Dos hombres hacen un ritual en una pagoda. Los observo. Estoy en la azotea de un adoratorio. Ambos hombres llevan una coleta como la mía. Portan solamente un fundoshi. Son Samuráis. Hunden sus katanas en sus vientres. Me observan. Un zorro lustra mis botas negras. Mis botas desgastadas. Tengo ocho años. Al fondo se escucha “Dr. Psiquiatra” de Gloria Trevi. En mi mente sólo quiero escuchar “Noches de tu piel”. Pero no puedo. El zorro hunde una espada en mi ombligo. Me despierto.

Tú estás loco, decían mis papás, llevas días golpeándote la cabeza contra la pared. No dejas de escuchar esa canción, una y otra vez. Esa misma canción: “Tu piel, ¿de qué es? / ¿por qué me hipnotiza?”. Tú estás loco, ¿ya tomaste tus pastillas? Si no lo haces vamos a tener que internarte. Mira cómo te has dejado la cabeza. Tenía ocho años. Mis padres me sacaban de mi pagoda personal. Me hundían un arma de electrochoque en el ombligo. Me desmayaba. Yo despertaba.
Mucho se ha escrito acerca de la locura: su historia, sus causas y sus efectos, sus símbolos, y su naturaleza cambiante, sus numerosos nombres, escribiría Cristina Rivera Garza en el libro La Castañeda (Tusquets, 2010) sobre aquel Manicomio General que abriría sus puertas en 1910 bajo el epítome de progreso y orden en medio del Porfiriato arcaico. Un manicomio que estaba ubicado en los bordes de la Ciudad de México, con un diseño arquitectónico francés y un método de crueldad mexicano, hasta que se derribó en 1930. La Castañeda representaba a un “propósito modernizador de conocimiento científico y a la reproducción de las jerarquías sociales existentes”.
Un manicomio de fantasmas, un edificio que narra historias, un ente arquitectónico vivo que contenía el dolor, la ansiedad y la tristeza de toda una ciudad; pero que también inmovilizaba la creatividad de sus pacientes, la creatividad reprimida, el baile prohibido y el ruido aminorado. El ruido queriendo salir, mucho ruido queriendo emerger de los cuerpos enfermos, de las paredes, del Manicomio General de La Castañeda. Por eso se nombraron así los locos, para rendirle tributo a ese ruido amordazado. “La Castañeda”, un tributo al ruido y a la locura.

Ya hace 27 años que comenzó la odisea de un Ulises muy perturbado, acompañado de cinco músicos gitanos dementes. Una odisea para formar un sonido que emanara del dolor enclaustrado en aquellos murallones. El sonido de los apestados, los marginados, los rechazados, los hijos de ella, la locura. Y desde hace 27 años he crecido con ese sonido incrustado en la cabeza, como un modus vivendi, como se lleva a la misma esquizofrenia en la mente, en la orejas. La Castañeda es el soundtrack de mi locura. El nacimiento de un proyecto y la modernidad de una tradición musical nació ahí, en ese “mal sueño para la psiquiatría mexicana”, como diría alguna vez la historiadora Cristina Sacristán. Para muchos de nosotros representó la cuna del intelecto, el origen de la genialidad, de la maldad, de la psiquiatría mexicana, aquella que derribaría Díaz Ordaz el 29 de junio de 1968 para que ese vergonzoso recuerdo no apestara las olimpiadas.

Díaz Ordaz demolió la primera Castañeda, como también quiso demoler al otro psiquiátrico, al del rock mexicano, pero no pudo, y justo en ese momento, en la derrota del gorila, con esa euforia, nació la segunda Castañeda para recordarnos que la locura existirá siempre y que no puede ser tratada, nunca derribada. Para recordarnos que la locura existirá siempre que una guitarra eléctrica sea conectada a un amplificador.
Al observar el abismo durante mucho tiempo, el abismo termina observándonos. Esta banda oriunda de la Ciudad de México interpreta en cada canción —como si los barrotes imaginarios que nos contienen fueran las notas de nuestra vida— nuestro abismo, nuestra jaula. Después de que La caja de Pandora se cerrara para siempre fue que emergieron los verdaderos locos, y se volvió a institucionalizar La Castañeda en 1989. Con hombres desquiciados como Moreno, de León, Blendel y Escamilla. Hurgaron su primera manía ese mismo año, un LP titulado “Servicios generales” y es que de verdad La Castañeda estaba dispuesta a todo, a realizar cualquier servicio con tal de enloquecer al “rock mexicano” tan lleno de ídolos de porcelana, tan emitido en directo por el canal dos en domingo, siempre los domingos y en directo, justo como se transmiten las muertes en este país: en vivo y en directo.

El ardid continuó en el 93, demasiada locura para un sólo disco, por lo que emergió de las celdas “Servicios generales II”, al que le siguieron “El globo negro” (1993) y “El hilo de plata” (1996), desde la que proviene esta joya de sufrimiento amargo: “Quisiera ser sano y sabio / quisiera estar bien por siempre / pero me estoy arrastrando / y sé que quien va a mi lado / lleva esta cruz en su mente”. Después rompieron todo con los almidonados cuellos blancos de BMG y durante cuatro años el Manicomio General del Ruido permaneció cerrado. Pero abrió, de nuevo, sus lujosas puertas en una zambra ácida y espesa con la edición de “Trance”, esta vez más locos que siempre, más eclécticos y más experimentales. Mucha electrónica, mucho noise saliendo de las rejas del psiquiátrico más escandaloso de México.
El segundo Manicomio General La Castañeda se cerró, otra vez, parcialmente en el 2000. Los locos dejamos de bailar. Lo samuráis que habitaban en mí arrojaban sus katanas al fuego, Los Castas tiraban la toalla.
Volvieron en el 2003, el año en que murió Roberto Bolaño. Retornaron como “La Casta”, y tres años más tarde incendiaron el psiquiátrico con “Llama doble: Primera llama” la secuela de una “película de acostumbrada locura”. A partir de esto los locos se reunieron con el psiquiatra una vez al año hasta el día de hoy, cuando se cumplen 27 años de carrera artística. 27 años de locura inusitada, justo cuando sus integrantes y su público están más enfermos que nunca.
El manicomio sigue abierto y los samuráis están prófugos en mi cabeza. Sienten el dolor en sus pechos, siente la zambra al igual que la banda. Ha pasado el tiempo y ya se percibe el dolor de volvernos modernos pero nunca cuerdos.
Como cada año, en esta visita al psiquiatra, La Castañeda celebró su aniversario con un concierto dedicado a repasar sus locuras. La banda eligió la Carpa Astros como el recinto en que se llevó a cabo el psicoanálisis que simbolizó los recitales de la “La Casta”. El espectáculo llevó por título “27 años y una noche: El Delirio de Lucrecia”, una reinterpretación de Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll.
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La locura es parte esencial de los grandes músicos, descubre quiénes también fueron criminales perseguidos por el FBI. Y si deseas seguir leyendo sobre la demencia, estos 7 cuentos demuestran que cualquiera puede perder la cordura.

