Por: Andrés Paniagua
Ya en los siglos XVI y XVII se comenzaba a trazar esa red de intercambio y dominación cultural que hoy podemos llamar globalización. Cientos de canales —regulados por los Estados imperiales o simplemente por el comercio— se dibujaron a lo largo y ancho del mundo; mercancías, personas, lenguas, en fin, un casi número infinito de hechos culturales se desplazaron para asentarse en lugares totalmente disímiles. No es de extrañar que la Nueva España, polis moderna por excelencia, se constituyera a partir de la variopinta identidad del intercambio. Por supuesto, hablar de una mezcla total es imposible; en todo caso, podemos entender la pluralidad novohispana mediante los procesos de asimilación propios de una sociedad sistemática dividida. Y es que hablar del otro significa siempre un proceso de extrañamiento particularmente inasible. No es que, en efecto, no podamos referirnos a ese que no soy yo, sino que para mencionarlo necesitamos encontrarnos en él. Sin duda, cuando decimos otro lo que hacemos es intentar ver lo que hay de nosotros, etc.“Lo chino” no siempre ha sido “lo chino”. Precisamente, en el contexto novohispano, la denominación mencionada correspondía a todo lo asiático: vietnamita, filipino, japonés, chino; artefactos o personas. Todos chinos al fin y al cabo. La tentación de unificar a ese otro bajo la misma lupa responde, quizá, al mismo pensamiento que nos permite entendernos en algún lugar determinado. Más allá de las influencias que —entre unos y otros, entre chinos y conchinchinos— quedan en las cosas de uso común resulta curioso descubrir de qué manera ese que no soy yo se integra a mí.
Tibor
Porcelana con esmalte azul bajo vidriado
China
1660-80
Colección Museo Franz Mayer
La chinoiserie, al menos en Francia, se perfila como un primer destello de asimilación del arte decorativo chino; sin embargo, reducir el influjo de lo chino en este lado del mundo únicamente a Europa, resultaría necio, sobre todo si pasamos por alto la ruta entre América y Asía del tan conocido Galeón de Manila. La representación de escenas orientales, comprendidas desde una óptica occidental, nos deja sospechar un tanto la manera que se asumía a esa ambigua y lejana región. Si bien —como menciona Gustavo Curiel en su estudio académico Al remedo de la China— los artesanos orientales fabricaron de manera explícita lozas para los occidentales (explotando así los clichés europeos respecto a su propia cultura), los segundos apropiaron una serie de motivos decorativos para reproducir lo que consideraban parte del “exotismo oriental”: personajes, flores (lotos, crisantemos, nubes rui) técnicas, ambientaciones… Códigos de lenguaje que derivarían en una corriente de producción netamente novohispana y, al mismo tiempo, completamente influenciada por Asia: la “loza achinada”. Ahora bien, el pintor occidental, al enfrentarse a la tarea de traducir códigos, recrearlos y plasmarlos, no lo hacía de la misma forma en que lo hacía un pintor chino —en palabras de Curiel, “Las perspectivas occidental y china aparecen enfrentadas en una lucha de contrarios”— aun así, el manejo de la técnica sobre la loza llegó a tal grado de perfección que era prácticamente imposible discernir entre una pieza oriental y una producida en occidente.
Lebrillo
Autor desconocido
Cerámica esmaltada
Puebla de los Ángeles, Nueva España
Siglo XVIII
Colección Museo Franz Mayer
Paralelamente, la hispanización de nombres — tras visitar tierras españolas y, obviamente, convertirse al cristianismo, Hasekura Tsunenaga pasó a apellidarse “de Fachicura”— o, incluso, la invención de patronímicos tales como “Japón” (el cual, según el ayuntamiento de Coria, es propio de 1411 personas) nos aseguran las pruebas que necesitamos para hablar de apropiación.Alejándonos ahora de esas curiosidades lingüísticas, se vuelve necesario mencionar por ejemplo, otro tipo de minucias las cuales responden a la vida diaria. Ocultos entre el flemático papeleo del AGN se encuentra una singular cantidad de registros que responden a la palabra chino. En su mayoría son disputas económicas, como aquella en la que Salvador Martín exige un juicio civil en contra de Gerónimo Sánchez por una deuda de trescientos pesos, ocho mulas y un esclavo chino; peticiones de matrimonio o acusaciones inquisitoriales, que por inverosímiles, se vuelven más divertidas. Tal es el caso de José Miguel del Sacramento, acusado “por traer una figura ridícula del diablo” pintada en el brazo.En fin. A lo largo de este ensayo se han puesto sobre la mesa algunos temas, apenas atisbos, de la influencia e intercambio cultural y material entre Oriente y Occidente. A esto, sólo nos queda un pregunta ¿hasta qué punto es posible hablar de motivos originales, de influencias de uno sobre otro? A pesar de todo —es decir, del colonialismo, de la superioridad de una potencia respecto a la otra—¿qué no, al final, todos somos palimpsesto?

Tibor
Autor desconocido
Puebla de los Ángeles, Nueva España
Siglo XVIII
Colección Museo Franz Mayer
