Cuenta un mito urbano que:
“Un hombre un poco ebrio entró a un bar, se sentó junto a un gran ventanal y se quedó dormido profundamente sobre la mesa. Empezó a soñar que era un despiadado rey francés, déspota con el pueblo que estaba a su cuidado; hasta que una revolución lo llevó a la guillotina y el sueño se transformó en pesadilla. Al momento preciso en que se encontraba soñando, un viento enorme sopló fuera del bar, rompió el gran ventanal y una certera pieza de vidrio cayó sobre el cuello del pobre hombre, matándolo al instante.”

Este tipo de eventos son lo que el psiquiatra suizo Carls Gustav Jung (1875-1961) llamaba sincronicidad; “la simultaneidad de dos sucesos vinculados por el sentido pero de manera acausal”. Esta última palabra no figura en el diccionario. Para comprender lo “a-causal” primero hay que saber que la causalidad es la ley en virtud de la cual se producen efectos; es el conjunto de relaciones causa-efecto. Es fundamental en todas las ciencias naturales —especialmente en la Física—; también es la base filosófica del Determinismo, la doctrina filosófica que establece que toda acción o pensamiento está definida por una cadena de causas inamovibles. Es decir que la causalidad se remite a la causa, origen y principio de un evento que sucede.

La casualidad es la combinación de circunstancias que no se pueden prever ni evitar, se explica mejor como algo azaroso, un caso fortuito sin rumbo ni orden; se refiere a eventos que ocurren sin que haya una relación causal entre ellos. Como encontrarse a una vieja amiga en la calle, sin haberse citado previamente. La acausalidad ocurre cuando no se puede determinar la causa de un evento, y cuando sólo resulta viable pensar en la estadística; la casualidad se considera cuando no se sobrepasan los límites de la probabilidad.
La probabilidad es aquello que puede suceder según datos numéricos, se funda en la razón prudente y puede ser comprobada. ¿Pero es posible “probar” la sincronicidad? Jung la definía también como la “coincidencia significativa”; es decir, la coincidencia de dos o más acontecimientos no relacionados entre sí causalmente, cuyo contenido es idéntico o semejante. Un ejemplo sería cuando una imagen mental nuestra (subjetiva) coincide con un suceso natural (objetivo). Como si con nuestra mente reflejáramos la realidad sin alguna explicación. Sería como encontrarse a una vieja amiga en la calle habiendo soñado con ella previamente.

En el mito urbano narrado es posible que el hombre haya soñado que era un rey a punto de ser decapitado; pero definitivamente no es probable, ya que nadie pudo saber lo que el hombre soñaba justo en el momento en el que el vidrio le cortaba la cabeza. El mito es falso, pero no por eso deja de tener significado en la conciencia colectiva de la sociedad. ¿No serán los mitos el sueño de la humanidad?
Quizá creemos en coincidencias o que el Universo es azaroso y caótico, o tal vez somos fieles a las ideas deterministas en las que cada acontecimiento tiene un origen definido; lo cierto es que como seres humanos siempre tratamos de dar una explicación a las cosas. Nuestro cerebro trata de dar un sentido y un orden a la realidad que nos rodea —aunque sea con mitos urbanos—, porque sólo a través del entendimiento y el orden podemos sobrevivir y tratar de protegernos. La mitología, las “casualidades”, las explicaciones matemáticas, las ciencias y las supersticiones, todo ello no es más que una forma en la que la humanidad lidia con su propia mortalidad.

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