A ti que sufres en silencio tras el desasosiego que dejó un acto en el que nunca deseaste participar. A ti que ni siquiera te permitieron vivir y ahora yaces oculta tras los escombros entre la podredumbre de una ciudad que no se preocupa por encontrar más muertos, te digo desde lo más profundo de mi corazón, que lo siento, que no sé qué hacer y que me siento impotente cada vez que veo las cifras de los asesinatos y las mujeres víctimas de violencia.

Planeo estrategias en mi cabeza para que sus casos no queden rezagados en archivos eternos que esta política mexicana de mierda no resolverá nunca. Me río de las medidas de seguridad del gobierno que intenta solucionar todo con silbatos o módulos de denuncia que tardan horas en atenderte. Pero también tengo el coraje acumulado por ustedes, que son culpadas por “utilizar la ropa inadecuada, exponerse de más o salir muy noche”.

Veo a mi alrededor y en un conteo mental considero cuántas mujeres están callando el dolor que sufren a diario porque nadie les creerá. Yo te creo y sé que denunciar se convierte en una tarea sinsentido, que tu agresor puede acosarte tanto como para tener miedo de virar hacia cualquier lado y que lo único que quieres es olvidar todo. Tu memoria ya no podrá decirnos nada pero tu cuerpo habla más que cualquier denuncia.

Quisiera ser tan valiente como tú para enfrentarme al futuro con la mejor cara a pesar de que seguramente deseas que tu existencia permanezca en un limbo hasta que el dolor se vaya. Quisiera ser tan valiente como tú como para soportar todo lo que viviste… esas manos tocándote a las que desearías aventar lo más lejos posible, al agresor que seguramente quisiste golpear con todas las fuerzas de tus entrañas. Perdón por todos los que consideran que mentías, perdón por los ignorantes que comienzan a hablar de equidad de género y “Derechos de los hombres” cuando alguien toca el tema de los feminicidios, perdón por la indiferencia que incluso yo he llegado a sentir por considerar tan común la muerte o violación de otra mujer.

Te han hecho creer que eres una más entre tantos muertos y tantas mujeres violadas. El epicentro no es México y ni siquiera creo que sólo sea América Latina, no existe un epicentro sino que la violencia contra las mujeres se generaliza en un horrible vórtice plasmado de opiniones antifeministas que desprestigian los esfuerzos de un grupo de mujeres para hacer que todo pase desapercibido, que entre un número estruendoso de homicidios, los casos hacia las mujeres sean sólo uno más.

Seguramente nunca creíste estar en ese lugar. Nadie podría creerlo hasta vivirlo en carne propia. ¿Qué sentiste? Perdón por preguntarlo así, lo único que quiero es comprenderte y no hablar absurdamente como una ignorante que no entiende lo que estás pasando. Quiero sentir la misma rabia que tú y sé que es imposible pero me uno a tu dolor. Al dolor de mi amiga que entre indignación y miedo me cuenta cómo sufrió abuso de su novio y nunca lo supo. Él le aventaba la comida, cerraba su carro y se iba mientras ella lo esperaba de pie o caminaba de regreso a su hogar, revisaba sus mensajes, incluso le decía tonta y ella creía que era normal… a pesar de ser universitaria y a pesar de educarse con una familia de académicos y personas inteligentes.

Hace unos días abrí Facebook y observé un posteo viral que se transmitía por toda la red de alumnos y exalumnos de la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM. Acusaban a un profesor de acoso sexual. En lugar de que la comunidad estudiantil protegiera el derecho de la joven para hacerlo, defendían al profesor víctima, decían, de estrategias políticas de un grupo de poder en la Facultad, risible pero cierto. Indignante pero más latente que nunca. Entre los universitarios, en las élites del poder, el trabajo o en el barrio, nunca podemos descansar, descuidarnos y estar seguras.
Si usamos vestido, es mejor usar mallas o llevar ropa “adecuada” para el regreso… como si un vestido fuera inadecuado, como si fuera nuestra culpa provocar la agresión. Los vagones dedicados a las mujeres causan indignación entre los caballeros pero aventurarse en hora pico a subir en un espacio con hombres, nos promete manos y miembros calientes y duros en nuestras nalgas, como si de eso dependiera su hombría. Entre ellos se miran con complicidad, se cuidan las espaldas y tú y yo debimos soportarlo como si fuera normal.

Ya no permitiré que te hagan daño, que ensucien tu imagen o te olviden. Prometo denunciar lo que vea. Cuidaré las espaldas de todas. Sé que tu sufrimiento es atroz. Sé que tu dolor no tiene límite. Quisiera vengarte, acabar con los desgraciados que arruinan vidas sólo para reírse del “chiste” con sus amigos o para vanagloriarse en su habitación mientras se masturban con la repetición mental de la escena.

Las políticas gubernamentales probablemente no sirvan para nada pero nosotras podemos hacer que las cosas no se queden así. Dejemos de sufrir en silencio. Denunciemos, apoyemos a las que aún quedamos vivas y discúlpame tú, a quien la policía ocultará para no tener más trabajo. O tú, a quien aún no descubren con el rígor mortis y la suciedad de los días que hacen cada vez más irreconocible tu cadáver. Es hora de que la violencia contra nosotras se acabe y que los días no se sigan contando con víctimas de feminicidios y violaciones en todo el mundo.

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Todas las fotografías pertenecen a Andrea Torres Balaguer

