y el intento de un binomio entre masculinidad y femeneidad.
Respecto a ello, el virtuoso flautista y compositor Horacio Franco nos otorga una aproximación para entenderlo
«… no podemos negar que el impacto social de su música -a mi gusto a veces simplona- le dio al clavo a la sensibilidad poética y sentimental del pueblo mexicano […] Pero lo que más me asombra de este hombre es su capacidad para lograr ser, a pesar de su obvia homosexualidad, un ídolo querido y respetado en un país tan machista como México. Fue respetado, querido —y ahora venerado— por la sociedad, y aunque nunca lo confesó, la gente pasaba por alto su homofobia, sus prejuicios y el escozor que a muchos les causamos, porque su música —nos guste a muchos o no— ha sido un vehículo para que el machista pueblo nuestro se vuelque y se entregue de lleno a su común y corriente pero muy efectivo lenguaje poético musical».
En 2002, el periodista Fernando del Rincón entrevistó a Juan Gabriel con una pregunta que se impregnó en su carrera personal: «¿Juan Gabriel es gay?», a lo que el ‘divo’ respondió: «A usted le interesa mucho, yo le respondo, dicen que lo que se ve no se pregunta, mijo».
III – Algunas contradicciones y deslices (literal)
Otra de las cuestiones que se atraviesan en todo este fenómeno y redescubrimiento de la historia del cantautor fue el apoyo directo que mostró al equipo de un candidato a la presidencia en el año 2000, grabando el tema “Ni Temo ni Chente, Francisco será presidente”. Esta decisión no implica que su forma de actuar sea idéntica a la de los militantes de dicho partido político, ni siquiera que su música pretenda mostrar una posición ideológica clara. Todos somos presas de la ingenuidad en algún instante.
¿Y entonces? Que los inventos e imágenes de intolerancia a la diversidad sexual, los memes y la opinión de la mass-media se muerdan la cola. Nosotros sólo disfrutaremos de las flores y espinas, de bailar en el “noa-noa” y de cantarle al dolor y la desdicha con el basto repertorio un grande.
La cultura popular mexicana está constituida por muchos y diversos elementos, sin duda, la música es uno de los ejemplos más claros, por esa razón te compartimos Las canciones mexicanas que definieron la década de los noventa.
(1) Aquí nos encontramos con una oración que apunta hacia dos verdades sincronizadas. La primera es que sí existe un empleo peyorativo de la frase para dirigirnos hacia “la prole”; la otra es que en esa dirección, la colectividad se ha condenado a falacias ad populum que no sólo le cuestan la veracidad de su opinión, sino su emancipación.
(2) Altamirano, Víctor, Juan Gabriel: Una escuela de la marginalidad, Horizontal, 03 de Noviembre de 2015. En línea en: http://horizontal.mx/juan-gabriel-una-escuela-de-la-marginalidad/
