¿Hasta cuándo me tendrás así? En la espera de una señal que me aclare todas las dudas que no me dejan pensar en otra cosa más que en ti. En ese cabello rizado que quiero despeinar cada mañana y esa sonrisa única que se funde con la mía cuando dices alguna tontera irremediablemente graciosa.


¿Hasta cuándo esperaré a que decidas invitarme a salir? Ese día en el que solos, rodeados de extraños que no signifiquen nada. A punto de pegar nuestros labios para por fin sentir tus comisuras rosadas que muero por besar desde que me empecé a emocionar cada vez que te miraba a lo lejos.


¿Y si no sientes lo mismo? ¿Y si mi mente está creando fantasías en donde sólo existe amistad? No puede ser. No lo creo posible. Tú me miras como yo a ti. Suspiras cuando yo lo hago y buscas cualquier pretexto para acercarte cuando tienes oportunidad.



Invítame. Susúrrame. Tócame. Bésame. Aunque sea por un café. Aunque sea un “descansa, hasta mañana”. No importa que sea la pierna o el hombro. En la mejilla, pero hazlo con tus labios fríos y húmedos que me hacen querer desviar mi rostro para que nuestros labios se encuentren.


[Te puede interesar: Guía para salir de la friendzone en 7 pasos.]

¿Y si lo hago yo? ¿Y si te invito a salir? Un movimiento arriesgado puede arruinar nuestra relación. No quiero que sea amistad pero tampoco imagino que dejemos de conversar. Sería horrible que las cosas se tornaran incómodas porque ni siquiera podría disfrutar tus pláticas nocturnas que me hacen fantasear con mundos donde estemos juntos.


Alucino —como niña de primaria, como si tuviera 10 años, como una estúpida— con universos paralelos en los que vamos al cine y terminas destrozando la película con tu actitud intelectualoide que me vuelve loca. Otros días te imagino quedándote en mi casa, dormidos plácidamente el uno al lado del otro, sin cursilerías, sólo juntos. Pero el sueño que anhelo con más frecuencia es aquél en el que estemos en un viaje lejos, en la playa tal vez; solos, sin preocupaciones, platicando de nuestros libros favoritos y aprendiendo del mundo del otro.




¿Qué sentiré cuando toque con intensidad tu cuerpo por primera vez? ¿Cuando sin ningún tipo de vergüenza me des un beso apasionado? ¿Cuando los dos, completamente desnudos, juguemos, nos mordamos y seamos cómplices sin ningún tipo de restricción?

[Te puede interesar: Qué le pasa a tu cuerpo cuando das un beso apasionado.]




Quizá, si estás leyendo esto, te parezca una ridícula obsesiva que es tan obvia que en cinco párrafos te ha hecho perder todo el interés. Pero te juro que no soy tan intensa, que estas imágenes no son tan recurrentes como para entrar en pánico. Soy normal: sólo un poco boba, patética y distraída. No quiero que te cases conmigo y ni siquiera estoy segura de querer que esto dure demasiado; pero de algún modo, me tienes completamente loca, de esa locura que hace suspirar, la misma que provoca estas cosas absurdas que estás leyendo.


Por favor, nunca me cuentes de tus demás conquistas, no me llames amiga ni me hables de tu poca fe en el amor. Sigue con esa actitud enigmática y las charlas banales que tenemos a diario. Contágiate con mi sonrisa y cuéntame tus preocupaciones. Si te gusto pero no te atreves, si crees que las cosas cambiarán, mándame una indirecta —aunque claro, para mí cualquier gesto que hagas me suena indirecta—. Si no quieres que alguien se entere, puedo ser discreta, entiendo las complicaciones que implica nuestro universo. Pero si me quieres, dímelo, así, sincero, tajante, de una vez por todas.


¿Qué tal si mañana morimos? Aprovechemos ahora que compartimos espacio y tiempo. Ahora que los dos —o no— queremos estar juntos y fundirnos en uno. Si tienes otros planes, ya no juegues conmigo ni con mis asquerosamente cursis sentimientos, porque nací para creer en el amor y te juro, tengo ganas de que tú también creas en él.




*
Fotografías de:
Mau Chalard
Sara Lorusso
Mehran Djojan
Platini Dreams

