La identidad, construida generación tras generación gracias a una serie de relaciones tanto sociales, como culturales, ha pasado a segundo plano. La identidad ya no es eso que solía ser, sino que se ha convertido en una máscara a través de otra segunda vida, una vida virtual en la que fingimos todo el tiempo: tristeza, alegría, bienestar, solvencia, todo puede aparentarse, porque no hay una otredad que nos identifique, ahora todo se basa en lo que una red social dice sobre nosotros.
Un silencio inquietante nos demuestra nuestra soledad, y la cruda realidad de no tener a nadie sin una computadora o un celular, nos demuestra que hemos cambiado. Ya no somos seres sociales, sino que ahora, nos gusta permanecer detrás de las computadoras y teléfonos para fingir que somos sociables. Damos “me gusta”, replicamos algo que alguien más dijo, comentamos, y así, nos sentimos parte de algo aunque realmente, nadie pertenezca. La lógica dice que, tal vez, si nadie pertenece, entonces todos pertenecen, o al menos así queremos pensar.
Nunca habíamos tenido tanta información al alcance pero esto no es alivio sino un shock mediático, puesto que, ante toda esa información, no sabemos qué hacer; su comprensión es confusa y frágil y así, la libertad no es sencilla, está ahí como una opción pero esa opción también carece de sentido por la sobreinformación que poseemos. El caos, en este sentido, es la abundancia de lo que nos daría libertad, y a pesar de intentarlo, seguimos siendo presos de los medios y esa información.
Pero no sólo a través de la sobreinformación nos volvemos algo parecido a unos zombies que no piensan por sí mismos y que se encuentran ataviados ante las presiones sociales. En un mundo que promete la felicidad y la satisfacción eterna, existe una desorientación porque queremos identificarnos con algo, ser únicos ante la aparente globalidad y repetición de patrones de todos los seres humanos. Existen cada vez más particularidades y exigencias de identidad pero menos oportunidades de lograrlo.
Vivimos a través de los medios y como máquinas, somos componentes de un todo. Las predicciones distópicas de los libros de ciencia ficción se hacen realidad, cada vez menos humanos y cada vez más máquinas que controlan el mundo complejo. Ya no nos enamoramos con tanta facilidad, ya no tenemos amigos, ahora nos dedicamos a hacer lo que la sociedad dice que debemos hacer, pero paradójicamente, nos encontramos en un mundo que nos promete felicidad e innumerables satisfacciones. Nos aislamos y en el círculo vicioso, ese aislamiento intenso con vínculos sociales tan frágiles, asegura Gilles Lipovetsky, nos vuelve víctimas del consumo como refugio, como una pequeña aventura que mitiga la soledad. Todo se vuelve incierto y todo se hace cada vez más rentable para las grandes empresas, porque en un mundo así, lo importante es llegar más profundo al aislamiento de cada individuo y así, lograr que él consuma y se consuma, sin alguien que lo proteja, porque esas redes se esfumaron.
Escudados en nuestros aparatos electrónicos, Jean Jullien se ha dado cuenta que esa no es la salvación sino nuestra condena. Con sus ilustraciones, este renombrado ilustrador nos muestra nuestra creciente dependencia a los celulares y las redes sociales. Con una conexión que creemos real pero que irónicamente, no existe. En sus ilustraciones siempre hay un toque de sarcasmo, paradoja e ironía para notar lo absurdos que somos en las sociedades urbanas y nuestro modo de vida.
Este diseñador gráfico que vive en Londres viene de Nantes, Francia. Se graduó de la Central Saint Martins en 2008 y del Royal College of Art en 2010. Ha trabajado con el músico The Coward y sus trabajos se centran en la ilustración, la fotografía, video, instalaciones, pósters y ropa para crear un trabajo ecléctico.En su mundo cotidiano encuentra el propio, uno ideal para comunicar sus sentimientos y pensamientos. Plasma su arte en toda clase de objetos y con su diseño, estos se transforman totalmente. Jullien asegura que su brocha lo ayuda a ser más honesto y considera que el humor político siempre debe ser un arma. Vale la pena recordar que fue Jullien quien creó el símbolo de la paz de París cuando ocurrieron los atentados en la Ciudad de la Luz el viernes 13 de noviembre, símbolo que se convirtió viral en la mayoría de las redes sociales.
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