La historia del dios que fue raptado para vivir en el Museo Nacional de Antropología

La historia del dios que fue raptado para vivir en el Museo Nacional de Antropología

Por: Alejandro I. López -

En 1964, los habitantes de Coatlinchán lucharon hasta el último momento para evitar que se llevaran a una deidad a la Ciudad de México al nuevo Museo de Antropología. Ésta es la historia.

«Este monolito fue encontrado en las estribaciones del pueblo de Coatlinchán, Estado de México, cuyos habitantes la donaron generosamente a este Museo en 1964». El primer párrafo de la placa que descansa a los pies de la escultura ubicada en Paseo de la Reforma no deja espacio para la duda: según la versión oficial, el gigante de siete metros es Tláloc y no fue raptado, sino donado generosamente al Museo Nacional de Antropología.


Antes de llegar a la avenida más glamorosa de la capital, Tláloc no era conocido como Tláloc: a juzgar por la gente de su hogar, San Miguel Coatlinchán, aquella representación no podía ser masculina por simple sentido común; llevaba una falda. Para ellos, se trataba de una mujer a menudo identificada con Chalchiuhtlicue, la versión femenina del dios de la lluvia de los nahuas, aunque la mayoría se refería a ella simplemente como “La piedra de los tecomates” porque tenía doce orificios que se llenaban de agua como las jícaras del fruto homónimo.

Durante siglos, el monolito de 168 toneladas vivió bocarriba, mirando al cielo de la cañada de Santa Clara en la Sierra de Texcoco, a tres kilómetros del centro de San Miguel Coatlinchán, Estado de México. En ese lugar era visitado por gente de Coatlinchán y pueblos cercanos, que confirmaban su divinidad al ver los manantiales que bajaban de la Sierra y confluían a su espalda. Entonces le pedían por las lluvias, las buenas cosechas y la abundancia, además de celebrar fiestas en su honor. Desde tiempos inmemoriales, los vecinos mantuvieron una relación activa con el monolito, que habría de finalizar dramáticamente en 1964.

La historia del dios que fue raptado para vivir en el Museo Nacional de Antropología 1Gente observa monolito de Tláloc en la barranca de Santa Clara c. 1960. Fototeca Nacional. Instituto Nacional de Antropología e Historia, México.

La historia del dios que fue raptado para vivir en el Museo Nacional de Antropología 2Vista de Tláloc de Coatlinchán en la Cañada de Santa Clara, panorámica. c. 1960. Fototeca Nacional. Instituto Nacional de Antropología e Historia, México.

La historia del dios que fue raptado para vivir en el Museo Nacional de Antropología 3Personas caminan hacia la cañada de Santa Clara. c.1960. Fototeca Nacional. Instituto Nacional de Antropología e Historia, México.

La historia del dios que fue raptado para vivir en el Museo Nacional de Antropología 4Escultura de Tláloc en la barranca de Santa Clara, Coatlinchán c. 1960. Fototeca Nacional. Instituto Nacional de Antropología e Historia, México.

En busca de un símbolo

A 35 kilómetros de distancia, en un terreno adjunto al Bosque de Chapultepec propiedad del Ministerio de Comunicaciones, desde 1963 se levantaba el Museo Nacional de Antropología, obra insignia con la que el entonces presidente Adolfo López Mateos planeaba cerrar su sexenio. A marchas forzadas, la construcción avanzaba según lo establecido por el omnipresente Pedro Ramírez Vázquez; no obstante, el plan maestro aún tenía un espacio en blanco difícil de llenar, una pieza monumental que dotara de personalidad y espectacularidad al exterior del recinto.

Según el Semanario Proceso, Ramírez Vázquez presentó una maqueta a López Mateos donde una cabeza olmeca traída de La Venta adornaba la entrada principal del museo, propuesta que fue rechazada por el presidente. Al mismo tiempo, se barajaron distintas posibilidades, desde traer un Atlante de Tula, una estela maya de Yaxchilán o Edzná o bien, colocar la mítica Piedra del Sol, una vieja conocedora del oficio, luego de pasar más de seis décadas a un costado de la Catedral Metropolitana.

