Cuentos cortos de Juan Rulfo que demuestran por qué es el mejor escritor
Letras

Cuentos cortos de Juan Rulfo que demuestran por qué es el mejor escritor

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Por: mediodigital

18 de febrero, 2017

Letras Cuentos cortos de Juan Rulfo que demuestran por qué es el mejor escritor
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18 de febrero, 2017



“No te equivoques, yo soy tu llano en llamas”, le dije alguna vez intentando que no me dejara.

Se lo escupí a un rostro ya vacío y desesperado con la intención de demostrar que yo era su hogar, que me había convertido en miseria gracias a sus descuidos y que no estaba dispuesto a buscar otros brazos de esperanza, otras manos que me salvaran, pues no había nadie mejor en el universo para mí.

Probablemente no me escuchó tan bien y así terminé por incendiarme.

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Estoy seguro de que, de oírme Juan Rulfo, hubiera carcajeado a morir. Todavía noo defino en mi imaginación si de condescendencia, lástima o complicidad; nuestro genio literato sigue siendo un enigma para mí en muchos sentidos. Sin embargo, algo claro en mi pensamiento sobre sus palabras, su forma de relatar esto que a medias llamamos vida, es su influencia no sólo para narrar, sino para contarnos. Para decirnos mexicanamente. Ejemplo caótico: estas mismas líneas.

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Instauró un método fantástico para rememorar y expresarnos hacia atrás y hacia delante, para recobrar lo sucedido y por suceder mediante un fantasma mágico en nuestro verter lingüístico. La grandeza de Rulfo no sólo radica en la esfera de las letras, también en que:

9. Nos describe y enseña mostrando lo irreal o fantasioso como algo normal y común.

8. Lo ilusorio tiene matices de verosimilitud.

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7. Revive en nuestro interior la desesperanza y el fastidio de respirar en un tono cotidiano, irrenunciable.

6. Somos un infierno que se goza.

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5. La vida que respiramos es una incógnita.

4. Entendemos sin problema que la desdicha nos hace ser más productivos. O no.

3. El tiempo se nos congela, vivimos de los recuerdos o ensoñaciones de algo que quizá no fue y vemos el futuro como un estadio al que jamás se arribará.

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2. Al contarnos, somos monologuistas y repetitivos en un pseudodiálogo.

1. Al narrarnos, no actuamos, sólo recordamos. En plural si es fatídico, en singular si es gozoso.

Todo lo antes mencionado, palpable y vistoso en los cuentos cortos de Rulfo sirve para entender que su función en nuestra cultura, en el registro literario del ser mexicano, o incluso del latinoamericano, no sólo es el de un autor que estudió los actos característicos de nuestra región, sino el de un hombre que revolucionó el arte de contar dentro y fuera de la hoja. A continuación, 8 breves fragmentos que lo demuestran.

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“¡Diles que no me maten!”

“Desde entonces lo supo. Comenzó a sentir esa comezón en el estómago que le llegaba de pronto siempre que veía de cerca la muerte y que le sacaba el ansia por los ojos, y que le hinchaba la boca con aquellos buches de agua agria que tenía que tragarse sin querer. Y esa cosa que le hacía los pies pesados mientras su cabeza se le ablandaba y el corazón le pegaba con todas sus fuerzas en las costillas. No, no podía acostumbrarse a la idea de que lo mataran”.

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“Acuérdate”

“Acuérdate de Urbano Gómez, hijo de don Urbano, nieto de Dimas, aquél que dirigía las pastorelas y que murió recitando el “rezonga ángel maldito” cuando la época de la gripe. De esto hace ya años, quizá quince. Pero te debes acordar de él. Acuérdate que le decíamos “el Abuelo” por aquello de que su otro hijo, Fidencio Gómez, tenía dos hijas muy juguetonas: una prieta y chaparrita, que por mal nombre le decían la Arremangada, y la otra que era rete alta y que tenía los ojos zarcos y que hasta se decía que ni era suya y que por más señas estaba enferma del hipo”.

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“Es que somos muy pobres”

“Aquí todo va de mal en peor. La semana pasada se murió mi tía Jacinta, y el sábado, cuando ya la habíamos enterrado y comenzaba a bajársenos la tristeza, comenzó a llover como nunca. A mi papá eso le dio coraje, porque toda la cosecha de cebada estaba asoleándose en el solar. Y el aguacero llegó de repente, en grandes olas de agua, sin darnos tiempo ni siquiera a esconder aunque fuera un manojo; lo único que pudimos hacer, todos los de mi casa, fue estarnos arrimados debajo del tejabán, viendo cómo el agua fría que caía del cielo quemaba aquella cebada amarilla tan recién cortada”.

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“La noche que lo dejaron solo”

“¿Por qué van tan despacio? -les preguntó Feliciano Ruelas a los de adelante-. Así acabaremos por dormirnos. ¿Acaso no les urge llegar pronto?”

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“Luvina”

“De los cerros altos del sur, el de Luvina es el más alto y el más pedregoso. Está plagado de esa piedra gris con la que hacen la cal, pero en Luvina no hacen cal con ella ni le sacan ningún provecho. Allí la llaman piedra cruda, y la loma que sube hacia Luvina la nombran Cuesta de la Piedra Cruda”.

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“Macario”

“Las ranas son verdes de todo a todo, menos en la panza. Los sapos son negros. También los ojos de mi madrina son negros. Las ranas son buenas para hacer de comer con ellas. Los sapos no se comen; pero yo me los he comido también, aunque no se coman, y saben igual que las ranas. Felipa es la que dice que es malo comer sapos. Felipa tiene los ojos verdes como los ojos de los gatos. Ella es la que me da de comer en la cocina cada vez que me toca comer. Ella no quiere que yo perjudique a las ranas. Pero, a todo esto, es mi madrina la que me manda a hacer las cosas…”

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“No oyes ladrar los perros”

“¿Lloras, Ignacio? Lo hace llorar a usted el recuerdo de su madre, ¿verdad? Pero nunca hizo usted nada por ella. Nos pagó siempre mal. Parece que en lugar de cariño, le hubiéramos retacado el cuerpo de maldad. ¿Y ya ve? Ahora lo han herido”.

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“Nos han dado la tierra”

“Uno ha creído a veces, en medio de este camino sin orillas, que nada habría después; que no se podría encontrar nada al otro lado, al final de esta llanura rajada de grietas y de arroyos secos. Pero sí, hay algo. Hay un pueblo. Se oye que ladran los perros y se siente en el aire el olor del humo, y se saborea ese olor de la gente como si fuera una esperanza”.

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Juan Rulfo, hace más de 70 años, quizá viajando ya hacia la centena, marcó en nuestro imaginario el significado de la lucha y el fracaso, de la hermandad que existe entre conceptos que bien podrían ser siameses en nuestro corazón mexicano. Sus cuentos cortos son muestra de ello y la relevancia que sus palabras-eco tienen en el (no) accionar del diario que vivimos. Juan Rulfo es grande no por sus páginas, es vital por darnos el verbo que precisamos. Puedes continuar con este análisis en Entendiendo a Juan Rulfo: Instrucciones para leer Pedro Páramos correctamente y El llano sigue estando en llamas: las mejores frases de Juan Rulfo.


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Todas las fotografías pertenecen a Graciela Iturbide





Referencias: