Hay momentos en los que un accesorio deja de ser un accesorio. Lo que Zendaya llevó a la alfombra roja del estreno de La Odisea en Londres no era una pieza de temporada ni un préstamo de archivo de alguna maison europea: eran aretes con más de dos mil años de historia, atribuidos a la cultura iraní del siglo I antes de Cristo, y actualmente en manos de un coleccionista inglés. El vestido con alas ya había generado conversación. Los aretes la detonaron.
El problema no es Zendaya, es el sistema que lo hizo posible
Sería fácil —y bastante superficial— reducir esto a una crítica personal hacia una actriz que, por lo general, llega a las alfombras rojas con criterio estético y trabajo detrás. Pero el centro del debate no es si Zendaya sabía o no sabía la procedencia exacta de las piezas. El centro es cómo una reliquia histórica de una cultura específica termina siendo un accesorio de moda en manos de alguien que no pertenece a esa cultura, prestada por un coleccionista británico que tampoco pertenece a ella.
Eso tiene nombre: es la cadena que convierte el patrimonio cultural en propiedad privada, y a la propiedad privada en capital simbólico. No es nuevo. Museos de todo el mundo llevan décadas sosteniendo colecciones construidas sobre lógicas coloniales. La diferencia aquí es que el objeto salió del museo, pasó por una alfombra roja y fue fotografiado millones de veces como parte de un look.
¿Qué significa usar una reliquia como si fuera joyería de temporada?
Existe una distinción importante entre inspirarse en una cultura, reinterpretar sus formas o colaborar con sus artesanos, y literalmente ponerse encima un objeto que pertenece —histórica y culturalmente— a un pueblo que no tuvo voz en esa decisión. Los aretes en cuestión no son una reproducción ni un homenaje: son las piezas originales, con toda la carga simbólica que eso implica.
Cuando algo así ocurre en el contexto del entretenimiento de alto perfil, la conversación se complica porque la admiración que generan estos momentos —el vestido, la pose, la fotografía— borra el contexto. La imagen circula sin pie de foto que explique de dónde vienen esas piezas, qué cultura representan, ni por qué están en Inglaterra y no en Irán.
- La apropiación no siempre es intencional, pero sus efectos son reales: normaliza la idea de que ciertas culturas son un banco de recursos estéticos disponibles para quien tenga acceso económico.
- El coleccionismo privado de patrimonio cultural es un debate paralelo y urgente: ¿quién tiene derecho a poseer historia?
- La industria de la moda tiene una responsabilidad activa en cómo presenta y contextualiza las piezas que circulan en sus espacios.
Por qué este momento importa más allá del chisme
Zendaya es, en muchos sentidos, un referente generacional en términos de imagen y representación. Eso no la hace intocable; al contrario, hace que cada decisión estética tenga más peso. Y precisamente porque su equipo creativo es reconocido por construir narrativas visuales con intención, la pregunta que queda flotando es válida: ¿nadie en ese proceso preguntó por la historia completa de esas piezas?
La conversación que se abrió alrededor de estos aretes toca algo que la cultura popular necesita procesar con más frecuencia: el glamour tiene un contexto, y ese contexto no desaparece porque la imagen sea bonita. Irán no es Grecia. La historia iraní no es decorado. Y el hecho de que esas piezas estén en posesión de un coleccionista inglés no las convierte automáticamente en disponibles para cualquier uso.
Al final, lo que estos aretes revelan no es la maldad de nadie en particular. Revelan un sistema en el que el acceso al dinero otorga acceso a la historia de otros, sin que nadie lo cuestione demasiado… hasta que alguien lo fotografía bajo los flashes correctos.