Ricardo de Robina, ejecutor de la obra diseñada por Ramírez Vázquez, sugirió al arquitecto el monolito de Coatlinchán. Otras versiones apuntan a que fue el mismo López Mateos; lo cierto es que después de una evaluación técnica –probablemente a la ligera– que se decidió desde la oficina del ejecutivo, se determinó que “La piedra de los tecomates” era la pieza elegida para ubicarse afuera del Museo Nacional de Antropología.

La historia del dios que fue raptado para vivir en el Museo Nacional de Antropología 5Monolito de Tlalóc en Coatlinchán, reprografía. c. 1960. Fototeca Nacional. Instituto Nacional de Antropología e Historia, México.

La historia del dios que fue raptado para vivir en el Museo Nacional de Antropología 6Personas sobre la figura de Tláloc en la cañada de Santa Clara c. 1960. Fototeca Nacional. Instituto Nacional de Antropología e Historia, México. 

El secuestro de Tláloc

La visión del monolito era radicalmente distinta entre los pobladores de San Miguel Coatlinchán y la versión institucional a cargo del museo. David Lorente y Fernández describe la concepción de los texcocoanos sobre “La piedra de los tecomates”:

«...en la región el ídolo no era un objeto que remitiese a otra cosa, instancia abstracta provista de valores simbólicos, sino la encarnación física e inmediata de una divinidad, inscrita en el sistema cosmológico vigente. Más que un tesoro de la historia digno de ser preservado, era una entidad “viva”, activa, dotada de subjetividad, conciencia, emociones, dadora de vida y necesitada de ser nutrida con ofrendas o con la “fuerza” transmitida en las fiestas; algo muy lejano, pues, a la noción museística de la estatua como “obra de arte” o “representación”». 

Fue la segunda noción la que llevó a funcionarios del gobierno a organizar visitas cada vez más constantes a la zona –algunas fuentes aseguran que la primera data de 1962–, aunque los trabajos para transportar a la deidad a la Ciudad de México comenzaron oficialmente en febrero de 1964, cuando una constructora fue contratada para apisonar los dos kilómetros del camino de terracería que entonces unían a la Sierra de Santa Clara con la carretera México-Texcoco.

Según un artículo de Arturo Cruz Bárcenas para La Jornada (quien en 2014 entrevistó a Guadalupe Villareal, profesora de secundaria en Coatlinchán y testigo presencial del año en que el monolito abandonó el pueblo), fue el propio Ramírez Vázquez quien se reunió en un primer momento con los delegados del pueblo para advertirles que se llevarían a “La piedra de los tecomates” al nuevo museo:

 «Los principales del pueblo reiteraron que no se la iban a llevar. López Mateos mencionó que si el pueblo no quería, entonces que no se la llevaran. No quería conflictos porque ya iba a terminar su gobierno, pero Ramírez Vázquez reiteró en una junta que se iban a llevar a Tláloc».

La historia del dios que fue raptado para vivir en el Museo Nacional de Antropología 7Gente sobre la escultura de Tlalóc en Coatlinchán. 1960. Fototeca Nacional. Instituto Nacional de Antropología e Historia, México.

La historia del dios que fue raptado para vivir en el Museo Nacional de Antropología 8Gente sobre la escultura de Tláloc. 1964. Fototeca Nacional. Instituto Nacional de Antropología e Historia, México.

La resistencia de Coatlinchán 

La versión más reproducida asegura que en 1963 una asamblea minoritaria decidió aceptar la oferta del Gobierno Federal, que consistía en infraestructura y programas sociales para la comunidad, a cambio del permiso para llevarse al gigante que habitaba en la Sierra de Santa Clara. No obstante, el sentir popular respecto al abandono de Tláloc en Coatlinchán se resumió en un solo acto: impedir a toda costa que se llevaran la piedra de su lugar de origen.

El traslado de Tláloc requería de un despliegue de ingeniería sin precedentes en México. Los siete metros de altura y 167 toneladas de peso del monolito –además del camino– exigían una operación numerosa en términos de costo y personal.

A inicios de 1964, los rumores de que el gobierno estaba a punto de llevarse a Chalchiuhtlicue crecieron hasta que la tarde del 23 de febrero, decenas de trabajadores condujeron un par de tractocamiones y una enorme plataforma de acero con cuerdas del mismo material hasta el lugar donde descansaba el monolito.

La historia del dios que fue raptado para vivir en el Museo Nacional de Antropología 9Hombres junto al monolito de Tlaloc en la plataforma de un trailer. 1964. Fototeca Nacional. Instituto Nacional de Antropología e Historia, México.

Para la medianoche, Chalchiuhtlicue estaba lista para partir hacia la capital a la mañana siguiente, pero la gente de San Miguel Coatlinchán se organizó para sabotear el traslado. Según Lorente y Fernández, la resistencia se llevó a cabo con las herramientas de trabajo de los campesinos:

«Las versiones de lo ocurrido dicen que algunos vecinos trataron de destruir la plataforma y ciertamente la dañaron, mientras que la noche anterior otros cortaron los cables de acero que sujetaban la “piedra”. La memoria colectiva conserva la imagen de la llegada de los soldados como respuesta a la defensa que, con palos, palas y herramientas, hizo de ella la población». 

Después de ponchar las 72 llantas de los tractocamiones y provocar daños menores a la estructura de acero, la situación escaló a tal grado, que el ejército tomó el control de Coatlinchán al día siguiente. Finalmente, el 16 de abril la operación se llevó a cabo en medio de un despliegue del ejército y Tláloc fue puesto en marcha con destino al Museo Nacional de Antropología, ante la incredulidad y el descrédito del pueblo. El testimonio de Guadalupe Villareal para La Jornada da cuenta del drama del momento:

«...se llevaron la piedra en una plataforma hecha especialmente para ello. Fue empujada por unas dos conformadoras y arrastrada por cuatro tráileres. La gente lloraba. Algunos que se enteraban apenas corrían para ver si era cierto. Los soldados gritaban que la gente debía regresarse».

La llegada a la Ciudad de México

La historia del dios que fue raptado para vivir en el Museo Nacional de Antropología 10Multitud en el zócalo, observa la llegada del Tláloc de Coatlinchán. 1964. Fototeca Nacional. Instituto Nacional de Antropología e Historia, México.

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Después de un día entero de camino, Chalchiuhtlicue llegó a la Ciudad de México la noche del 16 de abril de 1964 en medio de una tormenta que, aunada a la cobertura que acaparó las portadas y los titulares de los noticiarios, habría de forjar su identidad en lo sucesivo como Tláloc. 

El ambiente en la capital era radicalmente opuesto al de los texcocoanos: los medios cubrieron el traslado como un festejo, una osadía que reafirmaba el patrimonio cultural de México, en sintonía con los valores nacionales que se pretendían en la época. A las once de la noche, la deidad dio una vuelta al Zócalo y finalmente a la 1:13 del día siguiente, el monolito quedó asentado a un costado de Reforma, donde lleva 55 años. 

La historia del dios que fue raptado para vivir en el Museo Nacional de Antropología 13Descarga de la escultura de Tláloc a su llegada al Museo Nacional de Antropología. 1964. Fototeca Nacional. Instituto Nacional de Antropología e Historia, México.

La historia del dios que fue raptado para vivir en el Museo Nacional de Antropología 14Hombres trabajan en la colocación de Tláloc en el Museo Nacional de Antropología. 1964. Fototeca Nacional. Instituto Nacional de Antropología e Historia, México.

La historia del dios que fue raptado para vivir en el Museo Nacional de Antropología 15Gente observa escultura de Tláloc de Coatlinchán a la entrada del Museo Nacional de Antropología. 1965. Fototeca Nacional. Instituto Nacional de Antropología e Historia, México.

La historia del dios que fue raptado para vivir en el Museo Nacional de Antropología 16Gente reunida en torno a la escultura de Tláloc a la entrada del Museo Nacional de Antropología e Historia. 1966. Fototeca Nacional. Instituto Nacional de Antropología e Historia, México.

El párrafo final de la placa que da cuenta de su origen finaliza: 

«La monumental escultura está inconclusa y representa a la deidad del agua, elemento fundamental en la vida de los habitantes de Teotihuacán, urbe dedicada a la agricultura cuyos habitantes la esculpieron».

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