¿Por qué los intelectuales se dedican a discutir entre ellos en lugar de mejorar al mundo?
Letras

¿Por qué los intelectuales se dedican a discutir entre ellos en lugar de mejorar al mundo?

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Por: Acsel Reyes

3 de octubre, 2017

Letras ¿Por qué los intelectuales se dedican a discutir entre ellos en lugar de mejorar al mundo?
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3 de octubre, 2017


“Nada menos agresivo que un hombre que baja la vista para leer un libro que sostiene en sus manos.”

Enrique Vila-Matas


“3561” era el número de habitación del manicomio donde se encontraba el admirado escritor suizo Robert Walser (1878-1956). Autor de obras tan icónicas como El Paseo (1917) o Jakob von Gunten (1909), Walser fue un personaje extraño y entrañable; un hombre que podría representar en su escritura la belleza y redención de un paseo por ciudades inolvidables. Fue una persona que procuraba su desaparición, sabía que la existencia no era más que un accidente que había que concluir de la manera más noble posible. No resulta extraño que el día de su muerte se le encontrará a unos pasos de la clínica psiquiátrica de Herisau, abatido dentro de un hermoso campo de nieve que adornaba la época de navidad.


¿Por qué los intelectuales se dedican a discutir entre ellos en lugar de mejorar al mundo? 1


Admirado por personajes como Franz Kafka y Robert Musil, resulta inevitable recordarlo en nuestra época, llena de engrandecimiento de mentes mentecatas y soberbia intelectual; una época en la que los principales escarnios y apoyos para las nuevas generaciones de jóvenes escritores quedan reducidos a una élite intelectual aristocrática que recibe becas vitalicias para apoyar al gobierno o simular hacer crítica contra él. Un tema preocupante actualmente es que hay una separación visible entre la cultura popular y la alta cultura. Argumentar que las bellas obras de arte europeas, la poesía de la época de oro español o la música clásica de Beethoven o Bach, están por encima de los boleros latinoamericanos o de la música ranchera de José Alfredo Jiménez, nos lleva a olvidar que cualquier manifestación artística de cualquier época inicia con un malestar hacia la realidad. Como diría el poeta y escritor portugués Fernando Pessoa: “la Literatura, como el arte en general, es la prueba de que la vida no basta”.


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La reflexión y la crítica hacia el mundo que nos rodea es un mal necesario dentro de un mundo perfectible e incomprensible desde su nacimiento. Procurar la lectura, incentivar la cultura y formar grupos de personas con afinidades recreativas entre sí resulta necesario; sin olvidar que estas acciones son un sinónimo de libertad, y nunca un modo de engrandecimiento y exclusión. Usar al arte como un arma en vez de un medio de individualización —o para intentar sacar lo mejor de cada ser humano, como pretendían los griegos— es igual de agresivo y despreciable que un político llenando de espaldarazos a sus semejantes.


El escritor Michel de Montaigne —para muchos el creador del ensayo moderno— dio vida a su obra en la torre de su castillo, teniendo como concepción de la filosofía la muerte. Es decir, la reflexión constante ayudaba al ser humano a prepararse para el trágico momento. Todos tenemos toda una vida para arrepentirnos y, como lo hizo en su momento el también filósofo Ludwig Wittgenstein, caemos en la contradicción y antes de morir nos desmentimos.


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La sociedad actual —que condena la duda, el error y la reflexión como un signo de debilidad— nos lleva a recordar a Montaigne y a muchos otros pensadores que lograron vivir una de las mejores cosas que le pueden suceder a los seres humanos: descubrir que estamos equivocados. El arte, en general, nos conduce a un estado saludable de desasosiego y empatía con el mundo que nos rodea. Permanecer en una constante búsqueda de lo que nos define debe ser el camino del hombre consciente de su entorno y su imperfección.


Síntomas claros de la decadencia cultural es la falta de tolerancia y la capacidad de ceder en nuestras relaciones laborales, sociales y sentimentales. La incapacidad de crítica hacia lo que nos rodea y a nosotros mismos, nos conduce a un estado de egocentrismo e ineptitud al crear relaciones y afectos que perduren con el paso del tiempo. El deber de los intelectuales no es el de condenar al grupo de personas poco ilustradas, sino de acercarlos hacia la concepción de la cultura como la habilidad de aceptar la otredad.


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Ser cuidadosos con nuestras influencias debe ser parte de la formación de personas cívicamente educadas, sentimentalmente humanizadas e intelectualmente ilustradas. Balzac creía que la novela era la historia privada de las naciones, por lo que era más confiable que los periódicos. Al leer los diarios de circulación nacional hace falta preguntarnos qué tan influenciados, imparciales y veraces pueden llegar a ser. Poco se han modificado los principales titulares: se descubre desfalco de empresarios de transnacionales, político corrupto escapa de su Estado con millones, crece el número de suicidios en adolescentes.


Sin embargo, no debemos caer en la ficción absoluta. Sólo aprendiendo de nuestra realidad seremos capaces de crear un estilo de vida más benéfico para nosotros mismos, para nuestros semejantes y nuestra sociedad. Y es allí donde entra la labor del escritor, narrar la vida de un modo que implique el enriquecimiento intelectual y, sobre todo, emocional.


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Referencias: