Malinche, breve historia de nosotros: los hijos de la Chingada

Malinche, breve historia de nosotros: los hijos de la Chingada

Por: Diego Fernandez -



«Después que se hubieron juntado los caciques

de cuatro pueblos más principales, Cortés les habló

 con Doña Marina, que era su voz…»

Bernal Díaz del Castillo


Su nombre era Malintzin (con reverencial náhuatl tzin que la enalteció con el cargo de lo que en castellano se entiende como doña); refiriéndose a ella también como Malinalli (nombre dado al duodécimo día del calendario azteca). Después, Bernal Díaz del Castillo, al traducir lo que escuchaba, transformó el Malintzin a Malinche, forma como es mejor conocida por sus hijos, los hijos de la Chingada. Siendo la Chingada la mujer que fue violada por el hombre extranjero, no por el hecho único de la penetración forzada y violenta, sino porque la Malinche fue violada cuando decidió dejar sus raíces indígenas para apegarse a una cultura que desconocía, pero que terminó dominando como si hubiese nacido en un lejano pueblo de Andalucía.

La malinche

El verbo chingar enriquece con sus variantes el léxico del vulgo y de la aristocracia de México. Algunos lingüistas y escritores, como Octavio Paz, le otorgan el origen etimológico del vocablo a Malinche, siendo el hijo de la Malinche el hijo de la violada, de la india traidora, de la madre adorada por el hijo pero denostada por el prójimo ofendido. La Malinche pasó a ser la Malinchin, y después Malinchingada, para darle el nombre a la palabra más pronunciada por el mexicano.

El mexicano, cuando desea ultrajar al otro, elude a su madre para causarle el dolor más grande: la chinga, es decir, la viola, porque la violación es un acto terrible que mancha lo sagrado de la feminidad mexicana. Al mandar a chingar a la madre del otro, la mandamos a un lugar donde radican traidores y violadores, traicionados y violados.

Chingar es una palabra prohibida que no se dice en la mesa, ni en la iglesia, pero que se comparte en la fiesta, cuando el ánima se libera de las ataduras de la hipocresía y de los buenos modales. Se chinguea al poderoso, al fuerte; el chingón es aquel que tiene la capacidad de violar a los demás; se le llama chingadera a cualquier cosa; el chingaquedito es el que molesta, poco a poco, hasta colmarle la paciencia al otro; chingarse tiene varias connotaciones, pues puede referirse a la acción de hurtar, pero también de ser vencido, de ser jodido, de trabajar arduamente, de estar próximo a violarse a alguien o simplemente de mantener una relación sexual casual, exenta de amor. 

Cortés se chingó a la Malinche y la Malinche se chingó a todos los mexicanos, o eso es lo que dicen las lenguas de la Historia. Malintzin era una indígena tabasqueña radicada en Yucatán, conocedora de la lengua maya de Tabasco y del náhuatl. La capacidad bilingüe de la Malinche fue el conducto que utilizó Hernán Cortés para comunicarse con los indios del Nuevo Mundo, pues el náufrago sevillano, Jerónimo de Aguilar, conocía a la perfección la lengua indígena. La flexibilidad del lenguaje de Aguilar, combinado con los conocimientos del náhuatl de Malinche, fue el dúo perfecto para que el conquistador pudiera desenfundar el arma esencial que sirvió para conquistar pueblos y erigir sus ciudades: la palabra hablada. Malinali fungía como la boca del conquistador español, muchos de los indios de los pueblos conquistados veían en ella una figura divina, una deidad carnal que tenía la capacidad de comunicarse con aquellos dioses de metal que habían llegado desde oriente. Malinali fue la conquistadora, el arma secreta de los teules para convencer a los caciques de las ciudades contrarias al Huey Tlatoani Moctezuma para que se unieran a la causa de ir hacia el centro del Valle de México para derrotar al rey de los mexicas, la raza dorada que gobernaba cada resquicio del gran imperio.   

Cortés y Malintzin, tan odiados y denostados por la historia, son el Adán y la Eva del Génesis de la raza mexicana, no de la mexica, no de la raza cósmica, sino de aquella que inició gracias al mestizaje que llevaría a construir las grandes murallas culturales de un país que aún sigue en construcción.

Todas las civilizaciones del mundo han vilipendiado a la figura femenina. En los textos del primer libro del Pentateuco, los primeros cristianos entendían que Eva había sido la primera mujer nacida de la costilla del hombre. Eva, en representación colectiva, incita al macho a ser invadido por el instinto y a obligarlo a comer del árbol vedado. Para algunos judíos ortodoxos la primera mujer no fue Eva, sino Lilith, quien representa la rebeldía y la unión del ser humano con lo demoniaco. Malintzin, por su parte, comió del fruto prohibido, traicionó a sus hombres, fue expulsada del paraíso y se fijó el objetivo de ser la Marquesa del Valle para dar vida a la cultura del odio a su propia patria: el malinchismo que aún perdura en la cultura mexicana del siglo XXI. El malinchista expone la vergüenza para con el país, para con lo mexicano, porque el veneno dulce que derramó Malintzin en el petate, al acostarse con el enemigo, todavía corre por las venas de los mexicanos que han aprendido a adaptar, inconscientemente, este mito a su vida diaria, rechazando lo nacional y exaltando lo extranjero.

