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El recuerdo de una noche sin luna. El Árbol de la Noche Triste

Letras El recuerdo de una noche sin luna. El Árbol de la Noche Triste

Busqué a Dios pero recordé que el árbol de la Noche Triste también lo había visto todo. Un petirrojo llevó a mi ventana su respuesta. Acordamos la entrevista. Llegué a Popotla y me senté en la barda del gran árbol. Estaba dormido, era otoño y llevaba un suéter de hojas coníferas. Un poco de basura de la fiesta de la noche anterior ensuciaba el paisaje.

–Buenas, Don Huehue.

–Nadie me había llamado así. En mucho tiempo –respondió mientras bostezaba entre cortezas.

Comenzamos con una charla casual. Quería que ambos nos sintiéramos cómodos con nuestra presencia. Yo quería acostumbrarme a la extrañeza de hablarle a un árbol. Los había abrazado toda mi vida pero esto era demasiado, incluso para mí.


 

No quise preguntarle cosas evidentes o que otros locos le hubieran preguntado antes. Preparé la primera estocada.

–¿Qué ha sido lo más extraño que te ha tocado ver?

–Cientos de años. Lo he visto todo. ¿Y tú preguntas eso?

Pensé que me echaría del lugar. Que alguna de sus ramas me abofetearía y nadie me creería. Habló mientras se tocaba las raíces que emergían del pavimento, como quien recorre sus arrugas.

- Un monje. Perseguido por prostitutas.

- ¿Qué? –inquirí– ¿Hablas en serio? ¿Qué sucedió?

Sentí temblar el piso, pensé que era uno de los sismos característicos de la ciudad. Luego escuché un sonido consecutivo que venía del árbol, el cual interpreté como su risa.

Don Huehue me contó cómo sucedieron las cosas. Era el 28 de octubre de 1848. Largas filas se concentraban a las afueras de la iglesia dedicada a San Simón. Muy bien vestidas, las prostitutas hicieron fila para ir a adorar y rendirle una pequeña ofrenda al santo de su profesión. Un monjecito, sumamente alterado por su calentura…






Referencias: