Poemas de Gabriela Mistral, una mujer que le habló a la muerte

Sábado, 21 de octubre de 2017 14:51

|Diego Cera
poemas de gabriela mistral

Cada palabra que compone un poema está cargada de pasiones y sentimientos encontrados, obviamente estos no son la excepción.



¿Qué tiene la poesía que hace llorar incluso a un niño de cuatro años?


Aunque para algunas personas un poema no es más que un conjunto de palabras cursis ordenadas armoniosamente, hay otros con un poco más de criterio que deciden ir más allá de las palabras. Encontrar un trasfondo incluso dentro de la idea más clara es necesario para saber apreciar un verso en toda su extensión; no importando lo breve que éste sea o lo simple de su construcción. Hacer de lo simple lo hermoso o convertir el amor en dolor, todo ello dentro de la retórica tiene un nombre, sin embargo, nosotros decidimos llamarle Gabriela Mistral.


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Que si sólo son palabras bonitas. Que si está hecha de versos domésticos. Que si es una poética muy fácil de masticar. Los prejuicios en torno a la obra de esta poeta chilena cuyo verdadero nombre era Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga son nada en comparación con la gloria que vino a su vida a partir de su nombramiento como ganadora del Premio Nobel de Literatura en 1945.


Para explicar el juego de contraposiciones entre su poética y su vida podemos citar Sonetos de la muerte, donde a pesar de los versos cargados de ternura y amor únicos, puede leerse el dolor que, supuestamente, sintió a partir del suicidio de Romelio Ureta en 1909, el hombre de quien se rumora que Mistral estuvo profundamente enamorada, decidió quitarse la vida tras no poder pagar una fuerte suma de dinero que había extraído de la caja fuerte de un ferrocarril que operaba. El hombre murió, de eso no hay duda, pero si es que los versos de Sonetos... van dedicados a él, la ternura que los caracteriza ─a estos y a cuantos conforman su obra poética─ nos hace pensar que Gabriela Mistral fue capaz de hablar con la muerte para devolverle la vida a su amor por medio de sus letras.


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A continuación te presentamos los mejores poemas de Gabriela Mistral:







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Doña Primavera


Doña Primavera 

viste que es primor, 

viste en limonero 

y en naranjo en flor. 


Lleva por sandalias 

unas anchas hojas, 

y por caravanas 

unas fucsias rojas. 


Salid a encontrarla 

por esos caminos. 

¡Va loca de soles 

y loca de trinos! 


Doña Primavera 

de aliento fecundo, 

se ríe de todas 

las penas del mundo... 


No cree al que le hable 

de las vidas ruines. 

¿Cómo va a toparlas 

entre los jazmines? 


¿Cómo va a encontralas 

junto de las fuentes 

de espejos dorados 

y cantos ardientes? 


De la tierra enferma 

en las pardas grietas, 

enciende rosales 

de rojas piruetas. 


Pone sus encajes, 

prende sus verduras, 

en la piedra triste 

de las sepulturas... 


Doña Primavera 

de manos gloriosas, 

haz que por la vida 

derramemos rosas: 


Rosas de alegría, 

rosas de perdón, 

rosas de cariño, 

y de exultación.


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Ruth



Ruth moabita a espigar va a las eras, 

aunque no tiene ni un campo mezquino. 

Piensa que es Dios dueño de las praderas 

y que ella espiga en un predio divino. 


El sol caldeo su espalda acuchilla, 

baña terrible su dorso inclinado; 

arde de fiebre su leve mejilla, 

y la fatiga le rinde el costado. 


Booz se ha sentado en la parva abundosa. 

El trigal es una onda infinita, 

desde la sierra hasta donde él reposa, 


que la albundancia ha cegado el camino... 

¡Y en la onda de oro la Ruth moabita 

viene, espigando, a encontrar su destino! 


II 


Booz miró a Ruth, y a los recolectadores 

dijo: «Dejad que recoja confiada...» 

Y sonrieron los espigadores, 

viendo del viejo la absorta mirada... 


Eran sus barbas dos sendas de flores, 

su ojo dulzura, reposo el semblante; 

su voz pasaba de alcor en alcores, 

pero podía dormir a un infante... 


Ruth lo miró de la planta a la frente, 

y fue sus ojos saciados bajando, 

como el que bebe en inmensa corriente... 


Al regresar a la aldea, los mozos 

que ella encontró la miraron temblando. 

Pero en su sueño Booz fue su esposo... 


III 


Y aquella noche el patriarca en la era 

viendo los astros que laten de anhelo, 

recordó aquello que a Abraham prometiera 

Jehová: más hijos que estrellas dio al cielo. 


Y suspiró por su lecho baldío, 

rezó llorando, e hizo sitio en la almohada 

para la que, como baja el rocío, 

hacia él vendría en la noche callada. 


Ruth vio en los astros los ojos con llanto 

de Booz llamándola, y estremecida, 

dejó su lecho, y se fue por el campo... 


Dormía el justo, hecho paz y belleza. 

Ruth, más callada que espiga vencida, 

puso en el pecho de Booz su cabeza.




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Canción amarga


¡Ay! ¡Juguemos, hijo mío, 

a la reina con el rey! 


Este verde campo es tuyo. 

¿De quién más podría ser? 

Las oleadas de la alfalfa 

para ti se han de mecer. 


Este valle es todo tuyo. 

¿De quién más podría ser? 

Para que los disfrutemos 

los pomares se hacen miel. 


(¡Ay! ¡No es cierto que tiritas 

como el Niño de Belén 

y que el seno de tu madre 

se secó de padecer!) 


El cordero está espesando 

el vellón que he de tejer. 

Y son tuyas las majadas, 

¿De quién más podrían ser? 


Y la leche del establo 

que en la ubre ha de correr, 

y el manojo de las mieses 

¿de quién más podrían ser? 


(¡Ay! ¡No es cierto que tiritas 

como el Niño de Belén 

y que el seno de tu madre 

se secó de padecer!) 


¡Sí! ¡Juguemos, hijo mío, 

a la reina con el rey!


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Corderito


Corderito mío, 

suavidad callada: 

mi pecho es tu gruta 

de musgo afelpada. 


Carnecita blanca, 

tajada de luna: 

lo he olvidado todo 

por hacerme cuna. 


Me olvidé del mundo 

y de mí no siento 

más que el pecho vivo 

con que te sustento. 


Y sé de mí sólo 

que en mí te recuestas. 

Tu fiesta, hijo mío, 

apagó las fiestas.


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Nocturno


Padre Nuestro, que estás en los cielos, 

¡por qué te has olvidado de mí! 

Te acordaste del fruto en febrero, 

al llagarse su pulpa rubí. 

¡Llevo abierto también mi costado, 

y no quieres mirar hacia mí! 


Te acordaste del negro racimo, 

y lo diste al lagar carmesí; 

y aventaste las hojas del álamo, 

con tu aliento, en el aire sutil. 

¡Y en el ancho lagar de la muerte 

aun no quieres mi pecho oprimir! 


Caminando vi abrir las violetas; 

el falerno del viento bebí, 

y he bajado, amarillos, mis párpados, 

por no ver más enero ni abril. 


Y he apretado la boca, anegada 

de la estrofa que no he de exprimir. 

¡Has herido la nube de otoño 

y quieres volverte hacia mí! 


Me vendió el que besó mi mejilla; 

me negó por la túnica ruin. 

Yo en mis versos el rostro con sangre, 

como Tú sobre el paño, le di, 

y en mi noche del Huerto, me han sido 

Juan cobarde y el Ángel hostil. 


Ha venido el cansancio infinito 

a clavarse en mis ojos, al fin: 

el cansancio del día que muere 

y el del alba que debe venir; 

¡el cansancio del cielo de estaño 

y el cansancio del cielo de añil! 


Ahora suelto la mártir sandalia 

y las trenzas pidiendo dormir. 

Y perdida en la noche, levanto 

el clamor aprendido deTi: 

¡Padre Nuestro, que estás en los cielos, 

por qué te has olvidado de mí!


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Todas íbamos a ser reinas


Todas íbamos a ser reinas, 

de cuatro reinos sobre el mar: 

Rosalía con Efigenia 

y Lucila con Soledad. 


En el valle de Elqui, ceñido 

de cien montañas o de más, 

que como ofrendas o tributos 

arden en rojo y azafrán, 


Lo decíamos embriagadas, 

y lo tuvimos por verdad, 

que seríamos todas reinas 

y llegaríamos al mar. 


Con las trenzas de los siete años, 

y batas claras de percal, 

persiguiendo tordos huidos 

en la sombra del higueral, 


De los cuatro reinos, decíamos, 

indudables como el Korán, 

que por grandes y por cabales 

alcanzarían hasta el mar. 


Cuatro esposos desposarían, 

por el tiempo de desposar, 

y eran reyes y cantadores 

como David, rey de Judá. 


Y de ser grandes nuestros reinos, 

ellos tendrían, sin faltar, 

mares verdes, mares de algas, 

y el ave loca del faisán. 


Y de tener todos los frutos, 

árbol de leche, árbol del pan, 

el guayacán no cortaríamos 

ni morderíamos metal. 


Todas íbamos a ser reinas, 

y de verídico reinar; 

pero ninguna ha sido reina 

ni en Arauco ni en Copán. 


Rosalía besó marino 

ya desposado en el mar, 

y al besador, en las Guaitecas, 

se lo comió la tempestad. 


Soledad crió siete hermanos 

y su sangre dejó en su pan, 

y sus ojos quedaron negros 

de no haber visto nunca el mar. 


En las viñas de Montegrande, 

con su puro seno candeal, 

mece los hijos de otras reinas 

y los suyos no mecerá. 


Efigenia cruzó extranjero 

en las rutas, y sin hablar, 

le siguió, sin saberle nombre, 

porque el hombre parece el mar. 


Y Lucila, que hablaba a río, 

a montaña y cañaveral, 

en las lunas de la locura 

recibió reino de verdad. 


En las nubes contó diez hijos 

y en los salares su reinar, 

en los ríos ha visto esposos 

y su manto en la tempestad. 


Pero en el Valle de Elqui, donde 

son cien montañas o son más, 

cantan las otras que vinieron 

y las que vienen cantarán: 


«En la tierra seremos reinas, 

y de verídico reinar, 

y siendo grandes nuestros reinos, 

llegaremos todas al mar».


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Los sonetos de la muerte



Del nicho helado en que los hombres te pusieron, 

te bajaré a la tierra humilde y soleada. 

Que he de dormirme en ella los hombres no supieron, 

y que hemos de soñar sobre la misma almohada. 


Te acostaré en la tierra soleada con una 

dulcedumbre de madre para el hijo dormido, 

y la tierra ha de hacerse suavidades de cuna 

al recibir tu cuerpo de niño dolorido. 


Luego iré espolvoreando tierra y polvo de rosas, 

y en la azulada y leve polvareda de luna, 

los despojos livianos irán quedando presos. 


Me alejaré cantando mis venganzas hermosas, 

¡porque a ese hondor recóndito la mano de ninguna 

bajará a disputarme tu puñado de huesos! 


II 


Este largo cansancio se hará mayor un día, 

y el alma dirá al cuerpo que no quiere seguir 

arrastrando su masa por la rosada vía, 

por donde van los hombres, contentos de vivir... 


Sentirás que a tu lado cavan briosamente, 

que otra dormida llega a la quieta ciudad. 

Esperaré que me hayan cubierto totalmente... 

¡y después hablaremos por una eternidad! 


Sólo entonces sabrás el por qué no madura, 

para las hondas huesas tu carne todavía, 

tuviste que bajar, sin fatiga, a dormir. 


Se hará luz en la zona de los sinos, oscura; 

sabrás que en nuestra alianza signo de astros había 

y, roto el pacto enorme, tenías que morir... 


III 


Malas manos tomaron tu vida desde el día 

en que, a una señal de astros, dejara su plantel 

nevado de azucenas. En gozo florecía. 

Malas manos entraron trágicamente en él... 


Y yo dije al Señor: ?«Por las sendas mortales 

le llevan. ¡Sombra amada que no saben guiar! 

¡Arráncalo, Señor, a esas manos fatales 

o le hundes en el largo sueño que sabes dar! 


»¡No le puedo gritar, no le puedo seguir! 

Su barca empuja un negro viento de tempestad. 

Retórnalo a mis brazos o le siegas en flor». 


Se detuvo la barca rosa de su vivir... 

¿Que no sé del amor, que no tuve piedad? 

¡Tú que vas a juzgarme, lo comprendes, Señor!






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Yo no tengo soledad


Es la noche desamparo 

de las sierras hasta el mar. 

Pero yo, la que te mece, 

¡yo no tengo soledad! 


Es el cielo desamparo 

si la Luna cae al mar. 

Pero yo, la que te estrecha, 

¡yo no tengo soledad! 


Es el mundo desamparo 

y la carne triste va. 

Pero yo, la que te oprime, 

¡yo no tengo soledad!






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Me tuviste


Duérmete, mi niño, 

duérmete sonriendo, 

que es la ronda de astros 

quien te va meciendo. 


Gozaste la luz 

y fuiste feliz. 

Todo bien tuviste 

al tenerme a mí. 


Duérmete, mi niño, 

duérmete sonriendo, 

que es la Tierra amante 

quien te va meciendo. 


Miraste la ardiente 

rosa carmesí. 

Estrechaste al mundo: 

me estrechaste a mí. 


Duérmete, mi niño, 

duérmete sonriendo, 

que es Dios en la sombra 

el que va meciendo.


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Balada de mi nombre


El nombre mío que he perdido, 

¿dónde vive, dónde prospera? 

Nombre de infancia, gota de leche, 

rama de mirto tan ligera. 


De no llevarme iba dichoso 

o de llevar mi adolescencia 

y con él ya no camino 

por campos y por praderas. 


Llanto mío no conoce 

y no la quemó mi salmuera; 

cabellos blancos no me ha visto, 

ni mi boca con acidia, 

y no me habla si me encuentra. 


Pero me cuentan que camina 

por las quiebras de mi montaña 

tarde a la tarde silencioso 

y sin mi cuerpo y vuelto mi alma.








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Respecto al niño de cuatro años, sólo puedo decir que "Doña Primavera" me conmovió tanto que no pude hacer otra cosa más que llorar frente a una audiencia de madres de familia que esperaban ver a sus hijos actuar en un festival escolar. Así le llamemos nervios, sensibilidad temprana o el impacto de estar ante una gran construcción poética, la habilidad que Gabriela Mistral impregnó en su escritura la ha convertido en uno de los grandes pilares de la literatura chilena, porque por supuesto que ésta no sólo está hecha de nerudas.



Diego Cera

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