Malinche le ofreció al conquistador lo que nadie pudo ofrecerle: la palabra. Fue rebautizada con el nombre castellano de Marina, la señora de Cortés. Se convirtió en su intérprete (usando como intermediario a Jerónimo de Aguilar). Los indios, acostumbrados a la alabanza del dios prehispánico, encontraron en las palabras del gachupín el sosiego que no encontraban en las del rey-sacerdote que adoraban los mexicas.

La Malinche es la madre del mexicano, de cuyo vientre surge la raza modificada, la raza acomplejada por ser hijos de la Chingada, de la mujer que fue intérprete y amante traicionera del hombre blanco.            

Recordarle al mexicano que proviene del vientre de la Malinche es clavarle una daga justo en su dignidad. Ser un hijo de la Chingada es ser un hijo de nadie, un hijo de cualquiera, un bastardo de una mujer que se metió en el tapete con el enemigo, ignorando los valores morales que otorga la religión heredada, pecando de todo, pero sobre todo, de nacionalismo, llevándola al peor de los pecados: «No traicionarás tus raíces en vano». Mas el historiador Juan Miralles, en su espléndido relato biográfico La Malinche, cuestiona: «¿La Malinche traidora?, ¿pero a quién traicionó? La entidad geopolítica que llamamos México todavía no existía…». En todo caso, y apegándonos a la justicia histórica, los totonacas, los tlaxcaltecas, los huejotzincas, los chalcas, los texcocanos y demás pueblos que se aliaron a los conquistadores, ¿también deben considerarse traidores a la patria?

La historia de la malinche

Las investigaciones antropológicas han dado a conocer que Marina y Cortés fueron los primeros en procrear en la Nueva España, ya que se desconoce el destino de los hijos de Gonzalo Guerrero, quien fuera uno de los primeros marinos españoles en adaptarse a la cultura maya. Con la Malinche surgen los hijos de la Chingada, los mestizos, los que son de todos lados menos de donde pertenecen. Martín fue el nombre del hijo elegido por Hernán Cortés (puesto que así se llamaba su padre). Martín es el Caín de la mitología mestiza, abre un panorama distinto a la hora de analizar el origen de la raza mexicana actual.

Algunos pensadores destacados en la cultura mexicana, especialmente en la investigación y reflexión sobre la filosofía de «la mexicanidad», destacan a la Malinche como el inicio de lo que Samuel Ramos llamó «el complejo de inferioridad» que nos lleva directamente a suponer que el caso de la madre nativa y el padre español es el origen de nuestro marcado machismo, malinchismo, de la corrupción de un sistema político cuasi autoritario y demás males que enferman al país azteca. En su libro El hombre y la Cultura en México, Ramos fundamenta sus palabras con la psicología de Adler, explicando los complejos del hombre basados en esas teorías.

La Malinche representa el odio hacia la madre por parte del hijo mexicano; un odio que se entiende también como una veneración inconsciente por la mujer: ese ser «rajado», castigado por la naturaleza, pero que a pesar de todos sus «errores», es ente divino por sus dotes maternales y por su belleza física. Marina se presenta en la historiografía como el ente que despoja de la cultura azteca y le otorga la cultura mixta, la unión de dos civilizaciones extremas.

la malinche

Lo cierto, retomando el cuestionamiento de Miralles, es que Malintzin es un personaje histórico que ha sufrido las consecuencias de sus actos distorsionados para la redacción de los libros de texto que se leen en las aulas mexicanas. Se le ha bautizado como «la gran traidora» de la Historia de México para darle un sentido al guion de esta telenovela mexica cuya trama tomó consistencia gracias a la creación obligada de «villanos» perversos. La Malinche fue muchas cosas, pero ahora, después del paso de los siglos, podemos afirmar que fue una víctima más de la Historia.

Marina terminaría separada de Cortés, después de procrear con él dos hijos (Martín y María), y se casaría por la Iglesia con un lugarteniente español llamado Juan Jaramillo. Los historiadores tergiversaron su historia, dándole vida al término despectivo de malinchismo y otorgándole la potestad –como madre– de todos nosotros: los hijos de la Chingada.


Para entender más sobre la chingada, y esta herencia cultura propia del mexicano, te invitamos a leer: Octavio Paz y los hijos de la chingada: “Lo chingado es lo pasivo, lo inerte y abierto, por oposición a lo que chinga, que es activo, agresivo y cerrado. El chingón es el macho, el que abre. La chingada, la hembra, la pasividad pura”.

Referencias: