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Home Estilo de Vida Viajes

La filosofía del viajero que demuestra que es más que ir a lugares bonitos

David Solís by David Solís
diciembre 21, 2016
in Viajes
La filosofía del viajero que demuestra que es más que ir a lugares bonitos

La filosofía del viajero que demuestra que es más que ir a lugares bonitos

Hay quienes viajan demasiadas veces al año, visitan diferentes destinos y regresan a casa con una colección de fotografías que, en muchos casos, ni siquiera recuerdan dónde fueron tomadas. Conocer otros lugares, lejos o cerca de nuestros hogares es un placer que debemos permitirnos en algún momento de nuestras vidas, sin embargo, viajar es otra cosa que va más allá del simple hecho de pasarla bien.

En la década de los cincuenta, tras el desencanto ocasionado por la falsa idea de prosperidad posguerra, los jóvenes buscaron formas alternativas para alcanzar el bienestar que se les había prometido y, aun así, no lograban obtener; así, al saber que la felicidad no la iban a encontrar en lo material, optaron por explorar nuevos medios para obtenerla.

Quienes, tras este descontento, trataron de encontrar vías alternas para satisfacer sus necesidades internas, encontraron en el viaje una posibilidad de llenar el vacío que les generaba el ritmo de vida que sus padres les obligaban a seguir. Esta filosofía y esas ganas de vivir, quedaron retratadas en la novela En el camino de Jack Kerouac, un libro en el cual plasmó las experiencias obtenidas en sus viajes por carretera junto a Neal Cassady; vivencias que, sin duda, marcaron un antes y un después en la escritura de Jack.

Actualmente, gracias a la gran cantidad de agencias y a nuestra necedad de querer “comernos el mundo” a toda costa, hemos convertido los viajes en algo banal; cualquier razón de nuestra excursión, pocas veces responde a un impulso más allá de estar en un lugar diferente; confundimos el concepto de viajero con el de turista. En teoría, el primero responde a la necesidad biológica de trasladarse en busca de un cambio de paradigmas, nuevas experiencias que le permitan ampliar su visión del mundo y que a su vez le demuestren que uno es apenas una pequeñísima parte del mismo; el segundo, se traslada a otros lugares por el simple gusto de conocerlos, en realidad no hay una verdadera motivación, simplemente va a algún lugar porque alguien le dijo que era bonito.

Muchas de las historias más memorables están inspiradas en viajes: el Éxodo bíblico, la Odisea, Don Quijote de la Mancha, Moby Dick, las aventuras de Tom Sawyer; todos estos son ejemplos que apenas nos dan una idea de la importancia de los viajes en nuestra vida; la mayoría de sus protagonistas inician una lucha con ellos mismos para que, al final de cuentas, se descubran en su totalidad; con todas sus fortalezas y virtudes.

Viajar, como lo escribe George Santayana en su ensayo La filosofía del viajero, es aquello que distingue a los animales de los demás seres vivos, dice que “las raíces de los vegetales (que dice Aristóteles son sus bocas) los sujetan ineluctablemente al suelo, y así quedan condenados, como sanguijuelas, a chupar cualquier sustento que fluya hasta el preciso lugar en que están inmóviles. Acaso haya muy cerca tierra más rica, o rincón más resguardado o abierto al sol, pero no pueden emigrar, y ni siquiera poseen ojos o imaginación con los que ver el placentero lugar vecino que la suerte les ha negado.

En el mejor de los casos, su semilla es llevada por el viento a ese otro lugar mejor, o por un insecto ocupado en sus propios quehaceres. Las plantas únicamente emigran muriendo en un lugar y arraigando en otro”. Los animales, respondiendo a su naturaleza, buscan nuevos modos de vivir cuando ya no se sienten a gusto con el que llevan; por ejemplo, la migración en busca de la supervivencia que emprendió el hombre primitivo a través del Estrecho de Bering para poder llegar a lo que hoy es América.

Trasladarse hacia otro lugar implica para el viajero, además de nuevas experiencias, un ejercicio de autoconocimiento; cada que emprende un nuevo recorrido se olvida de sí mismo para volver a encontrarse en un lugar diferente, rodeado de otras personas. Dicen que para conocer un lugar no basta sólo con visitar lugares clave: iglesias, monumentos o atracciones naturales; una parte importante de los viajes es la de interactuar con las personas; someterse a sus formas y costumbres. Sólo conociendo a los otros podremos lograr conocernos a nosotros mismos.

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David Solís

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