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Home Arte

Carlos Mérida y el mural que el 85 se llevó para siempre

Irinea Funes by Irinea Funes
agosto 12, 2026
in Arte
Carlos mérida y el mural que el 85 se llevó para siempre

Hay pérdidas que la ciudad carga sin poder nombrarlas del todo. No porque no existan registros, sino porque la escala de lo que desapareció supera cualquier inventario. El programa mural que Carlos Mérida creó para el Multifamiliar Benito Juárez es una de esas pérdidas: monumental, casi invisible en la conversación pública, y profundamente reveladora de cómo México trata —o no trata— su patrimonio artístico moderno.

Un encargo sin precedente en la arquitectura mexicana

Cuando Mario Pani terminó el diseño del Multifamiliar Benito Juárez a principios de los años cincuenta, tomó una decisión que lo separaba de cualquier otro proyecto habitacional de su época: integrar el arte como parte estructural del conjunto, no como decoración de última hora. Le encargó a Carlos Mérida —pintor guatemalteco-mexicano, uno de los grandes puentes entre el muralismo y la abstracción geométrica— un programa iconográfico que abarcara escaleras, fachadas y azoteas de los diecinueve edificios.

Mérida no era un muralista en el sentido Rivera-Orozco-Siqueiros del término. Su lenguaje era otro: formas que dialogaban con las deidades y los códices mesoamericanos, pero filtradas por una geometría que debía más al constructivismo europeo que al realismo social. El resultado fue un vocabulario visual único, capaz de habitar una fachada de concreto sin traicionarse a sí mismo. Tardó tres años en completarlo. Fueron casi cuatro mil metros cuadrados de intervención mural, el proyecto de ese tipo más grande que se había realizado en México hasta ese momento.

El tiempo que no alcanzó

Carlos Mérida murió en diciembre de 1984. Tenía noventa y dos años y había visto su obra instalada, fotografiada, habitada por décadas de familias que subían escaleras flanqueadas por sus relieves sin necesariamente saber quién los había creado. Nueve meses después de su muerte, el sismo del 19 de septiembre de 1985 derrumbó quince de los diecinueve edificios del conjunto.

La coincidencia tiene algo de cruel e irreversible: el autor no alcanzó a ver la destrucción, pero tampoco pudo hacer nada por documentar o proteger lo que había construido. El patrimonio artístico no estaba en la agenda de los primeros días posteriores al temblor —la urgencia era humana, era estructural, era habitacional—, y para cuando alguien pensó en los murales, la demolición ya había avanzado.

Lo que se rescató y lo que se reconstruyó

Algunos fragmentos físicos sobrevivieron porque hubo personas que entendieron lo que estaban viendo entre los escombros. Esos relieves recuperados llegaron eventualmente al Museo Tamayo, donde hoy es posible encontrarlos. No como una sala dedicada, no como una exposición permanente de gran escala, sino como piezas que cargan el peso de representar algo que fue muchísimo más grande.

El otro hilo de memoria lo tejió Alfonso Soto Soria, colaborador cercano de Mérida, quien conservó bocetos y documentación del proyecto original. Ese archivo permitió reconstruir parcialmente —en papel, en imagen, en comprensión— lo que existió. Es una reconstrucción legítima y valiosa, pero también es el recordatorio de que estamos trabajando con sombras de algo que ya no existe en su forma original.

  • Fragmentos físicos rescatados: resguardados en el Museo Tamayo.
  • Documentación de Soto Soria: bocetos y registros que permiten entender la escala del proyecto.
  • Lo irrecuperable: la experiencia de habitar un espacio donde el arte y la arquitectura funcionaban como un solo organismo.

Por qué importa hoy

La historia del Multifamiliar Benito Juárez no es solo una historia de pérdida. Es una pregunta sobre cómo una ciudad valora —o no— el arte que vive fuera de los museos. Los murales de Mérida no estaban en una galería ni en un recinto cultural: estaban en un conjunto habitacional de clase media, en las escaleras que la gente subía con despensa en mano. Esa integración entre arte y vida cotidiana es exactamente lo que el muralismo mexicano prometió y rara vez cumplió con tanta coherencia.

Ver hoy los fragmentos que sobreviven en el Tamayo es un ejercicio extraño: son bellos, son elocuentes, y al mismo tiempo son el índice de una ausencia que no tiene forma de llenarse. La ciudad siguió creciendo sobre los terrenos del Multifamiliar. La memoria del proyecto vive en archivos, en artículos académicos, en conversaciones como esta.

Queda la pregunta que no tiene respuesta cómoda: ¿cuántas obras de esa escala siguen en riesgo hoy, integradas en edificios que nadie ha catalogado, esperando un sismo o una demolición que nadie va a lamentar públicamente?


Irinea Funes

Irinea Funes

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